Publicado: septiembre 26, 2026, 6:14 am
Hay medallas que cuentan mucho más que una clasificación. La plata conseguida por Fariba Hashimi en los Juegos Asiáticos de Nagoya es una de ellas. En la tabla de resultados quedará registrado un segundo puesto. Detrás de ese resultado, sin embargo, existe una historia mucho más larga: la de una joven que tuvo que enfrentarse no solo a sus rivales y a los límites físicos propios del deporte de élite, sino también a quienes consideraban inaceptable que una mujer montara en bicicleta.
Fariba completó la prueba femenina de ciclismo en ruta en dos horas, 50 minutos y cinco segundos. La china Li Guo se llevó el oro y Wing Yee Leung, de Hong Kong, el bronce. Son los datos de la competición. Son importantes, pero no explican por sí solos por qué ver a Fariba en el podio resulta tan significativo. Para entenderlo hay que volver algunos años atrás, a Afganistán.
Fariba y su hermana Yulduz comenzaron a practicar ciclismo en un entorno en el que ser mujer y montar en bicicleta podía provocar rechazo. Fariba ha relatado en entrevistas que durante sus entrenamientos les lanzaban piedras y botellas de agua. En ocasiones, las hermanas utilizaban máscaras para evitar ser reconocidas. Es difícil imaginar una contradicción mayor: practicar un deporte que simboliza movimiento y libertad mientras se intenta pasar desapercibida.
En muchos lugares del mundo, una adolescente que sale a montar en bicicleta apenas llama la atención. Puede hacerlo para ir a clase, encontrarse con sus amigos, hacer ejercicio o simplemente disfrutar de una tarde. Para Fariba, pedalear podía significar exponerse a insultos y agresiones. Por eso su trayectoria no puede entenderse únicamente en términos deportivos.
Antes de luchar por segundos en una competición internacional, tuvo que luchar por algo mucho más básico: la posibilidad de entrenar. Antes de llevar un uniforme en unos Juegos Olímpicos o subir a un podio asiático, tuvo que encontrar la manera de seguir practicando un deporte que amaba pese a la hostilidad que encontraba a su alrededor.
Tras el regreso de los talibanes al poder en Afganistán en 2021, Fariba y Yulduz abandonaron el país y se refugiaron en Italia. Su salida les permitió continuar desarrollándose como ciclistas, pero el exilio nunca es simplemente un cambio de lugar de entrenamiento. Significa dejar atrás la casa, los amigos, los recuerdos y una parte de la propia vida para empezar de nuevo en otro país. Fariba siguió pedaleando.
En 2024 llegó a los Juegos Olímpicos de París. Dos años después, su nombre vuelve a ocupar titulares gracias a la plata lograda en Nagoya. Su éxito plantea inevitablemente una pregunta: ¿cuántas Faribas existen hoy en Afganistán sin posibilidad de demostrar de qué son capaces?
No conocemos sus nombres. Probablemente nunca conoceremos muchos de ellos. Quizá haya una niña que podría convertirse en una extraordinaria corredora. Otra que tendría condiciones para el fútbol. Otra para el atletismo. Otra para el ciclismo. El problema es que el talento, por sí solo, no basta.
Para que una deportista llegue a unos Juegos Olímpicos o Asiáticos hacen falta años de entrenamiento, entrenadores, instalaciones, seguridad, competiciones y recursos. Pero antes de todo eso hace falta algo todavía más elemental: que se le permita participar.
Ahí reside una de las lecciones más importantes de la historia de Fariba. Tener talento y tener la oportunidad de desarrollarlo son dos cosas completamente distintas.
Las restricciones impuestas a las mujeres y niñas en Afganistán han reducido drásticamente sus posibilidades de participar en numerosos ámbitos de la vida pública, incluido el deporte. Frente a esa realidad, la trayectoria de Fariba permite observar lo que puede ocurrir cuando una deportista sí encuentra las condiciones necesarias para continuar. Pero tampoco deberíamos cometer el error de mirar a Fariba únicamente a través del sufrimiento.
Existe una tendencia comprensible a presentar a las mujeres afganas que destacan internacionalmente como símbolos de resistencia. Sin embargo, reducirlas exclusivamente a ese papel puede terminar ocultando sus propios méritos. Fariba no consiguió una medalla de plata porque su historia sea conmovedora. La consiguió porque es una ciclista de alto nivel.
Nadie regala una medalla en una competición internacional por haber tenido una vida difícil. Para subir a ese podio tuvo que entrenar durante años, soportar el cansancio, mejorar su técnica, competir contra algunas de las mejores ciclistas de Asia y llegar a la meta por delante de casi todas sus rivales.
Reconocer el contexto del que procede no debería restar protagonismo a su capacidad deportiva. Al contrario: ambas partes de su historia merecen ser contadas. Por eso hay una imagen especialmente poderosa en su trayectoria.
Hubo una época en la que Fariba se cubría el rostro para montar en bicicleta y evitar ser reconocida. Hoy, su rostro aparece en fotografías de una ceremonia de premiación internacional. Entre ambas imágenes hay mucho más que unos cuantos años.
Hay kilómetros de entrenamiento, una salida forzada de su país, una nueva vida en Italia, unos Juegos Olímpicos y ahora una medalla asiática. Pero, sobre todo, hay un tránsito simbólico desde la necesidad de esconderse hasta el derecho a ser vista.
Conviene, sin embargo, no convertir una historia individual de éxito en una excusa para olvidar a quienes no consiguieron salir.
No todas las jóvenes afganas pueden abandonar el país. No todas encuentran un equipo, una federación, una beca o un lugar seguro donde continuar entrenando. Las historias excepcionales inspiran precisamente porque son excepcionales, pero detrás de cada una puede haber muchas otras historias que nunca llegan a escribirse.
El deporte no resolverá por sí solo la situación de las mujeres afganas. Una medalla tampoco cambiará de un día para otro la realidad de quienes viven bajo fuertes restricciones. Pero el deporte puede hacer visible algo que a veces las estadísticas no consiguen mostrar: lo que se pierde cuando a una persona se le niega la oportunidad de desarrollar sus capacidades.
Fariba Hashimi cruzó la línea de meta en Nagoya y obtuvo una medalla de plata. Sin embargo, la pregunta que deja su historia permanece mucho después de terminar la carrera: ¿cuántas niñas podrían llegar igualmente lejos si tuvieran la oportunidad de ponerse en la línea de salida? A Fariba le lanzaron piedras por montar en bicicleta. Ella siguió pedaleando. Hoy lleva una medalla asiática al cuello.
Su historia es extraordinaria. Ojalá algún día lo extraordinario no sea que una mujer afgana consiga superar todos esos obstáculos, sino que ninguna niña tenga que superarlos simplemente para poder practicar el deporte que ama.
