Publicado: septiembre 18, 2026, 3:23 am
Se dice que el miedo le da poder a quien lo infunde y debilita al que lo padece. El temor, afirmaba Séneca, te convierte en esclavo. Si esto es así, hemos de pulsar todas las alarmas porque nos están metiendo el miedo en el cuerpo con lo de la inteligencia artificial. Nos hablan de consecuencias apocalípticas y lo más llamativo es que quienes nos advierten son los que desarrollan esta forma de poder.
Desde Anthropic aseguran que la IA podría tomar por sí sola el control de Internet en menos de un año; en Internet está nuestra vida, desde el historial sanitario y profesional hasta nuestros ahorros. En OpenAI afirman que un avance sin normas podría hacer que perdiéramos el control del futuro, mientras Elon Musk no duda en aseverar que corremos un riesgo mayor que con las armas nucleares. Estos y otros magnates de la tecnología se han puesto de acuerdo para prevenirnos sobre lo que ocurrirá de no bajar el ritmo en el desarrollo de esta forma de inteligencia, a la que llegan a atribuir la capacidad de operar por su cuenta si no se establecen normas que controlen de forma efectiva su evolución.
Si lo que pretendían es asustarnos, sin duda lo han conseguido. Es verdad que se antoja raro que el aviso provenga de quienes han invertido miles y miles de millones de dólares en investigación y desarrollo de una tecnología a la que todavía no se le ha visto el beneficio y cuyo avance está en un punto crítico que requiere inyectar mucho más dinero en montar infraestructuras y centros de datos para no quedarse atrás. Ellos mismos reconocen que ralentizar esos procesos va en contra de sus intereses financieros, aunque las fortunas que atesora el «tecnofeudalismo», como lo denominó el Papa León XIV en España, son de tal magnitud que igual pueden hasta permitirse el lujo de ser honestos y sensatos. Para hacer más creíble su timbrazo de alerta y exigir controles gubernamentales que conjuren los desastres que anuncian, han reconocido públicamente haber ocultado los riesgos graves que comporta la IA, dando a entender que los taparon hasta quedar espantados con las posibles consecuencias del actual descontrol.
Sea cual fuere lo que hay detrás de este llamamiento a la prudencia, llama la atención que China, la otra gran potencia en IA, haya abundado en esa tesis reclamando medidas regulatorias urgentes a fin de evitar, según dicen, una confrontación tecnológica global de consecuencias imprevisibles. En Pekín ponen el énfasis en los riesgos de perder el control de los sistemas avanzados y el enorme potencial que pueden alcanzar para difundir desinformación y bulos al punto de desestabilizar a los estados, algo que nos recuerda lo acontecido este verano en Ceuta.
Esta confluencia prácticamente unánime de los grandes actores tecnológicos demandando barreras para que la IA no se nos vaya de las manos ha chocado frontalmente con el inquilino de La Casa Blanca y su núcleo duro de aduladores. Donald Trump no ve peligro alguno y califica de «conspiración enfermiza» lo expresado por quienes, se supone, más saben del asunto. Trump asegura que todo es un bulo del que se beneficia China, y que lo que hay que hacer es ganarle la carrera a los chinos sea como sea.
Los simples mortales poco sabemos de lo que se cuece realmente en tan compleja trastienda. Intuimos la enorme capacidad que la IA tiene de cambiar nuestras vidas y lo único que quisiéramos es que las cambie no para destruirnos, sino para bien. Ninguna máquina puede adquirir voluntad propia ni escapar al control de los humanos. Con esos límites, de momento, nos conformamos.
