Publicado: septiembre 18, 2026, 5:23 am
Cerca de 113 millones de rusos están llamados a los colegios electorales este fin de semana para elegir a sus representantes en la Duma Estatal, el Parlamento ruso. Al menos, sobre el papel, porque en la práctica el resultado de las elecciones, sea cual sea, solo servirá para legitimar el poder del presidente ruso, Vladimir Putin, cuando se cumplen más de cuatro años del comienzo de la invasión de Ucrania. «Las elecciones sirven como un sondeo, para tomar el pulso a la sociedad rusa, y para perpetuar en el poder a Putin bajo una mascarada de supuesta democracia, dando cierta legitimidad al régimen de cara al pueblo ruso», explica a 20minutos José Ángel López, profesor de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales de la Universidad Pontificia Comillas ICADE y especialista en Rusia y el espacio postsoviético.
Los ciudadanos rusos podrán elegir en sus colegios electorales entre diez partidos distintos. Muchas siglas y una sola alternativa política: apoyar las leyes de Rusia Unida —el partido oficialista que sustenta el poder político de Putin— y respaldar la guerra en Ucrania. Es la cúspide de un sistema electoral moldeado durante 20 años en el que Putin y el Kremlin manejan, a través de la Comisión Electoral, quién se presenta y quién no a las elecciones, inhabilitando bajo supuestos judiciales candidatos y partidos que cuestionen su poder y dejando solo aquellos que respalden y no puedan hacer sombra a Putin. «El poder legislativo en Rusia está inserto en un sistema presidencialista muy fuerte, condicionado por y hacia la propia figura de Putin, para que el poder ejecutivo y de decisión resida en su persona», destaca López.
La última reforma electoral consolida, más si cabe, un sistema «viciado desde el punto de vista electoral»: en estos comicios, la mitad de la Duma será elegida por listas, y la otra mitad en circunscripciones uninominales, un sistema que «potencia muchísimo a Rusia Unida, el partido que da soporte a Putin»: «En esos distritos ‘arrasaron’ los candidatos de Rusia Unida, y ahora se ha hecho una redistribución territorial —en la que se han incluido las regiones ucranianas ocupadas por Moscú— de los distritos muy ajustada a los intereses de ese partido», destaca el experto. A eso se suma que Yábloko, el único partido antibelicista, fue finalmente vetado de los comicios, lo que limita el voto opositor a «una especie de voto de castigo, como emitir votos nulos o con consignas contra la guerra y el régimen».
Nuevos partidos, como el de los pensionistas o los verdes, podrían entrar en la Duma, pero sería una pluralidad puramente decorativa, sostiene López. «Todas las reformas que se han hecho son puramente cosméticas para la continuidad de un régimen autocrático, y todo lo que ha ocurrido a raíz de la agresión a Ucrania desde 2022 supone una consolidación de ese régimen que, pese a celebrar elecciones, no es genuinamente democrático ni nada que se le parezca«, resume el docente de Comillas. «Cada vez se parece más a la Bielorrusia de Lukashenko, a la que precisamente sostiene», añade.
Un termómetro del descontento social
Si Putin y el Kremlin tienen tan consolidado el poder político, ¿para qué se celebran entonces elecciones? Más allá de «cierta pátina democrática» de cara a la población rusa, el voto de las elecciones puede dar una pista a Moscú del apoyo o las reticencias del pueblo a la gestión de la guerra en Ucrania y la complicada situación económica, derivada de las sanciones internacionales pero especialmente por las nuevas capacidades de Ucrania de dañar infraestructura y retaguardia rusa con oleadas de drones, según explica José Ángel López. Las cifras reflejan ese desgaste: la economía rusa avanzó apenas un 1% en 2025 y el Gobierno prevé alrededor de un 0,6% para este año, mientras la inflación continúa por encima del 6% y los tipos de interés se mantienen en el 14%, según Reuters.
«La popularidad de Putin está descendiendo, no tanto como consecuencia de la guerra, sino por su impacto en el ámbito económico y energético. Aún así, todavía consigue aglutinar el voto a su alrededor, y sus índices son mucho mayores que, por ejemplo, los del primer ministro (Mijaíl Mishustin), aunque todos los sondeos que vengan de Rusia hay que tomárselos con la debida prudencia», sostiene. «Que Putin haya participado por primera vez en una campaña electoral al Parlamento es sintomático», destaca.
El margen de maniobra de la población rusa para expresar su descontento con el gobierno de Putin, por tanto, se limita a alternativas testimoniales, como el voto nulo y la abstención, que sin embargo serían «un índice sintomático de esa pérdida de popularidad o de sanción de una sociedad civil que tampoco tiene otra posibilidad de expresarse con libertad». «Yo creo que hay que mirar el nivel de abstención: como sucedía en el periodo soviético, la abstención puede considerarse un voto de castigo a la gestión del Kremlin y hacer notar el hastío hacia el poder», apunta López, aunque añade: «Como queda registrado quien va y quien no a votar, mucha gente puede tener miedo de no ir por las consecuencias que pueda tener».
