Publicado: octubre 25, 2026, 3:00 am
Hace apenas unos meses, la historia de un niño supuestamente castigado por acudir al colegio con falda desató una enorme bronca en Facebook en Estados Unidos. La publicación provocó discusiones sobre educación, discriminación y derechos individuales hasta acumular 8,2 millones de visualizaciones. Tenía todos los ingredientes para hacerse viral, salvo porque el niño no existía y las imágenes habían sido creadas mediante inteligencia artificial (IA). Su autor aseguró haber tardado apenas diez minutos en inventar aquella historia y haber ganado unos 2.800 dólares gracias a ella.
Aquella publicación era obra de Kvontay Devon Pringle, un estadounidense de 26 años que administra cinco cuentas de Facebook y afirma ingresar hasta 17.000 dólares mensuales publicando historias capaces de provocar reacciones intensas. Son cantidades declaradas por él y no verificadas de forma independiente, pero su actividad no termina ahí. También enseña a otras personas a reproducir su fórmula, un negocio que algunos operadores han llevado bastante más lejos, con redes capaces de publicar cientos de miles de historias inventadas para audiencias internacionales.
Una de esas operaciones fue identificada en junio por la Canadian Digital Media Research Network, que localizó 340 páginas de Facebook gestionadas principalmente desde Vietnam. Desde 2025 habían publicado más de 355.000 contenidos sobre políticos, famosos o acontecimientos deportivos, acumulando 95 millones de reacciones, comentarios y compartidos. Los responsables buscaban atraer usuarios de Estados Unidos, Canadá y Europa hacia páginas web financiadas mediante publicidad, aunque la elección de esos mercados respondía también a una diferencia económica considerable entre lo que puede generar una visita procedente de un país y de otro.
El precio del enfado
Según las estimaciones de un creador pakistaní familiarizado con este mercado, mil visualizaciones procedentes de Pakistán pueden generar alrededor de 40 centavos de dólar, mientras que una audiencia estadounidense, británica o canadiense puede elevar esa cantidad hasta los seis o incluso treinta dólares. Son cifras orientativas y no tarifas oficiales de Facebook, pero muestran por qué resulta tan atractivo producir contenidos para públicos extranjeros. Un operador podría llegar a cobrar hasta 75 veces más por un volumen equivalente de reproducciones, una diferencia que ayuda a explicar por qué hay personas en Sri Lanka dedicadas a alimentar discusiones políticas entre ciudadanos británicos.
Ese interés por captar audiencias occidentales quedó documentado en noviembre de 2025, cuando el Institute for Strategic Dialogue (ISD) y The Bureau of Investigative Journalism identificaron 128 páginas y grupos de Facebook gestionados desde Sri Lanka que reunían 1,6 millones de seguidores y miembros. Sus contenidos estaban dirigidos al público británico y recurrían a imágenes patrióticas, noticias políticas y fotografías generadas mediante IA para alimentar discusiones sobre inmigración. Muchas páginas aparentaban ser espacios de debate locales, aunque detrás había operadores que habían encontrado en esos conflictos una oportunidad comercial.
Entre los empresarios vinculados a aquella actividad aparecía Geeth Sooriyapura, que aseguraba haber ganado 300.000 dólares administrando páginas de Facebook, una cifra que no ha sido auditada. También dirigía una academia donde enseñaba a otros creadores a captar seguidores y obtener ingresos, aprovechando asuntos que despertaban reacciones intensas entre los usuarios. Una de las publicaciones relacionadas con una manifestación contra la inmigración consiguió casi 23.000 compartidos, pero otras páginas de la misma red llegaron a publicar mensajes favorables a la inmigración pese a difundir habitualmente contenidos contrarios.
El cambio de discurso resultaba llamativo porque mostraba que una página podía defender posiciones opuestas según el contenido que difundiera. Los investigadores encontraron así cuentas que utilizaban asuntos políticos muy diferentes para atraer seguidores, una práctica que también ha aparecido en España, aunque aquí los protagonistas de las historias inventadas no eran políticos ni inmigrantes, sino agricultores indignados.
La fábrica española
Una investigación de Maldita.es publicada en abril de este año identificó más de cien vídeos generados con IA en los que supuestos agricultores españoles denunciaban los problemas del campo. Uno de ellos era Manolo, un anciano que aparecía enfadado en un supermercado porque, según aseguraba, se vendían productos marroquíes sin cumplir las normas europeas. La acusación era falsa y Manolo tampoco existía. Hasta su bastón desaparecía por momentos en las imágenes generadas por ordenador, aunque eso no impedía que sus creadores siguieran produciendo nuevas escenas sobre asuntos que podían provocar indignación.
Entre aquellos contenidos también aparecían tractoradas y enfrentamientos policiales ficticios que circulaban coincidiendo con protestas agrarias reales. Las cuentas aprovechaban acontecimientos reconocibles para construir historias aparentemente creíbles y habían encontrado varias fórmulas para intentar obtener ingresos con ellas. Algunas solicitaban donaciones mediante Bizum y PayPal, mientras una también vendía productos y vídeos personalizados protagonizados por aquellos personajes inventados. No se conoce cuánto dinero consiguieron recaudar, aunque su actividad demuestra que estas operaciones pueden buscar ingresos más allá de la publicidad.
La posibilidad de producir personajes, imágenes y vídeos mediante IA permite mantener una actividad constante sin necesidad de contratar actores o grandes equipos de grabación. A partir de ahí, las visitas pueden dirigirse a tiendas, páginas financiadas mediante anuncios o programas de remuneración de las propias plataformas, un mercado en el que Facebook está repartiendo cantidades cada vez mayores entre quienes publican contenidos.
Facebook reparte millones
Meta anunció en marzo que Facebook había pagado casi 3.000 millones de dólares a creadores durante 2025, un 35% más que el año anterior. De esa cantidad, el 40% correspondió a fotografías, historias y publicaciones de texto, mientras el resto procedió de los Reels. Los pagos abarcan contenidos de todo tipo y no permiten calcular cuánto corresponde específicamente a quienes fabrican polémicas, aunque el crecimiento de estos programas ha obligado a la compañía a reforzar las condiciones para decidir qué publicaciones pueden generar ingresos.
La dificultad para aplicar esas normas quedó reflejada en una investigación de ABC News Verify publicada en agosto, que encontró cuentas controvertidas participando en los programas de monetización de Meta pese a difundir determinadas publicaciones aparentemente incompatibles con sus requisitos. Los investigadores no pudieron establecer cuánto habían cobrado, mientras la compañía defendía que puede retirar del sistema de pagos a quienes vulneren sus políticas. También comunicó la eliminación de páginas vinculadas a la red de Sri Lanka por comportamientos no auténticos.
Esas medidas permiten actuar contra las cuentas responsables de fabricar contenidos engañosos, pero tienen un límite cuando las publicaciones empiezan a circular entre miles de usuarios que las comparten por iniciativa propia. De hecho, una parte importante de su difusión puede producirse sin que intervengan redes de bots ni campañas publicitarias, lo que introduce un incentivo adicional para quienes buscan conseguir millones de visualizaciones con una inversión relativamente pequeña.
Para quienes fabrican estas historias, cada usuario que decide compartirlas permite ampliar su alcance sin aumentar los gastos de distribución, como ocurrió con aquel joven estadounidense que inventó la historia del niño castigado por llevar falda. Mientras miles de personas discutían por algo que nunca había sucedido, él aseguraba haberse embolsado miles de dólares, gracias en buena medida a que los propios usuarios se encargaron de llevar aquella historia de una pantalla a otra completamente gratis.
