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Meloni tampoco soporta las ocurrencias de Trump

Publicado: julio 1, 2026, 3:00 am

A estas alturas de la vida, todo el mundo tiene claro que el presidente de Estados Unidos está más cerca de ser un patán que de ser un maravilloso y amable líder mundial. Giorgia Meloni, guiada por las circunstancias y exigencias de la vida política, acabó simpatizando con el rústico Donald Trump. Durante un tiempo, la primera ministra italiana fue su interlocutora privilegiada y la única líder de la Unión Europea que viajó a Washington para su toma de posesión en 2025.

Pero he aquí, que los «amores» con hombres tóxicos como Trump acaban deteriorando todo tipo de relación. Meloni ha soltado amarras y tras un digno ‘vete, olvídame y pega la vuelta’ ha decidido sacar a pasear su orgullo y el de su país, al que ha considerado también agraviado, y distanciarse del presidente norteamericano. El malestar se inició después de que Trump ofendiese gratuitamente a Meloni asegurando que ella le había suplicado hacerse una foto con él en el último G-7, y él lo había aceptado porque le «dio pena».

Aparentemente, podría parecer una boutade más de las que suele ofrecer Trump a sus amigos y enemigos. Sin embargo, el desaire revela un desencuentro más profundo por parte de él, ya que la primera ministra italiana criticó públicamente la guerra emprendida por EEUU contra Irán, y ella ha comprobado cómo la proximidad con Trump se convertía en un veneno electoral difícil de contrarrestar. Meloni ha visto que las amistades peligrosas le podían pasar una factura demasiado cara. Trump no cultiva aliados, más bien colecciona súbditos.

«Meloni acaba de descubrir que ser ideológicamente próxima al presidente de Estados Unidos no garantiza un trato de favor»

Meloni creyó haber encontrado en Donald Trump algo más que un socio; casi un compañero de viaje en esa nueva derecha occidental que habla de soberanía, identidad y patriotismo con el mismo entusiasmo con el que otros hablan del cambio climático. Pero ha bastado un puñado de decisiones y comportamientos de Washington para que la primera ministra italiana descubra que está, al menos en esta cuestión, más cerca de lo que piensa Pedro Sánchez, que de las ideas de Mark Rutte, secretario general de la OTAN, y todo un entusiasta del trumpismo.

Italia, que había apostado por convertirse en el interlocutor privilegiado de la administración estadounidense, ha comprobado que en la Casa Blanca no existen amigos preferentes, sino países útiles. Y la utilidad, como las bolsas, cotiza cada mañana de forma distinta.

Eso no significa que estemos ante un divorcio político en toda regla. Meloni es demasiado pragmática para permitirse el lujo de un resentimiento total, y Trump demasiado empresario e interesado para cerrar una puerta que puede volver a necesitar mañana. Italia continúa siendo pieza clave en el Mediterráneo, mientras Roma sabe perfectamente que ningún gobierno europeo puede permitirse un choque frontal con Washington. Ni siquiera España, por muchas razones de testosterona que haya por medio.

Habrá sonrisas algo más tensas, apretones de manos menos efusivos y comunicados cuidadosamente redactados, pero la relación seguirá adelante porque la geografía pesa bastante más que los estados de ánimo. Quizá la enseñanza sea otra. Europa sigue empeñada en creer que la afinidad ideológica genera alianzas automáticas, mientras Trump insiste en recordar que la política internacional no funciona con simpatías, sino con balances.

Lord Palmerston recordaba que las naciones no tienen amigos eternos, sino intereses eternos. Trump ha actualizado la frase para el siglo XXI: tampoco tiene aliados permanentes; tiene facturas pendientes. Y Meloni acaba de descubrir, probablemente con cierta decepción, que ser ideológicamente próxima al presidente de Estados Unidos no garantiza un trato de favor. En la Casa Blanca de Trump no existe el privilegio de la amistad, salvo que seas tan poderoso y fuerte como Vladímir Putin, que más que un amigo es un antagonista con derecho a mostrar los dientes.

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