PISA 2025: ¿Qué le estamos haciendo a nuestra atención? - Argentina
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PISA 2025: ¿Qué le estamos haciendo a nuestra atención?

Publicado: septiembre 28, 2026, 3:00 am

A principios de este mes se han publicado los resultados de PISA 2025, con el habitual revuelo que ello conlleva. Y esta vez no es para menos. Los números son malos y afectan a casi todos los países participantes. La competencia lectora ha caído 28 puntos en una década en el conjunto de la OCDE, aproximadamente lo que se aprende en curso y medio. España firma, por su parte, sus peores registros desde que participa en la prueba.

Cualquiera que conozca la OCDE sabe que es una organización poco dada a las afirmaciones audaces. Por eso llama la atención el tono de este primer volumen. Y es que atribuye la caída de los resultados a un deterioro en la capacidad de los estudiantes para sostener la atención en tareas que exigen lectura cuidadosa. Responden cada vez más deprisa y con menor tasa de acierto. No es la primera vez que PISA mide la distracción digital en el aula, pero sí es la primera que sitúa la atención en el centro de su diagnóstico.

¿Qué podría estar erosionando esa atención? Es pronto para decirlo y la propia OCDE apunta a varias causas: el desplazamiento de la lectura profunda por las pantallas o la caída de la lectura por placer, entre otras. Pero ya circulan hipótesis que señalan además a la rápida adopción de nuevas tecnologías. Lucas Gortázar, director adjunto de Esade EcPol, encuentra que quienes no usan IA generativa para resumir o redactar puntúan hasta 20 puntos más, incluso descontando la influencia del nivel socioeconómico. A esa señal se le suma otra con más recorrido empírico, la de los efectos negativos de los smartphones y otras tecnologías en el aula. Conviene ser cautos porque este es un terreno todavía disputado y, en buena medida, especulativo. Pero si algo le está ocurriendo a la atención de los adolescentes, difícilmente se detiene ahí. Las tecnologías que compiten por la suya son las mismas que lo hacen por la nuestra. ¿Qué le están haciendo a nuestra atención herramientas como la IA y las redes sociales?

Empecemos por lo básico. La atención es el proceso cognitivo que nos permite seleccionar un estímulo y sostener la consciencia sobre él. En esencia, decide qué parte del mundo entra, qué parte se queda fuera y cuánto rato se queda. Y, en nuestro ecosistema tecnológico, esa atención cumple hoy tres funciones muy distintas. Es la materia prima que las plataformas de contenidos y redes sociales venden a los anunciantes. Es, al mismo tiempo, el insumo con el que se fabrica el capital humano –lo que hace que un adolescente sepa dentro de diez años algo que hoy ignora–. Y es, en última instancia, la lente que determina cómo percibimos el mundo y a las personas que tenemos delante. Vale la pena ir uno a uno porque en cada plano pasa algo distinto.

El primer plano es el que compite por nuestra atención y el que tiene un comprador capaz de pujar por ella en tiempo real: las plataformas de contenido y redes sociales. Su objetivo es maximizar el tiempo de permanencia del usuario, que se monetiza vía impresiones publicitarias. Para saber qué retiene mejor basta con mirar aquello hacia lo que todas han convergido: contenido breve, imprevisible y de gancho inmediato. Un feed de shorts no necesita gustarnos para tenernos enganchados, simplemente basta con que sea imprevisible cada poco rato. La analogía habitual es la de la máquina tragaperras y su recompensa variable e incierta. Describe bien por qué cuesta tanto salir de esa media hora de reels a pesar de que no se recuerde después ni un solo vídeo. Lo inquietante es que esa presión no se detiene en cómo consumimos, sino que alcanza a lo que se produce fuera de estos formatos. Que se discuta si las plataformas de streaming piden a los guionistas que los personajes verbalicen lo que pasa en pantalla revela cuánto se ha fragmentado nuestra atención entre ya varios dispositivos. Y esto sugiere que estamos acostumbrándonos a darle al mundo la atención que nos sobra y que el mundo se reescribe para conformarse con eso.

El segundo plano está vinculado a nuestra capacidad de aprender y es donde entra de lleno la inteligencia artificial. El capital humano es algo que necesariamente se construye a base de atención. Podemos comprar libros y clases particulares, pero si uno no pone las horas no aprende nada. Este esfuerzo produce dos cosas: la respuesta al problema que tenemos delante y la capacidad de resolver el siguiente. Lo interesante del mecanismo de la IA es que sustituye la primera y, al hacerlo, degrada la segunda. Los nuevos modelos de IA entregan resultados muy notables y a un coste casi nulo, lo que plantea una pregunta de incentivos: ¿compensa el esfuerzo si el resultado ya está servido? Si la respuesta es no, lo que se queda por el camino son los intentos fallidos y la comprensión que solo llega por haber estado atascado.

Estudios recientes apuntan en esa dirección y con mejor evidencia causal de la que suele encontrarse. Bastani y coautores repartieron al azar el acceso a GPT-4 entre casi mil estudiantes turcos de matemáticas. Mientras lo tenían delante, aquellos con acceso a IA rendían un 48% mejor que sus compañeros, pero al retirárselo puntuaron un 17% por debajo de quienes nunca lo tuvieron. Por su lado, Strömberg y coautores siguieron durante treinta meses a 26.000 estudiantes chinos. Encuentran que, con el acceso a la IA, las notas de los deberes subieron un 18%, pero los resultados los exámenes se hundían un 20% en seis meses y hasta un 24% en las pruebas de acceso.

Queda el tercer plano y es, posiblemente, el más importante. Conviene volver aquí, como hacíamos en una columna previa, a la filósofa Simone Weil. En 1942 escribió unas páginas sobre el buen uso de los estudios escolares donde defendía que lo que vale de un ejercicio no es la solución, sino el tiempo que el alumnado ha estado de verdad delante del problema. Da igual si el problema de geometría sale o no sale, porque lo que se entrena ahí en realidad es la atención. Y sostenía además que esa misma capacidad –la que se afina precisamente con los ejercicios que no salen– es la que permite reconocer que delante hay otra persona. El amor al prójimo, escribió, consiste en ser capaz de preguntarle a alguien cuál es su tormento. Que la pregunta sea sincera, cabría añadir, exige escuchar atentamente la respuesta. No es algo que se pueda hacer con media cabeza en otro sitio. De ahí que llamara a la atención la forma más rara y pura de generosidad.

Si eso es cierto, aunque sea en parte, lo que está en juego cuando la atención se fragmenta o se externaliza no es solo el rendimiento escolar. PISA tiene un nombre para el estudiante que responde deprisa y que no sostiene la atención. Lo llama «lector apresurado» y su proporción casi se ha duplicado. Hay que ser cautos, pero cuesta no ver ahí algo más que una categoría estadística. Porque la falta de atención no se queda en un texto. Puede manifestarse también en leer a las personas por encima o en despachar en cinco minutos una conversación que pedía una hora. De eso no hay datos ni comparativa con Estonia. Pero es una capacidad que de verdad importa y quién sabe si la estamos degradando, sin un informe que nos alerte.

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