Publicado: abril 22, 2026, 3:00 am
España es un país tan extraordinario que ha conseguido convertir un trámite administrativo en una experiencia metafísica. Ahora, resulta que medio millón de inmigrantes pretenden formalizar su existencia legal en España. Qué atrevimiento. La última muestra de este ingenio legislativo es la llamada “regularización por vulnerabilidad”. Una idea que, sobre el papel, suena compasiva, pero que en la práctica plantea preguntas incómodas. ¿Desde cuándo la pobreza, por sí sola, se convierte en criterio administrativo suficiente para regularizar? Y más importante aún: ¿Qué planificación se ha elaborado para sostener esa decisión?
Cuando el sistema se basa más en declaraciones que en verificaciones, no hace falta ser especialmente cínico para prever lo que ocurre después. El problema de fondo no es la regularización en sí —que puede ser una herramienta útil si está bien diseñada— sino el contexto en el que se aplica. Si se amplía el número de personas con derecho a prestaciones sin reforzar los recursos públicos, el resultado no es más justicia, sino más tensión. Más competencia por servicios ya saturados. Más frustración entre quienes llevan años dentro del sistema y sienten que todo se reparte peor.
Y ahí es donde la política falla de verdad: no en la intención declarada, sino en la ejecución. Porque mientras se multiplican los beneficiarios potenciales, no se multiplican los médicos, ni los profesores, ni las infraestructuras. Y entonces ocurre lo inevitable: la sanidad se ralentiza, la educación se sobrecarga y la pobreza no desaparece, simplemente se reparte entre más gente. Eso sí, el discurso oficial sigue siendo impecable. Solidario. Intachable. Casi heroico. Pero solo de palabra.
La realidad, en cambio, es más prosaica: una sociedad donde quien puede se protege por su cuenta, y quien no puede, espera. Y espera mucho. Aunque el problema no es tanto la inmigración como la imaginación política. Hay quien insiste en reducirlo todo a un eslogan de brocha gorda al estilo del “American first”, de Donald Trump. Una frase tan simple que da pudor repetirla: “España para los españoles”. Sobre todo cuando la realidad, tozuda, demuestra que lo español hace tiempo que dejó de ser una categoría cerrada. La identidad no se defiende encogiéndola, sino ampliándola.
También es habitual ofrecer la tesis de siempre: si algo va mal, la culpa es de los otros. Reduce la historia a una narrativa clara donde los buenos y los malos están más o menos definidos. Y, sobre todo, ofrece un culpable listo para usar: el extranjero, el inmigrante, el diferente. Porque al final, detrás de tanta teoría grandilocuente, la pregunta es bastante más simple: ¿la nacionalización de inmigrantes es una amenaza o una oportunidad?
Si uno escucha a los profetas del declive, parece el preludio del colapso. Si uno mira la historia con menos dramatismo, ve algo distinto: sociedades que siempre han cambiado, mezclado y evolucionado, a menudo a pesar de los agoreros de turno. La ironía es difícil de ignorar. Civilizaciones que se definen por su dinamismo, su creatividad y su capacidad de adaptación… temen precisamente aquello que las ha hecho prosperar.
Quizá el verdadero peligro no sea la mezcla, sino la obsesión por evitarla. Porque cuando una sociedad empieza a definirse más por lo que excluye que por lo que construye, el problema ya no viene de fuera. Y ese sí que es un síntoma clásico de decadencia, aunque —como siempre— nadie quiera reconocerlo a tiempo.
España, en el fondo, siempre ha sido un país de idas y venidas. Quizá por eso debería entender mejor que nadie que emigrar no es una estrategia política, sino una necesidad social y existencial. Y que acoger —bien, con orden, con inteligencia— no es una amenaza, sino una inversión para el presente y el futuro.
