Publicado: octubre 2, 2026, 8:13 am
Volvió el Borges de Adolfo Bioy Casares. Es, sin el menor lugar a dudas, el acontecimiento editorial del año. Dos tomos de tapa dura, en una caja contenedora, 2060 páginas, miles de notas al pie, una tirada de 6000 ejemplares, lo que para el depreciado mercado local y teniendo en cuenta el precio de 189.900 pesos, es una tirada grande y optimista. Desde ayer comenzó a llegar a las librerías.
Desde su salida en 2006, el diario, fruto de la amistad entre Borges y Bioy, se convirtió en un objeto mítico. Agotado y descatalogado, no volvió a editarse en estas dos décadas. Su fama y su precio fueron aumentando. Los escasos ejemplares que daban vueltas se cotizaban muy alto. Algunos llegaron a valer hasta un millón de pesos. En las redes se llegó a hablar hasta del Índice Borges para medir alguna variable económica.
Fueron muchos años sin que hubiera noticias de una reedición, a pesar de que muchos la pedían, en los que surgían rumores de censuras veladas y malestares. Solo apareció un compendio, una versión abreviada, en 2011 que pasó algo desapercibida en su momento -acaso la gracia del libro estuviera en la desmesura y no en un resumen, aunque jugoso, que dejara sensación a poco—, pero que se fue apreciando con el tiempo.
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El Borges de Bioy, probablemente, sea el mejor libro argentino en lo que va de este siglo. Alguien escribió que se trataba casi de una paradoja: “Un libro publicado en el siglo XXI, escrito en el siglo XX y protagonizado por dos hombres que hablan de cosas del siglo XIX”.
El libro surge del diario personal que Adolfo Bioy Casares comenzó a llevar a partir de 1947. Daniel Martino, su albacea literario y con quien Bioy trabajó sus papeles personales en sus últimos años de vida, se percató de que en esas anotaciones personales la presencia de Borges era muy fuerte y que, extractándolas, se podía construir, con esas apariciones y conversaciones cotidianas, un retrato del escritor. El trabajo de Martino es excepcional. No solo en las notas minuciosas, sino en haber descubierto y armado este libro excepcional. Con esos diarios y anotaciones personales de Bioy Casares, él y Martino crearon varios libros.
- El primero fue Descanso de Caminantes, diario en sentido estricto que no fue muy bien recibido en el momento de su salida y que con los años se fue resignificando; la lectura se detuvo por lo general en algunas infidencias que algunos interpretaron de mal gusto. Es posible que el mayor problema fueran las lagunas, que eran retazos que no completaban una autobiografía; anécdotas, escenas sueltas y personajes que aparecían tenuemente.
- El siguiente fue De Jardines Ajenos, un hermoso libro de lector; citas de otros libros que Bioy fue recogiendo a lo largo de una vida.
- El tercero salió cinco años atrás y es Wilcock, que reúne las menciones de los papeles personales de Bioy Casares sobre Rodolfo J. Wilcock, el escritor argentino que emigró joven a Italia y que era gran amigo de Silvina Ocampo.

Detengámonos en definir qué es Borges de Bioy Casares. En su inmensidad no es un libro de género único; detrás del “Come en casa Borges”, frase que abre más de 1700 de las entradas, conviven:
- El mejor retrato que se ha hecho de Borges.
- El diario de una amistad, de una relación a la inglesa, sin confidencias, sin intimidades. Elegante, pudorosa.
- La crónica velada, asordinada, de casi medio siglo de un país.
- Un registro de lecturas y entusiasmos
- Un laboratorio de ideas y esbozos literarios.
- Un fenomenal tratado sobre la maledicencia, una de las cumbres de ese género (hoy escaso) que es la injuria literaria.
- Un catálogo de extraordinarios personajes secundarios destruidos con fruición: Sábato, Mallea, Robert Lowell, la Sra. Bibiloni de Bullrich.
- Una foto de su tiempo, de la vida cotidiana (¡Cuánto tiempo libre tenían!)
- Es nuestro I Ching, el libro que podemos abrir en cualquier página y que nos va a dar la respuesta que fuimos a buscar.
