Publicado: enero 6, 2026, 5:00 am
La sensación es engañosa. Tras dos años en los que la liquidez volvió a pagar, la renta fija dejó de ser un castigo y los perfiles conservadores recuperaron algo tan básico como la visibilidad, muchos inversores afrontan 2026 con la impresión de que lo peor ya ha pasado. Sin embargo, los primeros compases del nuevo año y los mensajes que llegan desde bancos de inversión y gestoras dibujan un escenario más matizado: no un año malo, pero sí uno más exigente para quien busca rentabilidad sin sobresaltos.
Listón en el 2,5%
Durante 2025, los instrumentos más utilizados por el ahorrador conservador como letras del Tesoro, fondos monetarios y renta fija a corto plazo se movieron en rangos de rentabilidad próximos al 2%–2,5%, en función del vehículo y del momento del año. Fue un entorno inusualmente favorable para perfiles prudentes si se compara con la década anterior, marcada por tipos cercanos a cero o negativos y retornos reales claramente negativos.
El punto de inflexión llega ahora. A finales de 2025 y en el arranque de 2026, el bono español a 10 años volvió a situarse por encima del 3,3%, niveles no vistos desde comienzos de diciembre. Este movimiento resulta especialmente relevante porque el diez años actúa como referencia central del mercado doméstico de renta fija. A partir de ese nivel se revalorizan los activos a corto plazo, se ajustan los diferenciales de crédito y se vuelve a cuestionar la conveniencia de alargar vencimientos para obtener unas décimas adicionales.
El comportamiento del diez años español se produce en un contexto de caídas generalizadas en los precios de la deuda europea a comienzos de ejercicio. El bund alemán, aunque con un repunte más contenido, se aproxima a niveles próximos al 2,9%, mientras que los bonos de países periféricos como Italia y Francia se mueven por encima del 3,5%. Este diferencial vuelve a situar el foco en las primas de riesgo y en la sostenibilidad fiscal dentro de la eurozona.
En el extremo corto de la curva, el ajuste ha sido más gradual. Las letras del Tesoro a doce meses han estabilizado su rentabilidad ligeramente por encima del 2%, después de varios meses de descensos muy moderados. Al mismo tiempo, el euríbor a doce meses pasó de marcar mínimos en el entorno del 2,07% durante el verano a cerrar diciembre cerca del 2,27%, reflejando que el mercado ha suavizado sus expectativas de recortes rápidos y continuados por parte del Banco Central Europeo (BCE).
Este entorno encaja con el diagnóstico de Goldman Sachs, que en su previsión de renta fija para 2026 señala que una parte significativa del ajuste favorable de tipos ya está incorporada en los tramos cortos de la curva. El banco subraya que el escenario base sigue siendo constructivo para los activos defensivos, pero con menor viento de cola que en 2024 y 2025, lo que reduce el margen para obtener rentabilidad adicional sin asumir más riesgo.
Una visión similar aparece en los escenarios centrales de Deutsche Bank. El banco alemán anticipa una prolongación moderada de la flexibilización monetaria en Estados Unidos y Europa con la excepción de Japón, en un entorno de inflación más contenida. Este marco permitiría cierta relajación adicional de las rentabilidades, aunque de forma desigual según geografías y plazos, incrementando la importancia de la selección y de la combinación entre liquidez, duración y calidad crediticia.
Rentabilidades insuficientes frente a la inflación
La inflación continúa siendo el principal factor de fricción. En España, el IPC cerró 2025 en torno al 2,9%, claramente por encima del objetivo del BCE. Para 2026, las previsiones apuntan a niveles más próximos al 2%, apoyadas en el exceso de oferta en el mercado de crudo identificado por la Agencia Internacional de la Energía, la posible normalización parcial de flujos energéticos si se reducen las sanciones a Rusia y las mejoras de productividad asociadas a la implantación de tecnologías basadas en inteligencia artificial. Aun así, con activos conservadores ofreciendo retornos nominales cercanos al 2,5%–3%, el margen real sigue siendo reducido.
Morningstar sintetiza este escenario señalando que la renta fija conservadora en 2026 debería ofrecer rentabilidades positivas, pero con dificultad para generar retornos reales elevados sin aumentar el nivel de riesgo. Una lectura que coincide con el consenso expresado en encuentros de gestores a finales de 2025, donde se insistió en que el nuevo ejercicio exigirá mayor control incluso en los segmentos más defensivos.
Desde la óptica de la gestión patrimonial, Mar Barrero, directora de análisis de Arquia Banca, subraya que el principal ajuste de cara a 2026 no pasa por abandonar instrumentos como las letras o los monetarios, sino por evitar una concentración excesiva en un único tipo de activo. Tras un ejercicio en el que distintos mercados se fueron alternando el liderazgo, la prioridad vuelve a ser equilibrar pesos entre renta variable europea y estadounidense y, en renta fija, diversificar sin alargar duraciones de forma significativa. El objetivo del bloque defensivo, recuerda, sigue siendo preservar capital y aportar estabilidad.
Esa aproximación coincide con la de Nacho Zarza, analista de Auriga Bonos. Para Zarza, el comportamiento del bono español a 10 años y la estabilización de las letras reflejan un entorno todavía condicionado por factores externos difíciles de anticipar, como las tensiones geopolíticas o la evolución de las políticas fiscales en las principales economías. En este contexto, mantiene su preferencia por activos de alta calidad, con vencimientos cortos o medios, que permitan absorber episodios de volatilidad sin comprometer la liquidez de la cartera.
Zarza advierte además de que los principales riesgos para la renta fija en 2026 no proceden necesariamente de escenarios ampliamente descontados, sino de eventos inesperados, como resoluciones abruptas de conflictos geopolíticos o un repunte imprevisto de las expectativas de inflación, con impacto tanto en el tramo largo como en el corto de la curva.
