Publicado: abril 1, 2026, 3:00 am
Hubo un tiempo no muy lejano en que viajar era una forma de descanso. Hoy, en cambio, parece más bien un ejercicio de análisis internacional con maleta de ruedas incluida. El turista contemporáneo, convertido por exigencias de la realidad en turista accidental, ya no elige su destino por las playas o museos apetecidos, sino por su índice de estabilidad política, su nivel de tensión diplomática y, si acaso, por la probabilidad de que su vuelo no sea desviado por «circunstancias excepcionales».
La geopolítica lleva ya tiempo afectando al turismo. Y eso que hoy en día hay más ganas de moverse que nunca; los viajes internacionales superaron los 1.500 millones de pernoctaciones el año pasado, según un cálculo de Naciones Unidas, por encima del máximo anterior a la pandemia de 2019. Sin embargo, en la intrincada economía de las vacaciones, también hay más margen para las perturbaciones políticas, tanto intencionadas como accidentales. El turismo es un microcosmos de la pugna entre la globalización y el proteccionismo. Mucha más gente quiere viajar, pero se enfrenta a obstáculos cada vez más numerosos: conflictos, sanciones, restricciones de visados, desvíos de vuelos, etc.
Los líderes mundiales han decidido ampliar su radio de acción: ya no se conforman con complicar la vida de los ciudadanos en sus propios países, ahora se aseguran de arruinar también sus vacaciones. Sin duda alguna, son las guerras las que provocan las convulsiones más agudas. Después de que Estados Unidos e Israel atacaran Irán se cancelaron miles de vuelos y decenas de miles de turistas se quedaron atrapados en territorios amenazados y lejos de sus casas. Según el Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC), Oriente Próximo está perdiendo al menos 600 millones de dólares al día en gasto de visitantes.
«Siempre hemos sabido que el mundo nunca ha sido un lugar del todo estable, solo que ahora nos lo notifican en tiempo real»
La industria turística, siempre creativa, intenta adaptarse a las circunstancias. Para ello ofrecen ofertas irresistibles para destinos que, casualmente, acaban de salir de alguna crisis -o están a punto de entrar en otra-. «Aproveche ahora, mejores ofertas», dicen, como si la inestabilidad fuera una temporada más, comparable al verano o al invierno. Bien mirado, no es mala idea: si existe el turismo de aventura, ¿por qué no instituir el turismo geopolítico?
A pesar de todos los obstáculos y molestias, la gente quiere viajar. Aunque hay zonas, como el caso de Estados Unidos, que con la llegada de Donald Trump se han convertido en un lugar menos apetecible. Una encuesta realizada a viajeros de todo el mundo por la empresa Future Partners, reveló que la proporción de quienes no se sienten bienvenidos en dicho país se ha duplicado con creces en un año; la negativa rotunda a visitar Estados Unidos casi se ha triplicado.
«El turismo es un microcosmos de la pugna entre la globalización y el proteccionismo»
España ya supera con creces el número de turistas que la visitan, respecto al país que gobierna Donald Trump y que está a punto de quedar incluso por detrás de China como destino global. Francia ocupa el primer puesto en el ranking, España el segundo y EEUU el tercero, por ahora. La tensión en Oriente Próximo afecta al turismo de países como Turquía o Chipre; mientras que el conflicto entre Rusia y Ucrania incide en el turismo de Europa del Este, cuyos vuelos deben realizar rutas alternativas.
Entre su pulsión nómada y su gran curiosidad, el ser humano sigue viajando aunque se lo pongan más difícil. Tal vez porque necesita escapar, aunque sea hacia un lugar donde las tensiones sean distintas. O quizá porque, en el fondo, siempre hemos sabido que el mundo nunca ha sido un lugar del todo estable, solo que ahora nos lo notifican en tiempo real, minuto a minuto, en cada informativo o en cualquier móvil bien conectado.