En un prólogo sumado a esta edición, Daniel Martino aclara que ha realizado correcciones al cotejar lo publicado con los originales manuscritos y también que hay entradas añadidas, nuevos textos. Algunos fragmentos habían sido omitidos involuntariamente en la primera versión. Otros no se consideraron oportunos en ese momento. No sorprende descubrir que varias de las entradas añadidas refieran a María Kodama o, más precisamente, a la visión que Bioy Casares y su esposa Silvina Ocampo tenían de María y su relación con Borges a lo largo de los años.
Sin haber terminado una lectura exhaustiva de esta nueva edición, los más de 400 fragmentos agregados, corregidos o restituidos “no afectan cuestiones o puntos esenciales”, como dice el prólogo. En la única cuestión en la que el lector recibe más información y puede ver más en detalle es la que se refiere al vínculo entre Borges y Kodama. Es cierto que muchas de ellas expresan dudas sobre la relación o que critican alguna actitud de María o muestran el dolor (o despecho) de Borges, pero también es cierto que muestran, casi sin querer, la presencia permanente de Kodama en, al menos, los últimos 15 años de vida de Borges y la importancia que tenía en su vida.

Hubo quienes criticaron a Bioy por indiscreto, por mostrar algunas debilidades o hasta accidentes domésticos sufridos por Borges (orinar fuera del inodoro -algo bastante lógico dada su ceguera- o el episodio de su nudismo inadvertido en una playa marplatense en 1964 que motivó un pícaro comentario de Silvina Ocampo sobre las dotes viriles de Borges), muchos lo tildaron de racista o criticaron sus posiciones políticas, más que nada su antiperonismo. Para salvar estas críticas, Daniel Martino aclara en la nueva introducción: “Como toda obra basada en registros cotidianos, Borges refleja inevitablemente el lenguaje y los prejuicios de la época. Aun cuando varios de sus pasajes actualmente puedan resultar ofensivos y no sean compartidos en modo alguno por los derechohabientes, ni por la editorial ni por mí, se ha decidido conservarlos, por su importancia como testimonio histórico y biográfico de un contexto cultural y social notoriamente distinto del contemporáneo”.
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Es posible que la mejor respuesta a este asunto de las indiscreciones y las intimidades develadas la otorgara Borges en una anécdota que protagonizó (o al menos le atribuyen). Una tarde, un joven escritor le mostró fragmentos de sus diarios personales. Para tranquilizarlo, casi como declamando una virtud, le dijo: “Nunca son indiscretos”. Casi con impaciencia Borges respondió: “Un diario tiene que ser indiscreto”.
Esta nueva edición trae, a diferencia de la anterior, un índice onomástico y temático que permite encontrar las referencias a personas y eventos con mayor facilidad; este índice cubre 195 páginas. También se agregaron tres anexos.
- Uno sobre la historia del hallazgo del primer cuento que escribieron Borges y Bioy juntos: no es que se creía perdido sino que Bioy Casares estaba convencido de que nunca lo habían terminado escribiendo, que solo habían hablado de su argumento.
- Otro sobre la disposición en la mesa para cada cena de los comensales.
- Y uno maravilloso que compila testimonios de decenas de personas que acudieron a esas cenas en la casa del matrimonio de Bioy y Silvina, en el que describen la comida y el ambiente de esas veladas.

En el Borges encontramos al mejor Bioy, al lector definitivo de Borges. Pero lee a la persona (y al escritor, en Borges entes indivisibles) y no solo sus textos. Lee al amigo, lo edita, lo mejora, elige los momentos a retratar y, también, los que prefiere guardarse.
“Come en casa Borges”. La frase es un mantra, o al menos resuena como uno. Nuestro mantra.
¿Qué hacen Bioy y Borges en esas sobremesas extensas? Piensan y mejoran tramas: propias, ajenas y mutuas. Citan versos, los crean, traducen con imaginación. Celebran una palabra, justa o inesperada. Hablan de actualidad, de las internas en la SADE, critican ferozmente a sus contemporáneos, hacen bromas, se ríen de estupideces. Ejercen una amistad.
