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Un trámite hacia la prosperidad

Publicado: mayo 17, 2026, 2:07 am

Durante más de tres décadas, las elecciones andaluzas se ventilaban como un tedioso trámite que afianzaba la hegemonía socialista en la región y su primacía nacional. En el par de veces que el PSOE bajó del 40% de los votos -coincidiendo con la crecida del PP de Aznar y de Rajoy-, gozaba del apoyo o abstención de una tercera fuerza. Además, IU tenía un poderoso arraigo. Arenas se impuso a Griñán en 2012, pero no fue suficiente. Para gobernar debía ganar por mayoría absoluta y aunque alimentó la ilusión -a rebufo de la abrumadora victoria en las generales de 2011- quedó a cinco escaños y se impuso por apenas 44.000 votos. En 2015, Susana Díaz, entonces procuradora de Sánchez, obtuvo todavía 47 diputados y sacó más de 300.000 votos al PP, los que sumó Ciudadanos, que firmó un pacto de legislatura con Díaz. Podemos superó el medio millón electores.

Entonces, asediada por el macro caso de corrupción de los ERE, Díaz, tras meses de rumores, pero al final por sorpresa, y después de romper con Ciudadanos, adelantó los comicios. Moreno Bonilla estaba en la mirilla de su partido. Ya nunca sería mejor momento. Sánchez gobernaba tras la moción y su traición a Díaz; Iglesias, aliado de Sánchez, jamás pactaría con ella que, perdida en su laberinto, sólo podía confiar, por última vez, en la inercia senequista y clientelar de sus paisanos. Sánchez inauguró su glaciar costumbre de no derramar ni una lágrima por ningún territorio. Aquella última amarga victoria socialista en Andalucía permitió a Sánchez erigir su particular alerta antifascista, proclamada antes por Iglesias y reconvertida hoy en alerta antitrumpista. La caída de Díaz fue la primera y más sabrosa de las únicas tres victorias de Sánchez -abril y noviembre de 2019-.

Moreno, aupado por Ciudadanos, se instaló en San Telmo y recogió el bastón del trámite. Las elecciones de hoy constituyen una nueva diligencia administrativa, casi una rutinaria formalidad. Hoy la tercera fuerza es Vox y el partido que supera con holgura el 40% de los votos es el PP. Moreno gobernará la Junta, presumiblemente en solitario. Sánchez y Montero se conformaban al principio con la pingüe conquista de que Moreno dependiera visiblemente de Vox.

Moreno tiene perfectamente radiografiada a la sociedad andaluza, mientras que Montero permanece anclada a la imagen de la Andalucía que ella proyectó, gobernó y dejó asolada y se trastabilla con la narrativa que Sánchez pretende construir a trompicones en torno a Moreno [«Es como Ayuso pero en moderado»]. Montero ha sido una candidata fake y errática. Designada a la fuerza, ha centrado su campaña en el funcionamiento de los servicios públicos, se envuelve en los «recortes» como hace dos décadas, abjura del logo y siglas de su partido, acusa a Moreno ¡de polarizar! y gestionaba un Ministerio obsequioso con Illa y los privilegios de Cataluña. Realmente sus ignominiosos patinazos son lo de menos o son un retrato. Y de repente, ZP, que con cuajo, declara: «Lo peor que hay en democracia es utilizar las tragedias». Tú, Zapatero.

Moreno acierta cuando identifica su mayor logro. Ha cambiado la mentalidad de los andaluces. Ha inaugurado un ciclo difícil de revertir. Ha dotado a sus ciudadanos de autoestima y ha mostrado al resto de España la pujanza, el tesón y las virtudes de la región. Andalucía se asoma a la prosperidad y despacha del todo el adocenamiento subsidiado.

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