Publicado: noviembre 5, 2026, 4:23 am
No siempre ocurre así pero, en esta ocasión, acertaron casi todas las encuestas: la anunciada debacle del partido Republicano en las elecciones de medio mandato —ya podríamos los españoles tener algo parecido en nuestra Constitución— se ha hecho realidad, y les ha costado el control de las dos cámaras del Congreso.
Por mucho que él lo niegue, el presidente Trump es el gran derrotado. Alegar ahora que no era su nombre el que estaba en las papeletas solo servirá para consolar a sus seguidores más cerriles. El resto, recordará que fue él quien quiso convertir estas elecciones en un referéndum sobre su persona; algo que, en opinión de casi todos los analistas —incluidos los que están en la nómina de Fox News, el icónico referente cultural de la derecha estadounidense— logró hacer… y así le fue.
¿Por qué han abandonado al presidente Trump muchos de los que le votaron hace solo dos años? Cada uno de ellos tendrá sus motivos, pero hay uno que destaca en todas las encuestas: la guerra de Irán. El propio presidente, que en su estado normal solo tiene voz para presumir, lo reconoce ahora que ha perdido el Congreso. Y no, no es que la dictadura clerical de la República Islámica, que ahoga a su pueblo en sangre y le somete con furia criminal, goce de simpatías entre los estadounidenses. Lo que duele es la incapacidad de derrotarlo, en una campaña militar bien ejecutada pero pésimamente concebida… por el propio presidente.
«Son los retrasos y las mentiras de Trump para explicar lo inexplicable los que cansan a los votantes»
Lo que ha hecho daño a la causa republicana, más que la guerra en sí, es que se haya prolongado mucho más allá de lo que, sin soliviantar a la opinión pública, había durado la campaña del año anterior. Son los retrasos y las mentiras de Trump para explicar lo inexplicable los que cansan a los votantes… sobre todo porque en el estrecho de Ormuz sigue estando en juego lo que el magnate había prometido resolver: su economía doméstica.
Desde la perspectiva europea, la derrota de Trump es una buena noticia. Sigue habiendo lobos merodeando ahí fuera, hambrientos de poder; pero uno de ellos, de largo el más poderoso y, paradójicamente, el más cercano a nuestra cultura, ya no da tanto miedo. Aún puede morder, porque en los EEUU el presidente tiene notables poderes en el ámbito de la política exterior y sigue siendo el comandante supremo de las Fuerzas Armadas, pero ahora se verá limitado por un Congreso hostil. No le pondrán al presidente Trump el bozal que se merece, pero le sujetarán con una correa.
No deberíamos, sin embargo, echar las campanas al vuelo. Es posible que el gran lobo del otro lado del Atlántico deje de ser una amenaza inmediata, pero no volverá a convertirse en el perro pastor que, como hizo en el pasado, cuida del rebaño de indolentes ovejas europeas.
Quizá la forma más breve de explicar el revés electoral de Trump sea recordar que el magnate, que llegó al poder surfeando la ola de aislacionismo que inunda los EEUU en esta primera mitad de siglo, decidió bajarse de la tabla para acompañar a Netanyahu en lo que prometía ser un tranquilo día de playa… y se convirtió en una pesadilla.
«No le pondrán al presidente Trump el bozal que se merece, pero le sujetarán con una correa»
Como consecuencia de su error, Donald Trump pasará a la historia como lo que él más desprecia, un perdedor más; pero el sentir aislacionista de sus conciudadanos, que él no creó pero contribuyó a alentar en su propio beneficio, durará probablemente muchos años más. Sea quien sea el próximo presidente de los EEUU, demócrata o republicano, se lo pensará dos veces antes de mandar a sus tropas al combate por cualquier razón que no sea la defensa de sus propios intereses.
¿A dónde van entonces los EEUU? Es difícil decirlo exactamente, pero es probable que, mientras no se les ofrezca un cierto grado de reciprocidad, prefieran ir solos. Y, si eso es lo que quieren, bien está que los estadounidenses le recuerden a sus dirigentes, ya se llamen Joe Biden o Donald Trump, que no quieren hacerse responsables de la policía del planeta. Pero el mensaje debería llegar también, alto y claro, a las capitales europeas. Nuestra seguridad es, ahora, nuestro problema y sigue habiendo lobos ahí fuera. ¿Haremos por fin algo para protegernos?
