Publicado: octubre 13, 2026, 6:23 am
«Cuando tenga más confianza en mí misma lo haré. Cuando me guste más mi cuerpo me pondré esa ropa. “Primero necesito aprender a quererme».
Hablamos mucho de la importancia de querernos, aceptarnos y sentirnos bien con nosotros mismos. Son mensajes habituales en redes sociales, libros de autoayuda o conversaciones cotidianas y que parecen difíciles de cuestionar. ¿Quién podría estar en contra de tener una buena relación con uno mismo? El problema no está en querer sentirnos bien con nosotros, sino en convertirlo en un requisito. En asumir que primero tenemos que querernos, sentirnos seguros o tener suficiente autoestima y que, solo entonces, podremos empezar a hacer determinadas cosas.
Pero ¿qué significa realmente «quererse a uno mismo»? ¿Gustarnos físicamente? ¿Sentirnos seguros? ¿Pensar cosas positivas sobre nosotros? ¿No dudar de nuestras decisiones? Aunque solemos agrupar estas experiencias bajo la palabra autoestima, no son exactamente lo mismo. La autoestima hace referencia, de forma general, a la valoración que hacemos de nosotros mismos. Y esto es importante porque a veces tratamos la autoestima como si fuera una especie de depósito que primero tenemos que llenar para después poder vivir con seguridad: primero aprendo a quererme y, cuando lo consiga, podré exponerme, relacionarme o hacer aquello que ahora no me atrevo a hacer.
Sin embargo, el problema no está únicamente en tener una autoestima más alta o más baja, sino también en cuánto necesitamos conseguirla, mantenerla o protegerla. En una revisión publicada en Psychological Bulletin, Jennifer Crocker y Lora Park propusieron poner el foco no solo en cuánta autoestima tenemos, sino también en cómo su búsqueda puede influir en lo que hacemos.
Buscando aprobaciones ajenas
Cuando sentirnos bien con nosotros mismos se convierte en un objetivo primordial, nuestra conducta puede empezar a orientarse hacia proteger esa autoestima. Empezamos a evitar situaciones en las que existe la posibilidad de fracasar, buscar con mayor frecuencia la aprobación de los demás o vivir determinados errores no solo como «algo me ha salido mal», sino como “no soy suficientemente bueno”.
Buscar una autoestima alta no es necesariamente perjudicial; el problema aparece cuando necesitamos protegerla hasta el punto de que empieza a condicionar lo que hacemos. Esto puede tener un coste: si para sentirme bien conmigo necesito evitar cualquier experiencia que pueda hacerme sentir incapaz, rechazado o insuficiente, proteger mi autoestima puede acabar limitando las situaciones que estoy dispuesto a afrontar. Si necesito gustarme para ir a la playa, mi relación con mi cuerpo decide qué planes puedo hacer. Si necesito sentirme competente para aceptar un reto profesional, mis dudas deciden qué oportunidades aprovecho.
Protegernos de aquello que creemos que pone en riesgo nuestra autoestima favorece la evitación experiencial, que hace referencia a los intentos de evitar, controlar o escapar de pensamientos, emociones o sensaciones internas que nos resultan desagradables. Evitar puede producir alivio a corto plazo. Si no hago aquello que me hace sentir inseguro, probablemente tampoco tenga que enfrentarme en ese momento a esa inseguridad. La dificultad aparece cuando evitar sentir miedo, vergüenza, duda o malestar empieza a limitar las cosas que hacemos y las experiencias que estamos dispuestos a vivir. Cuando necesitamos sentirnos bien para actuar, poco a poco acabamos organizando nuestra vida alrededor de aquello que intentamos no sentir.
La ley de la demanda y la flexibilidad
Frente a esto, otro concepto importante es la flexibilidad psicológica, que es la capacidad de adaptarnos a las demandas de cada situación, reconociendo lo que pensamos y sentimos sin que esas experiencias tengan que determinar nuestra conducta. Implica poder actuar de acuerdo con nuestros objetivos y con aquello que es importante para nosotros, incluso cuando aparecen pensamientos, emociones o sensaciones incómodas.
Desde esta perspectiva, no necesitamos conseguir primero que desaparezcan pensamientos como «no soy suficiente», «no me gusta mi cuerpo» o «no voy a ser capaz». La pregunta cambia. En lugar de «¿cómo consigo sentirme suficientemente seguro para hacerlo?», podemos preguntarnos: «¿Necesito sentirme seguro para poder hacerlo?».
No siempre hacemos las cosas cuando ya nos sentimos preparados. Muchas veces es también a través de lo que hacemos, de las experiencias que vivimos y de comprobar cómo respondemos ante ellas como vamos construyendo nuestra sensación de capacidad. Esto no significa que enfrentarnos a aquello que nos da miedo vaya a aumentar automáticamente nuestra autoestima, ni que debamos obligarnos a hacer cualquier cosa que nos genere malestar. Significa que esperar a sentirnos de una determinada manera para permitirnos actuar también puede mantenernos atrapados.
Aprender a querernos
Esto cambia también lo que entendemos por ‘querernos’. Querernos no tiene por qué significar gustarnos todos los días, confiar siempre en nosotros o conseguir eliminar nuestras inseguridades. También tiene que ver con cómo nos tratamos precisamente cuando eso no ocurre.
Aquí aparece la autocompasión. Mientras la autoestima implica una valoración sobre nosotros mismos, la autocompasión pone el foco en cómo respondemos ante nuestro propio sufrimiento, nuestros errores o nuestras limitaciones. Son conceptos relacionados, pero no iguales. Podemos cuidarnos un día en el que no nos gusta nuestro cuerpo. Podemos aceptar una oportunidad sin tener la certeza de que estaremos a la altura.
La autoestima importa. Pero no necesitamos convertir sentirnos bien con nosotros mismos en el requisito que tenemos que cumplir antes de empezar a vivir. La confianza, una relación más amable con nosotros mismos y aprender a querernos, no tienen por qué construirse antes de empezar a vivir. Se construyen mientras vivimos.
