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Wall Street abre la veda contra el crédito privado

Publicado: mayo 17, 2026, 3:00 am

Durante la crisis del euro, entre 2009 y 2012, los inversores se familiarizaron a la fuerza con conceptos financieros como prima de riesgo y CDS, los credit default swaps. La prima de riesgo medía cuánto más tenía que pagar España, Italia, Portugal o Grecia frente a Alemania para colocar su deuda. El CDS funcionaba como un seguro contra impago, un contrato que permitía ganar dinero si aumentaba el miedo a que un Estado no pudiera pagar. En teoría, servía para protegerse. En la práctica, también permitía apostar contra un país.

Primero se compraba protección contra la deuda de un Estado. Después crecían las dudas sobre sus bonos. Luego subía la prima de riesgo. Y cuanto más subía el coste de asegurar esa deuda, más presión sufría el país en la siguiente subasta. El incendio no siempre empezaba en los CDS, pero los CDS podían echarle más gasolina al fuego. Llegó a darse la circunstancia de que los mismos que atacaban la deuda eran los que tenían contratados esos seguros. Primero prendían fuego a la casa y luego cobraban el seguro.

Ahora Wall Street ha creado una herramienta que despierta ese recuerdo en uno de los mercados más opacos y de mayor crecimiento de la última década, el crédito privado. JP Morgan, Goldman Sachs, Bank of America, Barclays y Deutsche Bank, junto con S&P Global, han impulsado un nuevo índice de derivados, el CDX Financials, que permite a los grandes inversores cubrirse o ganar dinero si empiezan los problemas en gigantes como Apollo, Blackstone, Ares o Blue Owl.

La gran apuesta

Este lanzamiento llega en un momento muy concreto. No cuando el crédito privado atraviesa una etapa de calma, sino cuando algunos de sus fondos empiezan a hacer aguas. Los inversores han pedido retirar 14.000 millones de dólares en el primer trimestre de 2026, casi cuatro veces más que en todo 2024, y varias gestoras han tenido que limitar reembolsos. Wall Street no ha inventado un seguro contra un incendio imaginario. Lo ha lanzado cuando ya empieza a oler a humo.

De esta forma, los mismos bancos que ayudaron a levantar el negocio de la financiación privada ofrecen ahora una vía líquida para cubrirse o posicionarse contra algunas de sus mayores gestoras. Durante años financiaron, estructuraron y dieron oxígeno a una industria que ya mueve alrededor de 3 billones de dólares a nivel mundial. Ahora también venden el seguro contra el incendio.

El crédito privado nació después del colapso financiero de 2008, cuando los bancos quedaron más regulados, más vigilados y con menos margen para prestar a empresas medianas y endeudadas. Ese hueco lo ocuparon grandes fondos, que empezaron a hacer fuera de la banca tradicional una parte del negocio que antes hacían los bancos. Captaban dinero de inversores, lo prestaban a compañías y cobraban intereses elevados.

Durante años, el negocio ha funcionado como un reloj. Las empresas conseguían financiación, los inversores obtenían más rentabilidad que en la deuda pública o corporativa tradicional, las gestoras cobraban comisiones muy atractivas y los bancos seguían participando como intermediarios, financiadores y arquitectos del mercado.

La letra pequeña estaba en la liquidez. Muchos vehículos prometieron a sus inversores ventanas de salida periódicas, normalmente trimestrales, mientras invertían en préstamos a largo plazo, difíciles de vender y valorados con mucha menos transparencia que los activos cotizados. Sobre el papel, el inversor tenía una puerta de salida. En la práctica, el dinero estaba metido en activos que no se pueden convertir en efectivo con un clic.

Blue Owl Capital ha sido uno de los casos más visibles. Sus inversores pidieron retirar el 41% de su fondo tecnológico, valorado en 6.200 millones de dólares, y el 22% de su fondo de crédito, de 36.000 millones. La gestora limitó las salidas al 5%. Blackstone recibió 3.700 millones de dólares en solicitudes de retirada en BCRED, uno de sus grandes vehículos de crédito privado. Apollo también limitó reembolsos.

No hay depositantes haciendo cola frente a una sucursal ni cajeros vacíos, pero la mecánica resulta reconocible. El inversor pide recuperar dinero, el fondo limita la salida y el resto queda atrapado hasta la siguiente ventana. El crédito privado vendía estabilidad porque sus activos no cotizaban cada segundo. Ahora esa falta de precio diario empieza a parecer menos una ventaja y más una zona ciega.

La presión no llega solo por las salidas, sino también por lo que hay dentro de las carteras. En Estados Unidos, casi la mitad de las operaciones de capital privado se vinculan al software, el sector que durante años se vendió como una máquina de ingresos recurrentes, márgenes altos y deuda fácil de refinanciar. Muchos modelos de negocio que parecían blindados ya no parecen tan intocables. UBS estima que las carteras con fuerte exposición a software podrían sufrir tasas de impago del 13% al 15%, más de tres veces la tasa normal de impagos.

La comparación no implica que el crédito privado vaya a provocar otra crisis del euro ni otro 2008, pero la mecánica resulta demasiado familiar

Los tipos de interés tampoco ayudan. Si el petróleo sube, la inflación vuelve al 3% y la Reserva Federal retrasa las bajadas de tipos, las empresas más endeudadas tienen menos oxígeno. Pagan más por refinanciar, destinan más caja a intereses y tienen menos margen para absorber una caída de ingresos. Muchas compañías financiadas por crédito privado encajan precisamente en ese perfil.

En ese punto entra de nuevo el CDX Financials. Sobre el papel, es una herramienta de cobertura. En la práctica, también abre una vía para que los fondos de cobertura y grandes inversores apuesten contra el sector de forma más limpia y líquida. Cuando existe una forma sencilla de ganar dinero si aumenta el miedo, el miedo deja de ser solo una percepción y se convierte en precio.

Las acciones de las grandes gestoras ya reflejan la presión. Ares Management acumula una caída del 21% en lo que va de año. Blackstone retrocede un 20%. Apollo pierde más de un 8%. La comparación no implica que el crédito privado vaya a provocar otra crisis del euro ni otro 2008, pero la mecánica resulta demasiado familiar.

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