Publicado: mayo 29, 2026, 9:58 am
Cada 31 de mayo, el día mundial sin tabaco vuelve a poner en primer plano una realidad incómoda: Europa sigue lejos de erradicar el cigarrillo, con tasas de fumadores que en muchos países superan el 15% e incluso el 20%. España no es una excepción: alrededor de uno de cada cinco adultos fuma (en torno al 20-22%), una cifra que refleja que el cigarrillo sigue siendo un problema estructural de salud pública. Sin embargo, la evidencia internacional muestra que el final del cigarro ya no es una utopía, sino una posibilidad real si se adoptan políticas basadas en la ciencia.
La clave científica: no es la nicotina, es la combustión. Cuando se quema un cigarrillo se liberan miles de sustancias químicas, muchas de ellas tóxicas y cancerígenas, responsables de la inmensa mayoría de enfermedades asociadas al tabaquismo. La nicotina, por su parte es adictiva y no inocua, no causa cáncer ya que el daño deriva fundamentalmente de los productos de combustión, según avala la FDA, el NHS, el PHE y el Instituto de Riesgos Alemán.
Tabaco calentado, bolsas de nicotina y vapeadores, todos ellos comparten un elemento clave: no queman tabaco, y por tanto, reducen de forma significativa la exposición a sustancias tóxicas, aunque no estén exentos de riesgo. En España, nueve de cada diez médicos de atención primaria ven insuficientes las terapias para dejar de fumar y reconocen no tener conocimientos suficientes sobre el papel de las alternativas sin humo. La gran diferencia es que en los países que atacan el cigarro la tasa de fumadores diarios se ha reducido.
Suecia y Nueva Zelanda encabezan esta clasificación con un 3,7% y un 6,8%, respectivamente. Reino Unido, por su parte, integra el vapeo como herramienta de cesación dentro del sistema sanitario y su tasa de fumadores está en torno al 10%. De forma paralela, Japón ha conseguido que la tasa de fumadores en los últimos diez años pase de utilizar dispositivos para tabaco calentado, lo que ha provocado un descenso sin precedentes del 52% en las ventas de cigarrillos. Recientemente, el Ministerio de Sanidad de Francia también ha comenzado a reconocer el vapeo como una herramienta dentro de un enfoque de reducción del daño, diferenciándolo del cigarrillo en su estrategia sanitaria.
En contraste, en España está en torno al 20-22%, siete puntos por encima de la media europea. La brecha entre unos países y otros se explica porque los países no eliminan la nicotina, eliminan el cigarrillo. En este sentido, Suecia registra un 40% menos de enfermedades relacionadas con el tabaco, incluido el cáncer, que se traduce en 3.000 muertes menos cada año. La correlación es directa: menos combustión, menos enfermedad.
Un estudio de la Universidad de Valencia arroja que el aerosol del vapeo genera hasta tres veces menos partículas que el humo, ya que la exposición pasiva es hasta siete veces inferior. La propia investigación insiste en una idea clave: no todas las exposiciones son equivalentes y equipararlas sin matices puede distorsionar el riesgo real.
El problema de la falta de control
Más allá del debate, Europa afronta un problema de control. Hasta el 48% del mercado de vapeo en el continente es irregular y cerca del 90% de los dispositivos proceden de China. Esto facilita el acceso a menores y reduce el control sanitario al introducir productos sin garantías. Sobre los expertos existe consenso creciente: alternativas como el vaper, el tabaco calentado o las bolsas de nicotina, sin ser inocuas, eliminan la combustión y reducen de forma muy significativa la exposición a sustancias tóxicas.
En evaluaciones de salud pública, estos productos se sitúan en rangos de reducción de daño habitualmente entre el 90% y el 99% frente al cigarrillo convencional. El mensaje de este 31 de mayo es claro: el fin del tabaquismo es posible. Pero solo lo será si las políticas públicas se centran en lo que realmente causa el daño -la combustión- y aplican la evidencia científica para acelerar la desaparición del cigarro, protegiendo al mismo tiempo a los menores.
