Publicado: mayo 6, 2026, 11:31 pm
Conocí a Seve el 15 de abril de 1974 en La Manga Club. Accedí al mundo del golf por casualidad y fue una suerte que nuestras carreras comenzasen a la vez en aquel Open de España, el primero para ambos . Seve tenía 17 años, yo 19. Nos presentó Manolo Ballesteros, a quien había conocido anteriormente en un Pro-Am: «Este chavalín es mi hermano pequeño, cuídale y préstale mucha atención porque será un gran jugador». El tiempo le dio la razón. De su mano y con la ayuda del doctor César Campuzano, Seve emprendió la carrera. Entonces nadie hablaba de golf en España; Seve empezó a ganar títulos por todo el mundo y yo a contar a la prensa lo bueno que era y lo mucho que significaban sus triunfos, que aquí apenas se valoraban. Nos hicimos muy amigos. Era un luchador, un peleón nato. Batallaba contra todo y contra todos, y con frecuencia me decía: «María Acacia, las cosas tienen que cambiar, no hay nada imposible». Para los jugadores continentales resultaba imposible ganar en Estados Unidos, era inimaginable imponerse en la Ryder Cup, parecía misión imposible ganar un Grande… hasta que llegó Seve. Fue derribando una barrera tras otra y consiguió cambiar muchas cosas, principalmente el curso de la Ryder Cup, la competición que se convirtió en su pasión. Con él compartí cinco ediciones de la Ryder Cup. En el 89, George O’Grady, director ejecutivo del Circuito Europeo, me pidió que formase parte del equipo de prensa. Nada más llegar a The Belfry, Seve y Carmen (Botín) me invitaron a cenar y pasé mucho tiempo en el ‘team room’, sancta sanctorum del equipo europeo, participando en varias cenas. (Muchas veces me preguntan por qué no escribo un libro contando todo lo que he vivido junto a los jugadores, que siempre me trataron como una más, pero jamás lo haré. Si he tenido el privilegio de compartir tantas vivencias junto a ellos, contarlo me parecería una deslealtad). Cada día salía al campo a tomar declaraciones a los nuestros y fue cuando Chema Olazábal pronunció aquella famosa frase: «Cuando Seve pone el turbo, ni San Pedro en el cielo es capaz de pararle». Al día siguiente fue titular en casi todos los medios británicos. Aquella edición terminó en empate, por segunda vez en la historia, y Europa retuvo el trofeo que había ganado en la edición anterior . Por cierto, a Seve nada le enorgullecía más que ‘cargarse’ a los americanos y mucho más si era en su propia casa, como había sucedido en el 87. En 1991 en Kiawah Island se libró «la batalla en la orilla», título que le pusieron los estadounidenses. Aquella edición empezó torcida desde su inicio. No dio tiempo a finalizar la casa club y el ‘team room’ se ubicaba en un inmenso remolque, espacioso y muy bien decorado, pero al fin y al cabo un remolque. Cada mañana en la radio parecía que estaban dando un parte de guerra y, con muy malas intenciones, ofrecieron a los oyentes los teléfonos de las casas donde se alojaban los europeos para despertarlos mientras dormían. Durante la ceremonia de inauguración, el capitán Dave Stockton hizo gala de su mala educación al introducir a sus doce jugadores utilizando como único logro los millones de dólares que habían acumulado esa temporada, y no por sus triunfos y méritos deportivos como hizo Bernard Gallacher, el capitán europeo. El sábado por la tarde, tras los partidos ‘fourball’, en los que Europa anotó 3 ½ puntos para igualar el marcador 8 – 8, viví una escena que aún conservo en la retina. En The Belfry había intuido que el verdadero capitán y motor del equipo europeo era Seve, quien aquella tarde entró triunfal en el remolque donde ya estaban reunidos sus compañeros y, levantando el puño, gritó: «Well done my team!». En verdad, era ‘su’ equipo. Estados Unidos nos ganó por un punto. Los europeos se reunieron tras la ceremonia de clausura y Langer, que había fallado el ‘putt’ para empatar la Ryder Cup, lloraba desconsolado sintiéndose culpable. Olazábal se aferraba a la mano de Julia, su madre, Faldo, Woosnam… todos lloraban. Seve, abrazado a Carmen, consolaba a Langer: «Bernhard, no has sido sólo tú, la hemos perdido entre todos». Aquella es otra imagen que nunca olvidaré: 13 hombres unidos llorando como niños. La edición del 93, de vuelta en The Belfry, se saldó con la victoria de Estados Unidos en la que para mí fue la Ryder Cup más ‘descafeinada’. El sábado por la tarde, Seve, que llevaba varios días arrastrando un fuerte catarro y no se encontraba bien, pidió a Bernard Gallacher que le dejase descansar. Era la primera vez que aquello sucedía desde que entró a formar parte del equipo en 1979, junto a Antonio Garrido. Ballesteros y Olazábal, la mejor pareja de la historia de esta competición, jugaron juntos por última vez en los ‘foursomes’ de la mañana de aquel sábado 25 de septiembre y anotaron su último punto derrotando a Love III y Kite por 2 & 1. Por la tarde, Gallacher emparejó a Olazábal junto a Joakim Haeggman. En el 95 