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El bodegón de 1914 que se mantiene vigente con sus platos voluminosos y una especialidad muy original

Publicado: enero 6, 2026, 5:00 am

Desde que se fundó en 1914, milagrosamente, sigue allí. En sus inicios, era un puesto de ramos generales en medio de la nada. “Cuesta imaginar el paisaje que hace un siglo rodeaba al bodegón: esto era un suburbio rural, ni calles había; eran terrenos de lo que se conocía como la chacra del Francés“, describe Gustavo di Lorenzo, actual dueño y chef del restaurante.

Y sigue: “cuando lo fundó mi bisabuelo Egidio, el primer Di Lorenzo que llegó a la Argentina, esto era todo campo, no había más que quintas; y su negocito era un almacén de ramos generales para vender de todo. Después incorporó la grapa en el mostrador con alguna picada, y así, de a poco, armó la fonda”

El país al que llegaba el bisabuelo de Gustavo vivía uno de los momentos más prósperos de su historia; la Italia que dejaba en cambio era una nación empobrecida y a punto de sumarse a la guerra. Egidio llegó joven, sin recursos pero dispuesto a sobrevivir en una tierra desconocida. Aquí armó su vida y también un futuro para sus descendientes.

Cuando San Lorenzo empezó a construir su estadio, el viejo Gasómetro, en Avenida La Plata, los obreros se acercaban a almorzar o a comerse un sándwich a la fonda de Egidio.

El bodegón se fue actualizando a lo largo de sus 111 años de historia y hoy recibe a un público joven

“Cuando Egidio murió –continúa Gustavo- primero mi abuelo y más tarde mi padre y yo tomamos la posta. Su espíritu emprendedor se lo trasmitió a su hijo Roque, mi abuelo. Tengo muy presente a mi nono, era incansable. Controlaba lo que se cocinaba, seleccionando la mercadería, no se le pasaba una. No se movía del restaurante. De hecho se podría decir que acá dejó su vida. Murió en la cocina, trabajando.»

Gustavo di Lorenzo, actual dueño y chef del restaurante

La herencia de don Egidio

Gustavo dice que el valor agregado de su restaurante es no perder detalle de lo que se sirve ni de la manera en que se atiende a los clientes. “Mi mayor satisfacción es que la gente se vaya contenta, que pondere el pechito de cerdo o la milanesa a la napolitana… y que vuelva», asegura.

Junto a reliquias destacan banderines de fútbol y viejas botellas

La comida de Roque es abundante y sabrosa. Los precios son accesibles. El plato estrella de la casa es el Alfajor Roque, la especialidad de la casa. No es un dulce: se trata de una hamburguesa particular, un invento de la casa que fue bautizado por un comensal: es una torre armada con láminas finas de lomo jugoso, panceta crocante y provoleta gratinada. El conjunto está dispuesto sobre un colchón de papas españolas.

A Di Lorenzo lo enorgullece que el “alfajor salado” provoque adicción. Otros platos muy requeridos son la tortilla clásica (otra especialidad) y el bife de chorizo con crema de puerros. De postre, el flan mixto o la copa Boedo son dos imperdibles.

Bife Don Giglio, uno de los platos recomendados de Roque Bodegón

Otra señal de identidad del lugar es su ambiente. Se nota un culto al momento fundacional en los objetos que se exhiben, como un homenaje al espíritu del bodegón que no quiere perderse.

Junto a la ventana del frente hay algunas reliquias en exposición: un teléfono antiguo, una balanza, publicidades de Amargo Obrero o Titanes en el Ring. Cerca de la caja destacan un cartel de la murga Los Cometas de Boedo y grandes retratos de Osvaldo Pugliese y Aníbal Troilo. Como fondo suena la voz de Alberto Castillo cantando Por cuatro días locos. Naturalmente, el banderín de San Lorenzo no puede faltar. Y por supuesto, la imagen de Maradona, que supera los localismos, está presente pegada a una bandera argentina.

Los fines de semana el bodegón se llena y las mesas de afuera son las que más cotizan

“San Lorenzo está íntimamente vinculado a nuestra historia, refiere Di Lorenzo. Hace poco encontré un libro de actas de esa época (1916) donde se leía ´San Lorenzo, 1000 pesos´. Era por algún consumo hecho por los trabajadores que construían el estadio, que estaba a tres cuadras de aquí. Por otro lado, el bodegón es paso obligado para los jugadores de San Lorenzo y el mundo del fútbol. Aquí viene seguido Romagnoli y han estado cracks de todas las épocas: Sanfilippo, Acosta, Villar, Gorosito”, enumera Gustavo.

Vino con etiqueta de San Lorenzo, el club emblema del barrioLa histórica esquina de Boedo se mantiene tal como hace 111 años

El bodegón es un emprendimiento familiar: después de ir dos o tres veces, los clientes se convierten en amigos del restaurante. Los fines de semana, cuando se llena, por lo general van músicos populares y tocan a la gorra.

“Siempre supe que en algún momento de mi vida me iba a tocar asumir la herencia de Egidio y de Roque -afirma Di Lorenzo-. No por casualidad estudié varios años para ser cocinero, además de laburar en distintos restaurantes. Aquí empecé cumpliendo una doble función, como chef y como empresario pyme”.

Volcán de chocolate con helado, uno de los abundantes postres que ofrecen

Los vecinos de Boedo siempre fueron el núcleo duro, el más fiel del bodegón, pero con el tiempo la clientela se fue ampliando. Ahora el público es un mix de amigos, vecinos y gente que viene de otros puntos de la ciudad. Los “de afuera” llegan buscando un lugar tradicional que ofrezca un ambiente barrial, con comida casera. Vienen escapando del ruido, de los centros gastronómicos invadidos por multitudes donde es casi imposible hablar.

Tampoco faltan clientes famosos como Diego Capusotto o Victor Hugo Morales. “Un verano –recuerda Gustavo- Victor Hugo se trajo una banda cubana de jazz y tocaron afuera. Fue una fiesta”.

Gustavo también recuerda el paso de Ricardo Darín. Cuando estaba dirigiendo la película La Señal filmó una o dos escenas en el bodegón. Después de comer una picadita, se quedó charlando con él y le dijo: “vos acá tenés una joyita. Esto va a crecer mucho. Es sencillo. Los que hacemos fila para comer en Palermo u otros lugares céntricos, y ni siquiera podemos estacionar, ni hablar mientras comemos por el barullo, ansiamos volver a la tranquilidad de los barrios, donde te atienden como si fueras un amigo y la comida es casera”.

Los vecinos de Boedo siempre fueron los más fieles del bodegón, pero con el tiempo la clientela se fue ampliando y llegan habitués de otros barrios

Darín lo anticipó, y así fue. “Efectivamente, mucha gente busca el encanto tradicional de las fondas, de sus platos nobles y originales. La comida de los bodegones porteños es la contracara de la impersonalidad de tantas hamburgueserías o pizzerías. No es por desmerecer, simplemente acá viene otro público, más familiar”, concluye.

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