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Alegrarse de las desgracias ajenas o 'schadenfreude': cuando el mal ajeno nos hace sentir mejor

Publicado: julio 13, 2026, 11:27 am

Ver cómo a un compañero le sale mal una presentación después de presumir durante semanas, comprobar que quien se coló en una fila acaba perdiendo el tren o sentir un pequeño alivio cuando descubrimos que no somos los únicos a los que se ha llevado el coche la grúa. Aunque resulte incómodo reconocerlo, casi todo el mundo ha experimentado alguna vez una fugaz satisfacción ante la desgracia de otra persona. La psicología tiene incluso un nombre para este fenómeno: ‘schadenfreude’, un término alemán que significa, literalmente, «alegría por el daño ajeno«.

La psicóloga de Mundopsicólogos Encarni Muñoz explica que se trata de una reacción mucho más frecuente de lo que solemos admitir y que no implica necesariamente maldad. «Muchas veces la gente se suele alegrar de lo negativo que le sucede a los demás», señala. De hecho, relaciona este fenómeno con el conocido refrán «mal de muchos, consuelo de tontos«, ya que comprobar que otros atraviesan una situación similar puede proporcionar un alivio momentáneo.

Muñoz ilustra esta idea con un ejemplo cotidiano: recibir una multa de la grúa. La sanción sigue siendo la misma, pero descubrir que otras personas también han pasado por esa situación hace que el malestar disminuya ligeramente. «Por lo menos no soy el único», resume ese pensamiento casi automático que aparece en muchas ocasiones.

La especialista reconoce incluso haber experimentado ella misma esta sensación cuando, durante un viaje, vio que cancelaban el vuelo de otros pasajeros antes que el suyo. «No me alegré por su desgracia, pero me alegré de que la ruleta no hubiera girado hacia mi suerte y sí hacia otros«, explica. Más tarde, cuando también cancelaron su vuelo, volvió a experimentar un sentimiento parecido al descubrir que el hotel donde la habían alojado era mejor que el de otros viajeros. «Es una sensación contradictoria porque a la vez me dio pena que no tuvieran la misma suerte que yo, pero me alegré de ser afortunada en este caso».

La comparación y la autoestima

¿Por qué ocurre? Según Muñoz, el cerebro responde químicamente a estas situaciones. «Cuando experimentamos esta sensación, nuestro cerebro segrega dopamina, una hormona de la felicidad». Por eso, aunque racionalmente sintamos compasión por quien está sufriendo, «una parte de nosotros se alegra y se siente aliviada de forma química».

Sin embargo, ese alivio suele decir más sobre quien lo experimenta que sobre la persona afectada. La psicóloga relaciona elschadenfreude’ con la comparación social y, en algunos casos, con una autoestima frágil. «Cuanta más empatía experimentas hacia los demás y más seguro estás de ti mismo, más baja es la sensación deschadenfreude'». En cambio, cuando alguien atraviesa un momento de inseguridad o siente que las cosas no le salen bien, comprobar que otros también fracasan puede convertirse en una forma de proteger momentáneamente la autoestima.

La competitividad también desempeña un papel importante. «Cuanto más competitivos somos, más nos alegramos por el mal ajeno. Si somos poco competitivos no tenemos tanto esta necesidad”. Para Muñoz, la diferencia está en dónde ponemos el foco: «Si el foco lo tienes puesto en ti y no en los demás, la tendencia es a experimentar menosschadenfreude’; la competición será contigo mismo y no contra los demás«.

Otra explicación aparece cuando interpretamos que la desgracia de otra persona restablece un cierto equilibrio moral. «En otras ocasiones elschadenfreude’ se produce por una sensación de justicia divina: ‘si yo no lo puedo tener, que se jodan los demás'». Esa percepción suele estar estrechamente ligada a la envidia y al sentimiento de injusticia cuando creemos que otros han conseguido algo que nosotros deseábamos.

¿Se puede evitar?

La buena noticia es que este impulso inicial no tiene por qué convertirse en una actitud permanente. Muñoz explica que «la sensación inicial de alivio y/o alegría es difícil evitarla porque es una respuesta química del cerebro». Sin embargo, sí podemos impedir que ese sentimiento se prolongue. La clave pasa por entrenar la empatía. «Es fundamental ponerse en el punto de vista de los demás». La psicóloga propone hacerse preguntas sencillas: «¿Cómo te sentirías tú en su lugar? ¿Cómo te sentirías si los demás se alegraran de lo malo que te sucede?».

Además, recomienda dejar de compararse constantemente con quienes nos rodean y centrar la atención en el propio desarrollo personal. «Deja de fijarte en lo que le pasa al vecino y fíjate en tus objetivos, tus metas y tus vivencias personales. Trabaja para mejorar tu situación en lugar de consolarte con el mal de los demás». En definitiva, sentir una satisfacción pasajera ante la desgracia ajena puede ser una reacción humana y relativamente común, pero la diferencia está en qué hacemos después. Como concluye Encarni Muñoz, la mejor manera de reducir este fenómeno consiste en fortalecer la autoestima, cultivar la empatía y recordar otro viejo refrán: «No te alegres del mal del vecino, que el tuyo viene de camino».

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