Publicado: agosto 30, 2025, 6:00 am
Considerada la gran dama del cine inglés, Helen Mirren no es sólo una de las actrices británicas más exitosas, sino también una mujer empoderada, capaz de convertir cualquier gesto, discurso o aparición pública en una fuerte e inspiradora declaración de principios (gracias a su posición de privilegio, su voz funciona como un amplificador, especialmente en temas ligados al feminismo). Como muchas de las grandes mujeres de la historia que interpretó en su larga carrera –Cleopatra, Isabel I e Isabel II, Catalina La Grande, etc.–, Mirren, que acaba de cumplir 80 el 26 de julio, es una figura fascinante, que siempre dice lo que piensa y hace lo que siente y que, a los 78 años, se animó a subirse a una pasarela para “desfilar” sus canas con encantadora irreverencia. Convertida en una de las pocas actrices ganadora de los cuatro premios principales de la industria del cine por una misma película, The Queen, film en el que interpretó a Isabel II (por ese papel obtuvo el Oscar, el Golden Globe, el Bafta y el Premio del Sindicato de Actores), también consiguió numerosos galardones por su trabajo en televisión y teatro, que le valieron el respeto de la crítica y la incondicionalidad del público: su nombre es sinónimo de calidad y venta de entradas. Distinguida como Dama Comendadora de la Orden del Imperio Británico por Isabel II en 2003 por su aporte a las artes escénicas, tiene además una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood y una estatua de cera en el Madame Tussauds de Londres (con Mirren presente, se inauguró en 2010, costó 150 mil libras esterlinas y demandó cuatro meses de trabajo).
PRIMEROS AÑOS
Hija de padre ruso y madre escocesa, nació en Londres con el nombre de Ilyena Lydia Vasilievna Mironov y se crio en el distrito de Hammersmith. Su padre dejó Rusia a los 2 años, cuando estalló la Revolución de 1917, junto a toda su familia, que pertenecía a la nobleza: la bisabuela de la actriz era la condesa Lydia Andreevna Kamenskaya y su abuelo, un coronel del Ejército Imperial que luego formó parte del servicio diplomático al servicio del zar Nicolás II. Por parte materna, tuvo un bisabuelo gitano que era el carnicero de la reina Victoria, oficio que luego heredó su abuelo (se sabe que en algún momento no muy preciso de la historia familiar cambiaron el apellido por Mirren, para que sonara más británico y que, pese a su origen, ella no habla ruso, aunque sí francés). En 2015, durante una entrevista con The Herald Scotland, Helen relató su viaje a Rusia para conocer sus orígenes. “Visitar la finca de mi familia fue extraordinario. Era una leyenda. Nunca pensé que llegaríamos a descubrir dónde estaban, aunque mi abuelo dejó mapas muy buenos. Lamentablemente no queda nada –ni casa ni nada–, pero el simple hecho de aventurarme en la parcela de mi familia fue emocionante”, contó. Desde chica, siempre mostró interés por la actuación, pero a sus padres no les entusiasmaba la idea de que fuera actriz, así que la mandaron a la escuela secundaria St. Bernard, un convento católico en Southend-on-Sea. Allí, un profesor de inglés impresionado por su talento la alentó para que hiciera una audición para el Teatro Nacional Juvenil, donde fue aceptada. Tenía 18 años. Poco después participó de la obra Antonio y Cleopatra, papel clave en su futuro, y empezó a ser tomada en serio por productores y directores. Aunque el teatro resultó determinante en las primeras décadas de su carrera, la televisión la catapultó a la fama: con su rol en la ficción policial Principal sospechoso, Helen Mirren –ganó dos premios Emmy– pasó a ocupar un lugar en el podio de las grandes actrices inglesas. Después, encadenaría una serie de grandes participaciones en cine, que arrancó con Calígula (1979) y siguió con La costa Mosquito (1986), El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (1989), La locura del rey Jorge (1994), El príncipe de Egipto (1998), La sombra de un secuestro (2004), Arturo: millonario irresistible (2011), La dama de oro (2015) y La gran mentira (2019), entre muchas otras (además, fue la narradora en la película Barbie, en 2023).
HOMBRES & MODA
Helen Mirren, quien vive entre Los Ángeles y Londres, siempre se esforzó por mantener su vida privada alejada de los focos. Su primera relación con repercusión en los medios fue con Liam Neeson, a quien conoció mientras filmaban Excalibur, en 1981. Vivieron juntos cuatro años y todavía hoy son grandes amigos, al punto que él siempre reconoció que ella jugó un papel decisivo en el despegue de su carrera en cine. Ese año de 1985, Mirren se enamoró del director norteamericano Taylor Hackford en el set de Sol de medianoche, con quien se casó, tras doce años de relación, en diciembre de 1997, en una ceremonia celebrada en las Tierras Altas de Escocia. Para ella era la primera boda, para él, la tercera, y aunque la pareja no tuvo hijos, Helen quiso a Rio y Alexander, los hijos de Hackford, como si fueran propios (Rio, que también era actor, murió en 2022), y hoy es la feliz abuela de Basil, el hijo de Alexander. Convertida en referente de estilo por mérito propio, Helen Mirren sabe vestir con clase sin dejar de aportarle su toque personal a cada look, y tiene demostrado de sobra que no hay edad para llevar determinadas prendas y jugar y disfrutar con la moda. Eso, más su activismo a favor del envejecimiento con gracia, hizo que a los 70 años resultara elegida embajadora de L’Oréal Paris, acaso una recompensa para esta mujer que no se cansa de señalar el edadismo que atraviesa a la sociedad y a la industria del cine. “Todos envejecemos, pero, a medida que te vas haciendo mayor, la vida puede ser cada vez más dura. Muchas personas empezarán a ser tratadas de forma diferente, algo realmente molesto, pero además muy injusto”, le dijo el año pasado a Independent. Aunque nunca dejó de trabajar, lo mejor de su carrera profesional le llegó después de los 50, y ahora, con 80, sigue enlazando éxito tras éxito: este año estrenó las series 1923, un western del universo Yellowstone y Tierra de mafiosos, dirigida por Guy Ritchie, y las películas Switzerland y El club del crimen de los jueves, y, a juzgar por sus declaraciones, no tiene ganas de detenerse.