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Pedro Meloni

Publicado: marzo 29, 2025, 12:07 am

Actualizado Sábado,
29
marzo
2025

00:00

El Palacio de la Moncloa había anunciado que Pedro Sánchez acudiría el miércoles al Congreso a presentar su plan de Defensa con un discurso «de altura». Y el presidente, tal es su costumbre, se dedicó a la pesca de bajura con un palangre plagado de cebos falsos. Quien sea el que ha sustituido Luisgé Martín como amanuense del jefe del Ejecutivo ha heredado su principal arte: la reescritura de la historia para adaptarla a la agenda del Gobierno.

Sánchez nos contó en su exposición que la Unión Europea nació de «la pobreza, la degradación ambiental y las injusticias que generan los conflictos armados». Y añadió que, en su origen, la integración militar era tan importante «o más» que la económica. De ahí que Jeann Monnet y Robert Schuman -padres europeístas- impulsasen una nonata Comunidad de la Defensa, que habría caído en desgracia «cuando la derecha francesa se negó a firmar su tratado constitutivo». Pues ya tendríamos el marco perfecto: cambio climático con calzador y la ultraderecha como gran enemiga.

Es una lástima que el presidente se olvidara de mencionar al otro gran impulsor de aquel embrión de unión defensiva, el canciller democristiano Konrad Adenauer, y que su amnesia le impidiera explicar que el boicoteador fue el líder socialdemócrata germano, Kurt Schumacher, quien afirmó: «Nadie que pueda llamarse a sí mismo alemán puede firmar eso». Schumacher, que significa Zapatero, -tremendo apellido- quería que Stalin diera antes el visto bueno.

La derecha de Francia no fue la que tumbó en 1954 la integración de una fuerza militar con Alemania que, al fin y al cabo, la había tenido invadida hace una década. Lo hizo una parte de ella, la gaullista, que se alió con la izquierda. En todo caso, Schuman, un alsaciano católico y anticomunista, había obrado el milagro a través de la Comunidad Económica del Carbón y del Acero (CECA).

Los cien artículos de su tratado constitutivo abordan las condiciones de vida de los trabajadores, la productividad, los salarios, la competencia y los precios, no cómo combatir el cambio climático, concepto que no existía. Supuso la liquidación del Estatuto de Ocupación para que Alemania pudiera regresar a su región más industrial, la del Rhur. Al articularse un mercado común sobre materias primas se conduciría a los contendientes hacia la fabricación de la prosperidad y no de las armas. «La guerra entre Francia y Alemania no sólo se vuelve impensable, sino materialmente imposible», declaró Schuman.

Pero la fortaleza de aquella iniciativa económica impulsada fundamentalmente por la democracia cristiana es que estaba anclada en la moral. «La política sin conciencia tiende a la criminalidad; en mi opinión, la política es la acción pragmática en aras de unos fines morales», añadiría el sucesor de Adenauder y, éste sí, gran socialdemócrata, Helmut Schmitd.

La crisis abierta por el alineamiento del presidente Donald Trump con el dictador Vladimir Putin para estrangular el proyecto europeo está obligando a sus líderes a tomar posiciones. A la espera de Alemania, Keir Starmer, cada vez más cerca de Bruselas y más lejos de Washington, y Emmanuel Macron han hecho una apuesta por la autonomía estratégica, mientras que Pedro Sánchez y Giorgia Meloni se autoinvisten de embajadores de quienes las amenazan. Ursula von der Leyen mina su credibilidad con vídeos absurdos alineando los riesgos de la guerra con los del cambio climático, como si fueran problemas homologables. Las causas de las olas de calor o las inundaciones no son las mismas que las de un ataque nuclear. Ni las medidas de protección. Y, si se mezclan, se impide al ciudadano conocer la naturaleza del adversario y, por tanto, tomar conciencia de él.

Ahí está cómodo Pedro Sánchez, que se marcha a ver a Xi Jimping para atraer industrias verdes. La electricidad sobre la que China construye su economía se alimenta quemando carbón en un 60%. Sus emisiones de dióxido de carbono son el 31% de las que hay en el mundo, más que la UE y Estados Unidos juntos y, por tanto, son las que más contribuyen a los desastres climáticos de origen antropogénico. Echarse en brazos del mayor contaminante mundial con la bandera ecologista en la mano para disimular que tus socios te impiden rearmarte junto a tus aliados es, como diría Roberto Benito, «muy sanchista».

La cómplice de conveniencia de Sánchez por el otro flanco es Meloni, que dedicó su primera entrevista con un periódico no italiano, el Financial Times, a asestarle una puñalada trapera a los elementos más activos en hacer frente a Trump y a Putin, cuyos idearios son cada vez más parecidos.

Para Meloni, albergaba parte de razón JD Vance cuando dijo que la responsable de la guerra de Ucrania era Europa, con sus democracias blandiblú, y no el puño asesino de Moscú. Añadió que tener que elegir entre la UE y EEUU era «infantil», porque Biden ya era «proteccionista». Omitía la primera ministra italiana que Trump está amenazando con invadir el territorio de un aliado de la OTAN (Dinamarca) y que la base de la discrepancia no es ser más o menos protector con las industrias nacionales, sino adentrarse en un mundo sin normas. Al menos, Orban habla más claro.

Quizá la coalición Pedro Meloni sirva de ansiolítico para sus afligidas parroquias. Hasta en los conflictos más enconados tiene que haber quien mantenga los puentes tendidos con los antagonistas. Siempre que se explique bien quiénes son los adversarios reales. Y, si puede ser, sin falsear la historia.

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