Publicado: abril 4, 2025, 6:00 am
El sueño de muchos es mergulhar en esas aguas, nadar con tortugas, ver delfines saltando, recorrer la Baía do Sancho y el morro Dois Irmãos. Sin embargo, son pocos los que han podido ir a este archipiélago de 21 islas que emerge solitario en una porción del Atlántico, casi tan cerca de Costa de Marfil como de São Paulo, con pocas conexiones desde Recife y Natal (aproximadamente una hora de vuelo), precios altos y unas cuantas restricciones en infraestructura y confort.
Sépalo desde el principio: obtener la misma comodidad en Fernando de Noronha que en el continente cuesta bastante más caro. Pero la recompensa llega con creces.
Noronha es inalcanzable para muchos y real para unos pocos: apenas 500 turistas pueden permanecer en la isla al mismo tiempo, ni uno más. Y por cada día de respirar su excepcional aire de mar es necesario pagar una tasa de preservación ambiental de 101 reales, que aumenta mientras más días sean. Esta medida impide que lleguen hordas de visitantes y la isla quede sobrepoblada. Como el 70% del archipiélago es Parque Nacional Marino (PARNAMAR), hay que acatar estrictas leyes ambientales o el precio del pecado puede ser altísimo.
El lujo en cuestión es un ecosistema equilibrado: los picos y las bahías, los peces que no se amedrentan ante la presencia humana, las mabuyas –unas lagartijas que parecen pintadas–, cangrejos enormes y más de 15 variedades de coral. Las aves también son parte de la fiesta. Algunas endémicas, como las viuvinhas, retozan entre flamboyanes, mulungus y amendoeiras. Hasta la fauna temida tiene aquí buena prensa. Mientras que en Recife las playas están colmadas de carteles que advierten Perigo Tubarão, en Noronha los tiburones son tiernos y se dejan sacar fotos al lado de niños con antiparras. Lo mismo pasa con las rayas y una larga lista de seres marinos que son mucho más amigables de lo que uno pensaría. Quizás porque nadie los molesta.
En la isla no existen resorts cinco estrellas, ni campos de golf, ni mucho menos shoppings. Las pousadas son casas particulares reacondicionadas, muy sencillas, que se categorizan con uno, dos o tres golfinhos. Las atienden pocas personas y llaman a los huéspedes por el nombre de pila. Como mucho, algunas tienen pileta, restaurante y aire acondicionado. Las más rústicas, no bajan de u$s 300 la noche.
Otro detalle: el wifi es muy lento. Hay que armarse de una paciencia oriental para esperar a que abra una página. ¿Pero quién quiere mirar una pantalla antes que sumergirse en el mar? ¿Quién preferiría postear una foto en Instagram antes que avistar una tortuga verde o de carey?
Playas de película y el mejor buceo
De un lado está Brasil, del otro, África. Las playas que están sobre “el mar de adentro” son diez y hay dos bahías. A una de ellas –la bahía de los Golfinhos– no se puede entrar. Pero sí se pueden avistar decenas de delfines rotadores desde su mirador. Saltan sobre su eje cada vez que sale el sol.
La praia do Sancho es la más deseada del archipiélago: ofrece una de las vistas más espectaculares con su mar azul turquesa al pie de un acantilado. Antes se llegaba caminando entre una vegetación tupida, y de forma gratuita. Desde que está dentro del Parque Nacional Marino, hay que pagar un ingreso de 373 reales (189 reales para brasileños) por persona y caminar por unas pasarelas hasta el borde del acantilado. Después, bajar por una empinadísima escalera de metal que se mete por una fisura de la roca y se pierde en un agujero oscuro hasta tocar suelo. Esta playa fue votada varios años consecutivos como una de las mejores del mundo en la plataforma de viajeros TripAdvisor.
La bahía es un punto de parada para excursiones en barco. Por las mismas pasarelas se llega a la vista de postal: la bahía dos Porcos. Desde su mirador se aprecia la silueta perfecta de los dos enormes peñascos oscuros y simétricos del morro Dois Irmãos.
Para surfear, está Cacimba do Padre. Tiene unas olas tan grandes que de solo verlas producen escalofrío. Le dicen la Hawaii brasileña. El Forte do Boldró es el punto para ver el atardecer. La clave es llegar media hora antes y sentarse en primera fila, caipirinha en mano.
Otro clásico es la playa do Cachorro. Mínima, de oleaje tranquilo, tiene una pileta natural en su acantilado. Se llama así porque del mar emerge una piedra con forma de perro.
Las playas del “mar de fora” son un poco más bravas: rocosas, con acceso restringido, más ventosas y de un mar azul profundo. La praia do Leão es el santuario natural de las tortugas, donde entierran sus huevos entre diciembre y marzo.
La bahía do Sueste es familiar y tiene el único manglar de la isla. Pero en el podio se ubica Atalaia; por linda y única es la más vigilada, el arquetipo de la exclusividad noronhense: solo pueden visitarla 30 personas. Tiene arena cercada por piedras volcánicas y piscinas naturales donde los peces quedan atrapados hasta que sube la marea otra vez. En la orilla, personal del ICMBio (Instituto Chico Mendes) recuerda que se puede nadar 20 minutos y es capaz de llamar la atención con silbato a los bañistas que se salgan de la norma. Otros “no” de Atalaia: usar patas de rana, tocar lo que sea con las manos y ponerse de pie. Solo vale flotar.
Para bucear, este es el destino más buscado de Brasil. Según los expertos, el reto mayor es alcanzar la Corveta V17, sumergida a 63 metros. Los novatos, por su parte, también tienen la oportunidad de un debut espectacular.
Después del curso básico, teórico y práctico, tienen un encuentro cercano en el mar de adentro con erizos, estrellas de mar, peces violetas, rayados, naranjas, negros y azul flúo, algas multicolores. El fondo marino de Noronha es como su superficie: un documental en HD.