En 1963, Bioy escribe que “no fue admiración por sus escritos lo que me atrajo, fue mi admiración por su pensamiento expresado en las conversaciones”. Acaso por eso registra cada una de sus cenas.
A Bioy le gustaban los textos que empezaban en medio de la acción. Y el Borges empieza in media res.
Se conocen en 1931 o 1932. Borges tenía 32 y Bioy 18. Pero la primera entrada del diario es de 1947, quince años después del primer encuentro.
“La leche cuajada limpia el organismo del hombre, adentro de él, ensancha su vida”. No parece una frase memorable, pero fue lo primero que escribieron en colaboración, el folleto para la Leche Cuajada La Martona, empresa de la familia de Bioy Casares; ese encuentro de una semana, muertos de frío en el campo de Pardo, terminó de forjar la amistad, el vínculo.
En la época del comienzo del Diario, Borges y Bioy habían estado preparando unas Summas, compilaciones de autores clásicos con vastas notas, para Emecé. Una de ellas fue la del Dr. Johnson. Uno no puede dejar de pensar, aun sin pruebas concretas, que ese trabajo fue lo que terminó de decidir a Bioy de registrar sus charlas con Borges, no dejar que esos días y esas conversaciones se perdieran. Si uno lee a Boswell va a darse cuenta muy rápidamente que es uno de los modelos ineludibles del Borges.
El Johnson de Boswell está muy presente en sus conversaciones.
Borges se pregunta: “¿Sabía Johnson que Boswell escribía sobre él?”. En un juego de espejos, Bioy cuando asienta la reflexión de su amigo en el diario, se pregunta lo mismo: “¿Sabrá Borges que escribo sobre él?”.
Bioy Casares anota el 24 de mayo de 1959: “Boswell resolvió el problema de mostrar manías, rasgos absurdos y hasta desagradables de Johnson y, al mismo tiempo, persuadirnos de que era un gran hombre, admirable y querible. Tal vez resolvió ese problema porque no se lo planteó”.
Acaso, lo más sorprendente del libro sea que la mejor reseña de él figure en sus propias páginas. No existirá jamás una descripción del Borges de Bioy más contundente, breve y certera.

Antes de que apareciera el diario, ya se sabía que habían sido amigos, conocíamos que el vínculo había sido duradero e intenso y que disfrutaban trabajando juntos. Pero no mucho más. El Borges nos sumerge en esa amistad, nos muestra lo cotidiano de esos encuentros. Estos diálogos que nos producen admiración, gracia o perplejidad, tuvieron a una testigo que no siempre pensaba lo mismo: Silvina Ocampo, que los veía reírse y decía que eran dos pavos. Y que decían estupideces. Eso los hacía reír más. Cada tanto Borges, usando uno de los apellidos del seudónimo que crearon juntos, le respondía: “Sobre Bustos no hay nada escrito, Silvina”.
Bioy desea diferenciarse de Borges, alejarse de él. Al menos desde lo literario. Lo quiere, disfruta comer y conversar con él, y después de la cena trabajar un rato o releer a sus autores favoritos. Es una búsqueda por ser distinto, por no convertirse en un mero adlátere, un actor secundario en la gran película borgeana.
En el Borges, Bioy un día anota amargamente: “La amistad con Borges me hunde, saca visibilidad a mis libros”.
En sus Memorias, publicadas en 1994, Bioy Casares escribió: “Espero no morirme sin haber escrito algo sobre Borges. Lo que podría hacer es solo contar cómo lo vi yo, cómo fue conmigo. Corregir algunos errores que se cometieron sobre él”. Lo que no sabía ese anciano Bioy, de lo que no se había dado cuenta, era que ya había escrito muchísimo de Borges, al menos dos mil páginas, miles de entradas de un diario que logró mostrarlo como nadie.
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Las del diario son las charlas entre un hombre de talento y un genio. Pero ese hombre de talento, Bioy, acaso mute en genio (categoría estrecha, exclusiva) cuando mira, retrata, registra a Borges.
El Borges, su gran diario, fue su venganza más que final, su venganza póstuma. Cuando anota que la amistad con Borges lo hunde, lo vuelve invisible, no sabe, todavía, que esa relación, y el registro de esa amistad, es la que le brindará la inmortalidad.
