Jimmy Carter, el presidente de Estados Unidos que medió el histórico acuerdo de paz entre Egipto e Israel en 1978, que le valió el Nobel de la Paz, ha fallecido este 29 de diciembre a los 100 años de edad, según ha anunciado su hijo James E. Carter III. El demócrata ha sido el expresidente más longevo en la historia norteamericana, y tras un breve e impopular paso de un solo mandato por la Casa Blanca, se dedicó a promover los derechos humanos en todo el mundo con una fundación al frente de la cual acabó ganándose finalmente el respeto y afecto mayoritario de sus compatriotas. Tras varios ingresos hospitalarios desde 2023, la familia del expresidente anunció que recibiría desde aquel año cuidados paliativos en su residencia en Georgia, el estado en el que nació y del que fue gobernador antes de ganar las primarias y elecciones presidenciales de 1976. Su inseparable mujer, Rosalyn, murió el año pasado. La historia de la presidencia de Carter fue la de una catástrofe política. Tras la deshonra nacional del escándalo del Watergate, ganó las elecciones de 1976 contra Gerald Ford, que fue vicepresidente de Richard Nixon y heredó la presidencia al dimitir este último. El mandato de Carter fue el de la estanflación, la mezcla de estancamiento económico e inflación galopante. Un malestar se apoderó de EE.UU., y la crisis de los rehenes en Irán, cuando los islamistas secuestraron a 66 estadounidenses, selló su suerte: en 1980 ganó sólo en seis estados de 50, y le sustituyó un actor reconvertido en gobernador de California, y disparado en popularidad: Ronald Reagan. James Earl Carter nació el 1 de octubre de 1924 en la pequeña localidad de Plains, en Georgia. Fue criado en una familia baptista, que le inculcó una fe que nunca abandonó. Después de graduarse de la Academia Naval en 1946, fue asignado a submarinos nucleares y fue enviado a la Guerra de Corea. Aunque nunca participó en combate directo, su servicio en la Armada fue reconocido con varias medallas, incluyendo la del Mérito por la Defensa Nacional. En 1953, Carter cambió la Armada por el cultivo de cacahuetes en Georgia, y después se adentró en el mundo de la política local. El partido por el que optó fue el demócrata, entonces muy arraigado en el sur de EE.UU. por el atávico resquemor con los republicanos dada su oposición histórica a la esclavitud. Carter ascendió a senador del estado en 1962, y en 1970 fue elegido gobernador. Tras seis años se presentó como candidato a la presidencia y ganó a Ford por la mínima, 40.83 millones frente a 39.14 millones de votos. Carter fue mucho más popular fuera que dentro de su país, del mismo modo que fue inmensamente más apreciado como expresidente que como presidente. Su mayor logro fue negociar el tratado de paz entre Egipto e Israel en 1979, lo que le valió el Premio Nobel de la Paz aquel mismo año. Al facilitar el diálogo entre el dictador egipcio Anwar el Sadat y el primer ministro israelí Menájem Begin en la residencia presidencial de Camp David, en Maryland, propició el final de décadas de hostilidades entre los países vecinos, y sentó las bases para el proceso de paz con Jordania y las negociaciones con los palestinos. Otro punto crucial de la presidencia de Carter fue el de la normalización de las relaciones entre EE.UU. y China en 1979. También se opuso al régimen de ‘apartheid’ en Sudáfrica y promovió el respeto a los derechos humanos en América Latina. Fue, además, el primer presidente de EE.UU. en reunirse con un presidente del Gobierno español elegido en democracia, al viajar a Madrid en junio de 1980 y verse con Adolfo Suárez. Durante su presidencia, Carter se enfrentó a una crisis económica caracterizada por altas tasas de inflación y una economía estancada. En los años 70, los precios del crudo se dispararon por las alzas y boicots de la Organización de Países Exportadores de Petróleo, y por la revolución islámica en Irán. Las colas en las gasolineras de EE.UU. se convirtieron en una imagen habitual. El desempleo se disparó, y rozó el 8%. Carter, siempre un líder carismático, aprovechó la generalización de la televisión para dirigirse a la nación, dando consejos para que la ciudadanía se concienciara para ahorrar energía. En algunos de sus discursos, llevaba un suéter, para sugerir medidas alternativas a poner la calefacción al máximo.El control del gasto energético se convirtió en una obsesión, y sus biógrafos revelaron para la posteridad que el presidente hasta supervisaba personalmente qué salas de la Casa Blanca se iluminaban y calentaban, y a qué hora. En 1979, cuando su popularidad ya estaba hundida, en un índice de aprobación por debajo del 30%, Carter cometió un grave error en materia de comunicación política. En julio, desde el Despacho Oval, decidió reflexionar sobre desafíos como la crisis energética, la inflación y la desaceleración económica. Los relacionó con la falta de confianza y de dirección en el país. «Es una crisis que golpea el corazón y el alma de nuestra voluntad nacional. Podemos ver esta crisis en la creciente duda sobre el sentido de nuestras propias vidas y en la pérdida de unidad y propósito como nación. La erosión de la confianza en el futuro amenaza con destruir el tejido social y político», dijo. El llamado «discurso del malestar» [«malaise», en inglés] fue un éxito, moderado, en un primer momento, y la popularidad de Carter aumentó 11 puntos. Pero en el año electoral de 1980 fue todo lo contrario: fuelle para la campaña optimista de Reagan, que lo usó como ejemplo de la falta de liderazgo y éxito del presidente. No le ayudó a Carter que le disputara las primarias demócratas por la izquierda el senador Ted Kennedy, hermano del difunto presidente John Kennedy. Sólo cuatro meses después del discurso, en noviembre de 1979, una turba de estudiantes iraníes, instigados por el ayatolá Rujolá Jomeini, invadió la embajada de EE.UU. en Teherán y tomó como rehenes a 66 diplomáticos y ciudadanos estadounidenses. Inicialmente, Carter adoptó una política de contención y negociación, pero fracasó. En abril de 1980, un intento de rescate militar fracasó y dejó ocho soldados muertos. A pesar de los esfuerzos de Carter para resolver la crisis, los rehenes no fueron liberados hasta el mismo día en que Reagan asumió el cargo en enero de 1981, tras 444 días de cautiverio. Fue un a despedida amarga para una presidencia que no estuvo falta de sinsabores. Después de ella, Carter se centró en el trabajo humanitario internacional por medio de su fundación, que ha tenido proyectos en todo el mundo, desde Haití a Corea del Norte. Ese trabajo le permitió ir subiendo en popularidad, hasta el punto de que la encuesta de YouGov le consideraba hasta su muerte el político más popular de EE.UU., por encima de todos los presidentes que le sucedieron.