Publicado: abril 29, 2026, 4:07 pm

Víctor de Aldama podría haber entrado al Tribunal Supremo con Canción del Mariachi sonando por megafonía. Era El Matador. El Topuria de los chivatos. Iba acompañado de su entourage, un séquito compuesto por su hermano, vestido de riguroso negro, un hombre peinado hacia atrás y un consultor político. Los tres le hacían la esquina, camuflados entre el público que acudió a escuchar su relato. Era el día grande de los asuntos polarizadores: Aldama tuvo la mejor entrada en el espectáculo de la corrupción del Gobierno engendrado contra la corrupción. Allí estaba, como enviado especial de todos cuando ocurrieron los hechos que han arruinado, junto a la pandemia, la salud mental de la mitad del país, lleno ahora de magnicidas de smartphone. Al calor de Sánchez ha florecido un nuevo género del periodismo y un nuevo ciudadano muy politizado. A la hora en que Aldama empezó a largar, las dos variantes surgidas del sanchismo allí congregadas lo escuchaban como escuchan los futbolistas el himno de la Champions.
Aldama no necesitaba apuntes para recordar su gran aventura como nadie cuenta las anécdotas de su Erasmus echando mano de un esquema. La primera respuesta duró cuatro horas, un fresco de su vivencia al lado de los políticos, las memorias más valoradas del momento. Los políticos quedan siempre en estos casos mal, como seres nacidos para hacer el ridículo a cambio de dinero fácil. Aldama lo fue todo para Ábalos y Koldo; la persona que los conocía a fondo. Se le agradece la sinceridad: cuando empezaron los negocios a ponerse turbios no se sintió «cómodo pero tampoco incómodo».
Aldama dio cuenta de una trama paralela de corruptelas que funcionaba mientras el Gobierno traficaba en público con buenas intenciones, todas esas grandilocuencias diseñadas por Iván Redondo, que iba de listo, pero quien influía de verdad era Koldo, un tipo a años luz de la politología. Casi por eso se merece la absolución el botarate descrito por Aldama como entregado y sobreexcitado, un poco el retrato robot que podría hacerse de los trolls que salían en David el Gnomo. Ábalos y sus chicas eran solo una tapadera: Koldo era el hombre de Pedro Sánchez. Hasta el juez Marchena miró dos veces al asesor para contrastar lo que acababa de escuchar.
Desde el Congreso, a la misma hora, el 1, o sea Sánchez, disputaba la atención con Aldama con un veredicto de sus casi diez años en Moncloa, dirigido al mismo publico, la España Horizonte: hacen falta otras dos legislaturas. Nadie le hizo caso. Todos estaban a lo importante. Al otro lado de Madrid, su estafa piramidal estaba siendo expuesta al detalle como solo puede hacerlo alguien emocionado al evocar sus mejores y peores momentos al rebufo de dos sinvergüenzas: nadie le quitará a Aldama haber sustituido a Zapatero como voz autorizada en Venezuela.
