Publicado: mayo 17, 2026, 9:14 pm
Sale de Netflix este dos de junio. Por esa urgencia comienzo mi texto con esta información. Anoten: el dos de junio Brockmire sale de la pantalla de Netflix. No me lean, no importa. Si les gusta el beis y como yo tenían la serie fuera del radar, vayan. Corran.
Supongo que si no les llama la atención el beisbol, necesitan algún argumento más poderoso para hacerme caso. Ahí van los siguientes párrafos.
Si han leído algunas de las últimas entregas del Garage, sabrán que he dedicado un par a mi amor por el beisbol. Sube y baja la pelota, a veces hay juegos aburridos pero el beisbol como concepto no deja de ser interesante y como ejecución es muy bello.
Hay varias otras razones para amar la pelota. Por ejemplo, haber visto películas como A league of their own, o A field of dreams, dos joyas del cine gringo y de los mejores homenajes cinematográficos que se han hecho a cualquier deporte. A los ocho años vi A league of their own en el cine y la recuerdo como uno de los gozos más perfectos que he vivido en una sala. Una de las razones para amar el cine es revivir esos subidones, pregúntenle a cualquier cinéfilo. Nació mi amor por el cine y también por el beis.
Para algún aficionado más maduro ese amor puede nacer de los documentales exhaustivos de Ken Burns simplemente titulados Baseball, un conjunto de diez entregas que siguen los casi dos siglos de historia de Gran Entretenimiento Americano.
Decirle “rey de los deportes” al beis me parece obsoleto pues ya ni siquiera es el rey de los deportes en Estados Unidos (ese honor se lo lleva el futbol americano), pero en los documentales de Burns queda clara su identidad netamente americana. Es el deporte que países como República Dominicana y Venezuela han convertido en una coreografía digna de su palacio nacional de bellas artes. En Canadá, Estados Unidos y México es un deporte trascendental. No se entiende el norte mexicano sin sus equipos de beisbol.
Regreso a Brockmire. Mi amigo José Soto, también periodista y pelotero, me mandó un breve clip con el actor Hank Azaria interpretando a un narrador de la Ligas Mayores. El personaje es una calca perfecta del tono de voz, la manía e idiosincrasia de los narradores deportivos. El video me hizo reír fuerte y sola en el metro.
Brockmire está basada en un personaje que el propio Azaria creó para un stand up. Sigue la vida del tal Jim Brockmire, narrador estrella de las Grandes Ligas, que tiene lo que en inglés se define exacta y descriptivamente como un muy público meltdown. Un día de regreso de una gira encuentra a su esposa siendo una “astronauta sexual”. Lucy, la esposa, usaba las ausencias del marido para experimentar con su sexualidad (el verbo se queda tan corto como decir que lanzar una bomba atómica es un mero experimento). Nada era suficiente para la libido de Lucy.
El asunto es que después de topar con esas escenas brueghelianas en su propia sala, Brockmire entra a la cabina y cuenta todo al aire. Todo. Y va descendiendo a un pozo en el que la dignidad es mera noción. La situación es cada vez más vergonzosa. Al otro día da una conferencia de prensa que agiganta el desastre. Ante el escándalo a Brockmire solo le queda el exilio del beisbol y el país: huye a Asia donde se convierte en actor de telenovelas y narrador de peleas de gallos.
Pasa una década en la que desciende al alcohol y las drogas duras, cualquier tipo de cosa que marea. Qué digo desciende: conoce la gloria de la adicción. El carisma del personaje es tal que el espectador quiere estar igual de borracho: mientras que para un fulano el alcohol lo convierte en una cosa más pesada que un yunque, a Brockmire le suelta la lengua como una especie de catalizador de su personalidad. Qué es un hablador profesional sin ese narcisismo.
Entra en escena Jules, interpretada por Amanda Peet. Dueña de un equipo de beisbol de ligas menores en un pueblo perdido en Nowhere, America, trae a Brockmire como gancho publicitario. Brockmire regresa al país y al deporte de sus amores pero ignora casi completamente la consecuencias de su, eh, desaguisado. Pero internet, amigos, lo viral no muere tan fácil.
Aquí me quedo. Todo lo que he contado en estos párrafos son los diez primeros minutos del piloto. Quizá fue demasiado y mi narración es bastante más torpe que la de los guionistas, pero les digo que todo es un éxito: los personajes, la acción, los diálogos. Grandes diálogos, todo lo que dice Brockmire merece la posteridad. La declaración de amor al beis es inolvidable.
Si el beisbol les causa escozor, véanla de todos modos. Aunque la presencia del deporte es un toquecito extra para el fan pelotero, el humor de la serie no necesita de entretelones ni saber las reglas torcidas del juego. Pero hay alguna posibilidad de conversión viendo Brockmire: tal vez nazca la curiosidad de acercarse al diamante. Como dice uno de los personajes, el beis puede ser aburrido por la televisión o la radio, pero nada se compara con ir al estadio y con cerveza en mano presenciar el ballet de la pelota. Lo que también significa mandar al umpire a la chingada y gritarle otras tantas putezas borrachas al pitcher rival. Diversiones puras.
Pocas series se atreven a ser tan ácidas como esta. Enamorarse de los personajes es fácil. Les digo que dan ganas de ser tan drogadicto como Jim Brockmire. La autodestrucción tiene su glamour.
La serie se lanzó en los años inmediatos anteriores a la pandemia así que funciona como una forma de documento de otros tiempos. Digo que nada se ve tan viejo como el pasado reciente y lo sostengo, en ciertos momentos Brockmire parece de otro mundo. Como sea, no es un defecto que la caduque, se sostiene muy bien en el tiempo
Entonces repito: Brockmire se va el dos de junio de Netflix. Es una producción de la poderosa AMC así que no creo que desparezca totalmente de las plataformas. AMC tiene el pedigrí de producir series que estiran límites y Brockmire abreva de ese manantial.
En fin o en fon, le insisto que de todos modos se apresuren. Son cuatro temporadas de ocho episodios cada una, cada episodio es de media hora. Se la echan rápido y el maratón es más que satisfactorio. Dos de junio. Escúchenme. Puede que les den ganas de volverse adictos. Y al beisbol también.
