Publicado: mayo 22, 2026, 4:00 pm
La cena no solo marca el final del día: también puede condicionar cómo dormimos y hasta lo que elegimos desayunar a la mañana siguiente. Esa es la principal conclusión de una investigación liderada por la Universidad de Granada y publicada en la revista científica European Journal of Nutrition. El estudio plantea una idea interesante: la relación entre alimentación y sueño funciona en ambos sentidos. No solo determinados alimentos influyen en la calidad del descanso, sino que dormir mal también afecta las decisiones alimentarias del día siguiente. Los investigadores resumen esta conexión señalando que «la última comida del día influye en el sueño, y este influye en el desayuno de la mañana siguiente».
Para llegar a estas conclusiones, los científicos siguieron durante dos semanas a hombres y mujeres con obesidad en condiciones de vida cotidiana. Durante 14 días registraron qué cenaban y desayunaban los participantes y analizaron su sueño mediante acelerómetros y monitores especializados. A diferencia de otros estudios realizados en laboratorio, esta investigación buscaba observar hábitos reales, donde intervienen factores como el estrés, las rutinas laborales o los horarios irregulares.
Para cenar, mejor no optar por grasas ni carnes rojas
Uno de los hallazgos más destacados fue que ciertos tipos de cenas se relacionaban con peor calidad del sueño. Las comidas con mayor cantidad de grasas, alcohol, proteínas, colesterol, carne roja o fritos se asociaron con un descanso más deficiente. Por el contrario, las cenas con hidratos de carbono, pescado azul y aceite de oliva parecían favorecer un sueño más reparador.
Aunque los investigadores aclaran que se trata de un estudio observacional y que no puede establecerse una relación causal absoluta, los resultados refuerzan la idea de que la alimentación nocturna influye directamente en el organismo durante las horas de descanso. No se trata únicamente de cuánto se come, sino también del tipo de alimentos elegidos antes de dormir.
La relación entre sueño y alimentación funciona en ambas direcciones
La investigación también mostró el efecto contrario: dormir mal altera la manera en que nos alimentamos al día siguiente. Las personas con sueño más fragmentado tendían a consumir más azúcar y menos fibra en el desayuno, mientras que quienes descansaban más horas mostraban patrones alimentarios más saludables por la mañana. Además, despertarse tarde se relacionaba con un desayuno más calórico. Estos resultados ayudan a entender por qué sueño y alimentación forman un círculo difícil de separar. Cuando una persona descansa mal, aumenta el cansancio, disminuye la energía y suelen aparecer antojos de alimentos más azucarados o ultraprocesados. A su vez, una dieta desequilibrada, especialmente por la noche, puede dificultar aún más el descanso.
La preocupación por la calidad del sueño no es menor. En los últimos años, especialistas han advertido del aumento de problemas relacionados con el insomnio y el descanso insuficiente. La neurofisióloga Ana Teijeira señalaba recientemente que «cada vez vemos más incidencia de insomnio en nuestra sociedad», asociándolo al estrés, las pantallas y los cambios en los hábitos cotidianos. Además, expertos recuerdan que no solo importa dormir muchas horas, sino hacerlo de manera continua y reparadora. La psicóloga Silvia Mérida advertía que “el problema no está en la duración del sueño, sino en su continuidad”, ya que los microdespertares nocturnos afectan la recuperación física y mental.
Los enemigos de dormir bien por la noche
En ese contexto, la alimentación aparece como un factor más dentro de un conjunto de hábitos que pueden mejorar o empeorar el descanso. Comer tarde, abusar de comidas pesadas o consumir alcohol antes de dormir son prácticas frecuentes que pueden alterar los ritmos biológicos del cuerpo. Incluso especialistas en salud cardiovascular recomiendan evitar cenas abundantes pocas horas antes de acostarse para facilitar la recuperación del organismo durante la noche.
El estudio de la Universidad de Granada aporta, por tanto, una mirada más amplia sobre la relación entre nutrición y sueño. Más allá de las dietas o las calorías, los investigadores defienden que pequeños cambios cotidianos -como mejorar la composición de la cena o mantener horarios más regulares– podrían tener efectos positivos tanto en el descanso como en la alimentación del día siguiente.
En definitiva, dormir bien y comer bien parecen formar parte del mismo equilibrio. La calidad de la cena puede influir en cómo descansamos, y el descanso condiciona después nuestras elecciones alimentarias. Entender esta conexión ayuda a explicar por qué el bienestar no depende de un único hábito aislado, sino de cómo interactúan entre sí las rutinas diarias.
