Publicado: mayo 31, 2026, 5:24 am
La explosión del cohete New Glenn de Blue Origin durante una prueba en tierra ha vuelto a poner sobre la mesa una de las paradojas del sector espacial: un lanzador puede sufrir un accidente grave incluso antes de abandonar la plataforma. No hace falta que haya despegado para que el riesgo sea enorme. Basta con que esté cargado de propelente, presurizado y con sus motores entrando en funcionamiento.
Este tipo de ensayos se conocen como pruebas de encendido estático. En ellas, el cohete se somete a una secuencia muy parecida a la de un lanzamiento real, pero permanece sujeto a la plataforma. Los motores se encienden durante unos segundos para comprobar que todo funciona como debe antes de autorizar el vuelo.
“Una prueba de encendido estático permite validar que el cohete está listo para el lanzamiento y permite asegurar que no existe ningún problema, por lo que hay que hacerlos con mucho cuidado”, explica Raúl Torres, CEO y cofundador de PLD Space.
Un ensayo general con fuego real
La idea es sencilla: probar en tierra lo que después tendrá que funcionar en vuelo. Durante la prueba se revisa el comportamiento de los motores, las válvulas, los depósitos, las presiones, las temperaturas, las vibraciones, el software de cuenta atrás, la aviónica y los sistemas de la plataforma.
Es, en la práctica, un ensayo general con combustible real y motores reales. Por eso se hace antes del lanzamiento: permite detectar fallos cuando el cohete aún está en tierra y todavía hay margen para detener la operación, analizar los datos y corregir problemas.
Torres resume esta filosofía con una máxima muy extendida en la industria espacial: “Test like you flight”. Es decir, probar como se va a volar. “Cada subsistema del lanzador se prueba en condiciones equivalentes a las de vuelo”, señala. Según el CEO de PLD Space, esta metodología permite conocer mejor el rendimiento del sistema antes del lanzamiento, reducir tiempos de desarrollo y mejorar la fiabilidad del hardware.
Por qué puede acabar en explosión
El problema es que, durante un encendido estático, el cohete ya está sometido a condiciones extremas. Aunque no se mueva, contiene grandes cantidades de propelente y sus motores están generando una enorme energía. Cualquier fallo pequeño puede escalar muy rápido.
Una fuga de combustible u oxidante, una válvula que no responda como debería, un problema de presurización, una ignición fuera de secuencia, una conexión mal montada o una anomalía en los equipos de tierra pueden provocar un incendio o una explosión. El cohete no ha despegado, pero el sistema ya está funcionando casi como si fuera a hacerlo.
“Es importante ser muy meticulosos en cuanto a asegurar que el cohete está listo para ese ensayo, que no pueda haber nada que esté mal montado y que no pueda haber ninguna fuga de propelente que pueda hacer que haya un incendio”, advierte Torres. “Todo tiene que seguirse de forma muy estricta, garantizando la seguridad tanto del cohete como de la plataforma de lanzamiento”.
La fiabilidad se construye ensayando
Un accidente en una prueba de este tipo no solo puede destruir el vehículo. También puede dañar la plataforma, obligar a revisar procedimientos y retrasar durante meses un programa. En el sector espacial, encontrar la causa raíz de un fallo requiere revisar telemetría, imágenes, sensores, restos físicos y cada paso de la secuencia de prueba.
“Momentos como estos ponen de manifiesto la complejidad que hay detrás del sector y que un error o un fallo, por pequeño que sea, tiene enormes consecuencias como meses de retraso del programa”, apunta Torres.
Por eso estas pruebas son tan delicadas como necesarias. Sirven precisamente para descubrir problemas antes de un lanzamiento real.
