Publicado: noviembre 30, 2025, 4:00 pm
Todos la hemos pronunciado en algún momento, porque se ha convertido en una palabra que sirve para todo, incluso aunque no sepamos exactamente a qué queremos referirnos. En una sociedad en la que abundan las etiquetas, decir que algo o alguien es ‘tóxico’ está a la orden del día. Desde el punto de vista de la salud mental, quizá sea demasiado genérico y esté carente de sentido.
«La palabra ‘tóxico’ se ha convertido en el comodín emocional de nuestra época». La psicóloga y antropóloga Cristina Barahona, opina esto, y añade «sirve para todo: para describir una relación complicada, para evitar una conversación incómoda o para justificar un portazo sin revisar qué ha pasado realmente. Y sí, al final es otra etiqueta más, y como todas las etiquetas, simplifica lo que necesita matices». Hablamos con ella para analizar su significado.
«La palabra ‘tóxico’ ha perdido precisión, la usamos como si fuera un diagnóstico»
Como comienza explicando la psicóloga, «la palabra ‘tóxico’ ha perdido precisión. La usamos como si fuera un diagnóstico, cuando en realidad solo describe una sensación: algo me duele, algo no encaja, algo me desregula. Pero en vez de mirar qué lo está causando —incoherencias, falta de responsabilidad afectiva, miedo, heridas, dinámicas aprendidas, apego inseguro— metemos todo en el mismo saco y lo llamamos tóxico. Y eso nos da alivio rápido, pero cero claridad.»
Pero esta simplificación también borra el análisis de la conducta. Porque «no es lo mismo una persona con patrones evitativos, que alguien que te manipula deliberadamente, que una relación donde ambos están repitiendo heridas, que un vínculo que se está muriendo por falta de comunicación, que alguien que simplemente no es compatible contigo…»
Si a todo le llamamos ‘tóxico’ «se nos escapa aquello que nos permite ver qué se puede reparar, qué se puede hablar y qué no debería continuar. Reconocer que algo nos duele es fácil; mirar nuestra parte del patrón no lo es tanto. Cuando todo es ‘tóxico’, no hay responsabilidad, solo culpables. Y así no se aprende, no se sana y no se cambia nada. En mi caso prefiero hablar de dinámicas, patrones y conductas, no de personas tóxicas. La etiqueta ‘tóxico’ no explica nada, señala el dolor, pero no el origen».
«Los patrones defensivos nos protegen emocionalmente»
En otro orden de cosas, la experta se detiene en algo que considera importante: los patrones defensivos. «Se trata de formas automáticas de reaccionar que aprendemos para protegernos emocionalmente. Muchos vienen de atrás —de cómo tuvimos que adaptarnos en la infancia o en vínculos importantes—. Pero los patrones no solo se crean en el pasado, también se crean dentro de la relación presente».
Cuando en un vínculo actual hay confusión, ambigüedad, invalidación o inestabilidad, el cuerpo hace lo que le toca hacer: defenderse como puede o sabe. «Es decir, el patrón no es un fósil del pasado; es una respuesta viva al contexto. Si en una relación actual recibes señales contradictorias, promesas que no se sostienen, cambios bruscos o silencios que duelen, tu sistema nervioso aprende en tiempo real: ‘así es como se sobrevive aquí'».
Los patrones defensivos no son defectos ni ‘manías’, «son soluciones emocionales creadas en contextos donde necesitabas adaptarte para no quedarte solo, para evitar el conflicto o para sostener algo que te importaba. Cambian cuando cambia el contexto, cuando cambia la narrativa y cuando cambias tú», dice Barahona.
Comprender y establecer límites, un trabajo ‘fino’
La psicóloga habla en su libro del juicio… y cuando le preguntamos por ello, no explica que «juzgar es lo que sale solo: es rápido, barato y no requiere pensar. Comprender y poner límites, en cambio, son trabajos más finos: requieren pausa, conciencia y responsabilidad afectiva».
En este contexto, «no tenemos que eliminar el juicio —eso es imposible, el cerebro juzga por defecto— sino ponerlo al final en vez de al principio. Cuando juzgas primero, actúas desde el miedo, desde el ego o desde la herida. Cuando comprendes primero, no justificas nada: simplemente entiendes de dónde viene lo que está pasando, y eso cambia por completo la forma en la que decides qué hacer después».
Y añade: «Comprender primero te da claridad; poner límites después te da dirección; juzgar al final (la conducta, no a la persona) te da criterio. Si inviertes el orden, reaccionas. Si lo respetas, eliges».
«Cuando entiendes de dónde vienen tus defensas, dejas de atacarte»
Para finalizar, la experta habla de la importancia del autoconocimiento, «que es clave porque es el terreno sobre el que vamos a construir todo lo demás. Si no sabes quién eres, qué necesitas y qué te dispara, acabas tomando decisiones desde la herida, no desde la conciencia. Y cuando construyes desde la herida, todo lo que levantas después –relaciones, límites, expectativas, incluso tus proyectos– se tambalea a la mínima».
En contra de lo que muchos ciudadanos pudieran pensar, «el autoconocimiento no es mirarte al espejo y recitar afirmaciones bonitas, es entender qué patrones repites y por qué, qué emoción te secuestra, qué historia llevas en el cuerpo, qué te hace reaccionar y qué te hace sentir segura. Porque si no sabes eso, vas por la vida apagando fuegos sin saber quién los enciende».
Todo esto es importante «porque te permite dejar de culparte por lo que en realidad son respuestas automáticas. Cuando entiendes de dónde vienen tus defensas, dejas de atacarte y empiezas a tener margen para elegir. Y ese margen es libertad emocional pura: te permite hacer distinto lo que llevas años repitiendo sin querer. Además, sin autoconocimiento no hay límites. Ponemos los límites cuando sabemos qué nos duele, qué nos nutre y qué ya no queremos sostener. Sin esa información, los límites no son límites: son impulsos, castigos o muros. Y los muros no construyen relaciones, las enfrían»
