Publicado: septiembre 25, 2026, 10:05 pm
Sobre las mesas hay cables, pequeñas computadoras y piezas de cartón, plástico y madera. A pocos metros, un cohete de casi un metro anticipa lo que ocurrirá dentro de algunas semanas. El 23 de octubre, los estudiantes que hoy trabajan en un aula porteña intentarán que los vehículos que construyeron alcancen unos 150 metros de altura. No serán simples maquetas. En su interior llevarán una pequeña computadora programada por ellos mismos que registrará presión, inclinación y aceleración durante el vuelo para que, una vez de regreso en tierra, puedan comparar esos datos con sus cálculos.

De la experiencia participan 50 alumnos de 14 escuelas públicas y privadas de la ciudad de Buenos Aires. El programa forma parte de Vinculación con el Futuro, del Ministerio de Educación porteño, y fue desarrollado junto con Space Academy Camp, Space Education Foundation y la Escuela de Modelismo Espacial Cóndor AEME.
A diferencia de las tradicionales prácticas profesionalizantes de las escuelas técnicas, aquí participan estudiantes de escuelas medias, normales y de gestión privada. “Es una práctica dentro de Vinculación con el Futuro, un formato obligatorio dentro de su jornada escolar, donde tienen que salir de la escuela para encontrarse con algún sector de la industria, en este caso el aeroespacial, y tener un acercamiento al mundo laboral y académico”, explica Paz Amieva, coordinadora del programa.
Según explica Daniel Senatore, director general de Space Academy Camp, la organización desarrolla desde hace más de una década programas educativos para jóvenes, principalmente en el exterior y con experiencias vinculadas con la NASA. Cuando surgió el contacto con el Ministerio de Educación de la Ciudad, apareció la posibilidad de pensar una versión local. “Si bien hacemos casi todo en el exterior, nos pusimos a pensar qué podíamos hacer localmente”, cuenta. El resultado fue un recorrido que lleva a los estudiantes desde el armado de un cohete hasta el diseño de un hábitat espacial.

Los chicos recibieron un kit, pero el cohete no estaba armado. Debieron ensamblar sus componentes y utilizar OpenRocket, un programa de simulación con el que pueden analizar cómo se comportará antes de lanzarlo. “Tienen que determinar el punto de equilibrio del cohete. No es lo mismo que yo pegue esto acá o un poquito más abajo”, explica Senatore. Las aletas son de madera y otras partes combinan cartón y plástico; el motor, en cambio, es un componente comercial que ya viene preparado. En pocas clases, el objetivo es que comprendan por qué cada pieza ocupa determinado lugar y cómo esas decisiones influyen en la estabilidad durante el vuelo.
Carga útil
Pero conseguir que el cohete despegue es apenas una parte del proyecto. Ahora trabajan en la carga útil: un CanSat, una computadora pequeña que reproduce a escala algunas funciones de un satélite. Senatore cuenta que en experiencias escolares suele colocarse como carga un huevo, que debe sobrevivir al lanzamiento y al descenso.
“Le dijimos: vamos un paso más para que los chicos también empiecen con el tema de tecnología”, señala. Así apareció el CanSat. “Mientras el cohete despega, va a empezar a darles señales de presión, ángulos de inclinación, aceleración, parámetros, datos que ellos calcularon”, agrega. Luego, el dispositivo descenderá con un paracaídas y los estudiantes podrán recuperar la información y evaluar qué ocurrió realmente durante el vuelo.

Los 50 alumnos fueron distribuidos en cinco equipos de 10 integrantes, pero deliberadamente no quedaron agrupados por colegio. Hay estudiantes con orientaciones en ciencias naturales, comunicación, administración y exactas, entre otras. “Los chicos venían acá con la idea de decir: ‘Yo vengo con mi grupo de escuela’. No, rompimos todos los esquemas”, dice Senatore. La intención fue combinar perfiles y conocimientos siguiendo una metodología STEAM, que integra ciencia, tecnología, ingeniería, artes y matemática. “Somos partidarios de ser mucho hands on, de aprender haciendo. Sí hay un ámbito teórico, pero buscamos poner a los chicos en el switch de curioso”, sostiene.
Desde el Ministerio de Educación explican que cada actividad se formaliza mediante un acuerdo pedagógico que establece previamente qué contenidos se trabajarán y cómo se vinculan con el diseño curricular. “La experiencia que los chicos están haciendo ahora es en horario escolar y los contenidos siempre están dentro de la currícula”, dice Amieva.
Uno de los objetivos es también ampliar el abanico de áreas que los estudiantes pueden conocer antes de terminar el secundario. “Tenemos mucho de industria tecnológica, empresas o turismo, pero esta no. No teníamos muchas organizaciones con las cuales trabajar en la Argentina y fue una buena oportunidad de poder tener esta oferta”, agrega. Aproximadamente entre el 70% y el 80% de los participantes provienen de escuelas públicas.

Entre los estudiantes hay quienes llegaron con una vocación bastante definida. Vicente Servetto, por ejemplo, cuenta que sigue desde hace años la actividad espacial y quiere estudiar Ingeniería Mecánica con la intención de orientarse hacia ese sector.
Otra participante, Marycarmen Arias, recuerda que su interés comenzó cuando conoció qué era una nebulosa: “Eso fue como una explosión para mí”. A partir de entonces empezó a investigar por su cuenta y se interesó por instrumentos como el telescopio Hubble y por la posibilidad de desarrollar tecnologías que permitan ampliar el conocimiento del universo.
Sin lugar a dudas, esos 50 cupos fueron muy disputados, en el marco de un resurgimiento por el interés espacial. “Para mi colegio hubo solo un cupo e insistí un montón para que me lo den y poder participar”, describe la estudiante Catalina Spadotto.
Todavía les queda una última etapa antes del lanzamiento. Los equipos deberán diseñar un hábitat y pensar qué condiciones necesitaría una persona para vivir fuera de la Tierra. “El cohete es el vehículo para ir al espacio. Pero vos allá tenés que vivir”, resume Senatore. El proyecto, explica, no busca quedarse únicamente con la parte más espectacular del despegue, sino avanzar hacia la pregunta siguiente: qué ocurre cuando se llega a destino y cómo debería ser un espacio habitable para seres humanos.
La respuesta final llegará el 23 de octubre. Ese día los equipos irán a un campo habilitado para realizar los lanzamientos y podrán comprobar si aquello que durante semanas ensamblaron, programaron y simularon funciona fuera del aula. Los cohetes deberían alcanzar unos 150 metros; después, el paracaídas permitirá recuperar el CanSat y sus mediciones. Será el momento de contrastar lo calculado con lo que efectivamente ocurrió en el aire y completar, a escala escolar, el recorrido de una misión aeroespacial.
