Publicado: mayo 7, 2026, 6:23 pm
Muchas mujeres viven sus relaciones desde un desgaste silencioso: se esfuerzan constantemente para ser elegidas, permanecen en lugares donde no se sienten vistas ni valoradas y toleran dinámicas dolorosas con la esperanza de que la otra persona cambie. Dan, entregan, sostienen… y aun así sienten que nunca es suficiente. Para la psicóloga Ana Clavell, este patrón rara vez nace en la relación actual. «La relación con nuestra madre marca la coreografía que vamos a ejecutar en todos nuestros vínculos», explica. Según señala, aquello que se aprendió en la infancia sobre el amor, la validación y el reconocimiento suele repetirse más tarde en la pareja, en las amistades e incluso en el ámbito laboral.
La niña que aprendió a agradar
Cuando una niña crece sintiendo que debe comportarse de determinada manera para ser querida, puede desarrollar una identidad basada en la complacencia. Ser «la buena», «la fuerte», «la que no molesta», «la que se sacrifica» o «la que siempre está disponible» se convierte en una estrategia emocional para recibir afecto. Con el paso de los años, esa dinámica suele mantenerse de forma inconsciente. “Muchas veces, en las relaciones adultas seguimos ejecutando los mismos pasos de baile que hacíamos con nuestra madre”, afirma Clavell.
Así, quien tuvo una madre fría o distante puede buscar constantemente agradar y ser elegida. Quien convivió con una madre dependiente emocionalmente puede aprender a sacrificarse y a normalizar vínculos donde se tolera demasiado. Y quien creció bajo la crítica constante puede intentar hacer feliz a su pareja sin lograrlo nunca.
Cuando la herida se repite en la pareja
Ana Clavell sostiene que muchas heridas no resueltas con la figura materna se trasladan después a la vida afectiva. «La herida que no sanamos con mamá, la repetimos con nuestra pareja», resume. Por eso, al iniciar un vínculo, pueden activarse viejas inseguridades: miedo al abandono, necesidad de aprobación, ansiedad ante el rechazo o dependencia emocional del estado de ánimo de la otra persona. Desde fuera, esa mujer puede parecer independiente, segura y autosuficiente. Sin embargo, dentro de la relación siente que su bienestar depende de cómo esté el otro. Como si solo pudiera estar bien consigo misma cuando la relación está bien.
Lo familiar también duele
Muchas personas permanecen en vínculos donde no hay respeto, claridad o reciprocidad porque esas dinámicas les resultan conocidas. No necesariamente saludables, pero sí familiares. «Para el sistema nervioso, lo familiar se siente seguro, aunque duela», señala la psicóloga. Esa es una de las razones por las que tantas mujeres continúan en relaciones donde se sienten manipuladas, invisibles o emocionalmente agotadas. Cuando alguien ha aprendido desde pequeña a adaptarse para sobrevivir emocionalmente, poner límites puede sentirse amenazante, incluso culpable.
Si en una relación los límites no son respetados, la estabilidad emocional depende del otro, existe una búsqueda constante de atención o se cargan responsabilidades ajenas como propias, probablemente no está actuando solo la mujer adulta, sino también la niña herida. «Estás viviendo desde la niña que fuiste», advierte Clavell. Sin embargo, también existe dentro de cada mujer una parte madura que busca emerger. A veces lo hace a través del cansancio, la frustración, la rabia o incluso síntomas físicos. Para Ana Clavell, esa incomodidad tiene un mensaje claro: «Tu cuerpo muchas veces te está diciendo: para. Deja de vivir desde el personaje. Deja de vivir para los demás».
El verdadero cambio comienza cuando una mujer honra su verdad, reconoce sus heridas y deja de construir vínculos desde la necesidad infantil de aprobación. Solo entonces puede relacionarse desde un lugar adulto, donde amar no signifique desaparecer, abandonarse a sí misma o vivir desde el resentimiento. “No se trata solo de sanar el pasado. Se trata de dejar de vivir desde él”, concluye Ana Clavell.