viajamos a Estados Unidos y ganaron los nuestros a pesar de no contar en las apuestas. Europa figuraba como el equipo perdedor liderado una vez más por Bernard Gallacher, que tenía fama de gafe, y por primera vez desde 1987 Olazábal no completaba la pareja imbatible junto a su amigo Seve, por problemas de salud. El viernes muy temprano fui testigo de un hecho insólito: el capitán había dejado a Seve en el banquillo durante los primeros enfrentamientos y aquella decisión le sentó muy mal. Nos encontrábamos en el ‘team room’ Seve, un familiar y yo, y nunca lo había visto tan enfadado. No entendía cómo le habían sentado en el primer partido de ‘su’ competición y soltó todo lo que llevaba dentro. ¡Lo que salió por su boca! Sin embargo, Gallacher tenía preparada una misión muy especial para Seve y volvió a confiar en él para el primer partido de la tarde junto a David Gilford, el británico tímido y apocado a quien Seve hizo sentir como el mejor jugador de todos los tiempos. Juntos derrotaron a Faxon y Jacobsen por 4 & 3, anotando el único punto para Europa en los ‘fourball’ de la segunda jornada. Los europeos, que siempre habían perdido los individuales en Estados Unidos, ganaron siete partidos y empataron uno para llevarse el trofeo. Seve estuvo genial en la rueda de prensa: «He visitado todas las partes del bosque y lo he limpiado bien de ramas para que los socios no tengan que buscar bolas, espero que me lo agradezcan». A lo que Bernard Gallacher respondió: Tú has hecho tanto por la Ryder Cup que ésta la hemos ganado los demás por ti. Te dedicamos la victoria». La edición del 97 siempre será recordada como «la Ryder Cup de Seve» , Emma Villacieros, presidente de la RFEG, Jaime Ortiz-Patiño, presidente del RC Valderrama, y Seve, emprendieron una cruzada en 1989 para que la competición más atractiva e importante del mundo del golf viniese a España. Era la primera vez que salía de las Islas Británicas. Durante dos años Seve planeó y se encargó de todo: de la preparación del campo, la elección de uniformes, los menús, los entrenamientos, las comparecencias… Era feliz, estaba en su salsa. La madrugada del jueves, unas horas antes de que empezase la competición, el cielo descargó sobre Valderrama todo el agua que no había caído en Andalucía en varios meses. El equipo de mantenimiento con Jaime Ortiz-Patiño a la cabeza y el fantástico sistema de drenaje del campo sanroqueño permitieron que la Ryder Cup se disputase, con retraso, pero se jugó. En Valderrama, Seve parecía omnipresente: deseaba buena suerte a los suyos en el hoyo uno, en el dos les animaba, en el tres aconsejaba, en el hoyo cinco llevaba agua a los jugadores, en el siguiente les reñía, en el 17 les corregía…, corría de un lado a otro en su ‘buggie’ y parecía estar en los 18 hoyos al mismo tiempo. Nos volvió locos a todos pero nos hizo vivir la Ryder Cup con la misma pasión que él la vivía. Hubo momentos memorables que jamás olvidaré: ver cómo disfrutaron ambos equipos bailando Macarena interpretada por Los del Río; la ceremonia de inauguración con personalidades y autoridades de medio mundo encabezadas por el Rey; la visita al vestuario para animar a Costantino Rocca justo antes de su partido individual contra Tiger Woods, que por supuesto ganó para Europa; el llanto de Olazábal en la rueda de prensa tras la victoria, muy especial para él, pues un año antes apenas podía andar; el enfado de Seve la noche que los estadounidenses prefirieron pizzas y hamburguesas en lugar del jamón y langostinos que él había elegido para el menú; cada una de las comparecencias de Seve en una abarrotada sala de entrevistas… Aquella fue, sin ninguna duda, la semana más intensa de la vida de Seve, y en la Ryder Cup, era más Seve que nunca. El lunes estábamos todos de resaca emocional y, mientras le hacían un reportaje fotográfico abrazando la copa en distintos rincones de Valderrama, me contó que le habían ofrecido la capitanía para la siguiente edición y no la quiso aceptar. En mi opinión, aquel fue uno de los mayores errores de Seve. Se lo dije y traté de convencerlo para que aceptase pero fue inútil. Él albergaba la esperanza de volver a formar parte del equipo como jugador y no como capitán. Después de Valderrama pasó dos años muy duros que terminaron en una fuerte depresión y, a día de hoy, sigo pensando que la capitanía de la Ryder Cup le habría ayudado a superarla. Un apunte personal. Hice varios viajes con Seve pero hay uno que nunca olvidaré: en abril del 97 volamos los dos en helicóptero desde el Algarve y aterrizamos en Valderrama, donde nos esperaba John Paramor para preparar el campo de cara a la Ryder Cup. Sobrevolamos toda la costa (por motivos de seguridad nos alejamos mar adentro a la altura de la Base de Rota) y disfrutamos de unas vistas espectaculares del Coto Doñana y las desembocaduras de los ríos Guadiana y Guadalquivir. Fue un viaje inolvidable. *Exjefa de prensa del Circuito Europeo de golf