Hay indicios de que el propio Kremlin anticipa esa apatía. Según el Instituto Alemán de Seguridad Internacional (SWP), la Administración presidencial ha rebajado durante este año su expectativa de participación del 55% al 50% y la previsión de voto para Rusia Unida del 60% al 45%. Una encuesta de Russian Field citada por el instituto alemán apuntaba además que el 27% de los rusos no consideraba que ninguno de los partidos ofreciera planes satisfactorios para el futuro del país, mientras otro 31% ni siquiera era capaz de señalar una opción.
Los jóvenes y el mundo rural
Las elecciones también permitirán al Kremlin medir sus apoyos —y reticencias— en la Rusia urbana, en el oeste del país, y en el mundo rural, en las extensas llanuras de Siberia. «Es algo que puede ser significativo», subraya López. Otro foco de atención será el voto de la población joven. susceptible de ser llamada a filas en nuevas movilizaciones por la guerra en Ucrania, algo que Putin se ha esforzado en negar —después de que Zelenski acusase al líder ruso en agosto de ocultar esa medida impopular hasta pasados los comicios—.
«Es precisamente entre la población joven donde más cunde el desánimo por ir a votar, y donde más puede notarse la abstención, porque entienden que, voten lo que voten, es prácticamente la misma opción que respalda el sistema de poder de Putin», explica López. «Existe mucho miedo entre los hombres jóvenes por ser llamados a combatir en Ucrania, es algo que ha causado un éxodo importante de Rusia en los últimos cuatro años, y es especialmente en las zonas rurales, que es donde el Ejército va a reclutar gente porque en las zonas urbanas cada vez les es más difícil», sostiene el experto.
En cualquier caso, el discurso ultranacionalista que rodea a la guerra de Ucrania en el interior de Rusia ha calado lo suficiente para que, pese a que solo el 28% de los rusos preferiría continuar la guerra frente al 62% que prefiere iniciar negociaciones de paz (según el centro ruso independiente Levada), la inmensa mayoría de la población rusa entiende y respalda los motivos del conflicto y las reclamaciones territoriales rusas sobre el Donbás.
«El Kremlin ha vendido esta invasión como un conflicto contra un Estado neonazi, y sobre todo contra Occidente. Lo presentan como un desafío existencial porque estos actores quieren que Rusia desaparezca, aseguran, y esta narrativa la han inoculado muy bien los ideólogos del Kremlin y el propio Putin», explica el experto. «Desde Occidente nos preguntamos como es posible que el pueblo ruso comulgue con todo esto, pero desde dentro se vive de forma muy diferente», añade.
Una Rusia moldeada por y para Putin
Pese a que Rusia nota, y mucho, las consecuencias de una contienda atascada en Ucrania, en su economía, infraestructura y, en los últimos meses, con ataques ucranianos a su retaguardia, las elecciones parlamentarias no harán más que corroborar una estructura de poder consolidada en la que Putin es el centro de todo. «El régimen está muy apuntalado: todo el poder está en manos de los siloviki —antiguos funcionarios de los servicios secretos soviéticos o rusos que han pasado a ocupar puestos clave del Gobierno y el Estado al amparo de Putin— y de todo el entorno político y de seguridad de máxima confianza de Putin», analiza López.
El eje de todo el sistema, sin embargo, es «el potente sistema coercitivo desarrollado por el Kremlin»: «El Servicio Federal de Seguridad (FSB), sucesor de la antigua KGB soviética y al servicio de Putin, es el que mantiene y apuntala el régimen, incluso por encima de las Fuerzas Armadas, a las que controla realmente», explica el investigador. «De hecho, a raíz de la intentona semigolpista del grupo Wagner y comandada por Prigozhin (y que ya sabemos como terminó), el Kremlin ha reforzado mucho más el sistema represivo a través de los siloviki, los oligarcas y el propio FSB», destaca.
Pese al descontento, el régimen parece más consolidado que nunca desde el ascenso de Putin al poder en el año 2000, y ni siquiera el descontento creciente de la población amenaza mínimamente el status quo en Rusia: «No tienen mecanismos ni resortes para conseguir cuestionar realmente el orden establecido», remacha López. Ese férreo control encierra, sin embargo, una paradoja: el SWP advierte en un informe de que, al cerrar progresivamente todas las vías por las que el malestar puede expresarse —desde la oposición hasta las protestas o el propio voto de castigo—, el Kremlin también está perdiendo instrumentos con los que medir y canalizar el descontento real de la sociedad. El sistema aparece así fuertemente protegido frente a una amenaza inmediata, pero cada vez dispone de menos mecanismos para detectar las tensiones que se acumulan en su interior.
López, finalmente, reflexiona sobre la situación actual de Rusia, que presenta un juego de espejos respecto a su propia historia. «Desde la creación del rus de Kiev en el siglo IX hasta la Unión Soviética y la actualidad, el pueblo ruso ha interiorizado ese sometimiento histórico al poder, a ese sentimiento de orden y mando. Es algo digno de análisis, porque ha ocurrido en todas las épocas de la historia, y aunque son situaciones que no vemos, por ejemplo, en otras ex repúblicas soviéticas, es una constante en la historia de Rusia durante siglos», concluye.
