Publicado: marzo 20, 2026, 3:00 am

Fueron tres horas de conversación. Ciento ochenta minutos en los que Donald Trump y Vladimir Putin supuestamente debían buscar una salida a la guerra de Ucrania que ya entonces parecía prolongarse demasiado. Era ese el motivo anunciado de la cumbre que reunió a los dos mandatarios en Alaska, donde el presidente ruso fue recibido con todos los honores, alfombra roja incluida. El encuentro se produjo el 15 de agosto pasado y previamente Trump manifestó que no estaría contento si no lograba fijar un alto el fuego. Nada de eso ocurrió a pesar de lo cual el presidente norteamericano diría que la reunión había sido «extremadamente productiva» con «grandes avances». Hubo una comparecencia conjunta ante los medios de ambos pero ninguno admitió preguntas de los periodistas ni revelaron detalle alguno sobre lo allí acordado.
Siete meses después de aquello todo conduce a imaginar que ese día Putin y Trump hablaron menos de Ucrania y más de cómo repartirse el mundo. Siete meses después Rusia sigue intentando avanzar en los territorios del este ucraniano mientras EEUU ataca Irán tras haber puesto de rodillas a Venezuela y empezar a hacerle lo propio a Cuba con un asfixiante bloqueo. Tanto Irán como Venezuela y Cuba se consideraban aliados de Rusia y, sin embargo, la reacción de Moscú ante las acciones hostiles de Washington no pasan de una retórica calculada para no romper la línea de entendimiento entre Putin y Trump. Aunque Rusia e Irán no tienen una alianza militar sí habían realizado maniobras conjuntas el pasado febrero y en Teherán esperaban algo más de cooperación y que Moscú enviara un mensaje claro y rotundo para disuadir a sus enemigos. No ha sido así y lejos de sentirse incómodo el presidente ruso se ve como el gran ganador de los desmanes bélicos de la Casa Blanca.
La guerra contra Irán, y el bloqueo del golfo Pérsico, ha disparado el precio del petróleo y más aún el del gas proporcionando a Rusia unos ingentes ingresos energéticos adicionales cuando más lo necesitaba su depauperada economía, desviando además la atención sobre la guerra de Ucrania y reduciendo la presión internacional para que acabe esa contienda que tanto le conviene prolongar. Por si fuera poco el beneficio, a Trump –que siente el mordisco de la temida inflación en EEUU por el aumento del precio del crudo– no se le ocurrió otra que levantar las sanciones a los petroleros rusos durante un mes y que Moscú pueda colocar en el mercado cien millones de barriles, embolsándose unos 10.000 millones de dólares de regalo con los que tampoco contaba. Un varapalo para Zelenski y para la Unión Europea, que apoya a Ucrania no solo por la defensa de su soberanía sino por lo que supone de barrera a las ansias imperialistas de Putin.
Se entiende así el clarividente discurso del presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, cuando dijo que hasta ahora solo hay un ganador en la guerra de Irán y ese no es otro que Rusia. Teherán proporcionó en su día miles de sus drones de bajo coste a Moscú que sembraron el terror en Ucrania y ahora la ayuda recíproca no pasa de un tibio apoyo en inteligencia aún por confirmar. Putin no tiene amigos, solo intereses, y ahora le conviene más preservar su relación con Trump para que le deje hacer y deshacer en Ucrania. Washington favorece a Moscú a costa de Europa y la UE esta vez no ha dudado en rechazar sus amenazas sobre el futuro de la OTAN por no enviar barcos a la trampa del estrecho de Ormuz. Es obvio que en Alaska Putin y Trump se repartieron el mundo. Y los europeos, por muy aliados que sean, no deben ceder a los chantajes e imposiciones de los tiranos.
