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Los refugios improvisados de los desplazados en el Líbano: cristales rotos, charcos en el suelo y esperanza en que «todo pasará»

Publicado: abril 19, 2026, 6:19 am

El acceso al agua potable y al saneamiento sigue siendo uno de los pilares más esenciales de la salud, la protección y la dignidad en situaciones de desplazamiento. En todo el Líbano, Médicos Sin Fronteras ha trabajado para mejorar las condiciones de agua y saneamiento en los refugios para garantizar que las personas recuperen el acceso a lo esencial, incluida la posibilidad de lavarse, limpiar los espacios donde viven, gestionar los residuos y proteger su salud, privacidad y dignidad tras verse obligadas a abandonar sus hogares de forma repentina bajo los bombardeos israelíes y las órdenes de evacuación generalizadas. 

Maryam Srour, responsable de comunicación en el Líbano, reflexiona en primera persona sobre su visita a las familias que viven en un refugio temporal, donde la vida cotidiana está marcada por el desplazamiento prolongado y las difíciles condiciones de vida.

Estuve aquí en octubre de 2024, durante la anterior escalada de la guerra en el Líbano. En aquel momento, los equipos de MSF se dedicaban a reparar tuberías y aseos deteriorados para que las personas que se habían refugiado en el interior, muchas de ellas con necesidades especiales, tuvieran acceso a agua limpia y a condiciones de vida seguras.

No me di cuenta hasta que volví a entrar en el edificio, hace apenas unos días, de lo mucho que había intentado olvidarlo. Paredes grises. Techos grises. Suelos grises. Las mismas escenas. Las mismas dificultades.

Entro en un espacio despojado de calidez y color. Charcos de agua salpican los suelos y las esquinas. Habitaciones con ventanas sin cristales, llenas de trozos de tela y cartón: cualquier cosa para mantener a raya el implacable frío y la lluvia.

Y los sonidos. Los sonidos del agua goteando y de la gente tosiendo me dan la bienvenida a través de los pasillos en ruinas. Este edificio fue en su día uno de los hospitales más avanzados de Beirut. Mi madre me cuenta que albergó la primera máquina de resonancia magnética de la ciudad. Mi abuela incluso recibió atención aquí una vez, en 1990. Tras años de inestabilidad social, fue abandonado y dejado a su suerte. Un edificio que en su día representaba la atención médica y la recuperación, ahora representa algo completamente distinto.

Un refugio colectivo, hogar de casi cuatrocientas personas que se han visto desplazadas a la fuerza una vez más. Madres. Personas mayores. Pacientes que necesitan recibir diálisis y en tratamiento contra el cáncer. Familias de diferentes condiciones sociales, unidas por el desplazamiento. Sin aseos. Sin agua corriente. Y una lucha diaria que se ha vuelto mil veces más difícil.

Estoy aquí como parte de un equipo de MSF. Nuestras clínicas móviles y diferentes equipos visitan refugios como este, respondiendo a la ingente cantidad de necesidades a las que se enfrentan estas personas. Mi colega, Mohammad Dandash, responsable de logística de MSF, me guía por el edificio de 12 plantas. MSF trabajó aquí durante la escalada de 2024, limpiando aguas grises y reparando aseos para personas con discapacidad o necesidades especiales. Tras el alto el fuego, las familias regresaron a sus hogares.

Dieciséis meses después, con el recrudecimiento de los bombardeos israelíes y las órdenes de evacuación generalizadas, más de un millón de personas en el Líbano se han visto obligadas a abandonar sus hogares, algunas por segunda o tercera vez.

De piso en piso: un duro recorrido

El sótano es una zona inaccesible, deteriorada por décadas de residuos y agua estancada. En la escalera, pasa un anciano cargando bidones vacíos. Mohammad me cuenta que este trajín de subidas y bajadas, una y otra vez, pronto dejará de ser necesario. Mis compañeros han instalado depósitos de agua de 15.000 litros y están trabajando para restaurar el sistema de tuberías y llevar agua limpia y potable al edificio.

Llegamos al rellano del tercer piso; el gris que me rodea se ve interrumpido por prendas de colores vivos tendidas a secar en cuerdas y por una puerta beige cada pocos metros. La luz es tenue, pero aquí hay señales de vida. Una silla de ruedas desvencijada está abandonada junto a una puerta, sin rastro de su dueña. Y entonces, una mujer me saluda con una sonrisa. «Tenemos una recién nacida en esta planta. ¿Le gustaría verla?».

Le devuelvo la sonrisa, instintivamente, aunque algo me oprime en el pecho al pensar en un recién nacido en un lugar donde se oye constantemente el goteo del agua. La sigo hasta una habitación marcada con el número 302, y se me encoge el corazón. La pequeña Nour se encuentra envuelta en un tejido rosa. Nació el 16 de marzo, una noche en la que los ataques aéreos israelíes arrasaron su antiguo barrio. Su madre recuerda el sonido del bombardeo implacable mientras se ponía de parto. Una semana antes, la familia había huido de su casa en los suburbios del sur de Beirut y se había refugiado en esta habitación a la que se accede a través de un vano sin puerta. Un trozo de tela sustituye ahora al cristal que debería haber en la ventana, con el fin de protegerse mínimamente del viento y la lluvia. En una esquina hay colchones apilados. Una alfombra gastada marca el espacio donde hay que quitarse los zapatos.

Su madre es cálida y acogedora. «No paro de desinfectar y limpiar», me cuenta. «Soy casi obsesiva con eso. Es aún muy pequeña y no quiero que pueda contagiarse de nada». Al otro lado del pasillo, Ali (10) y Abbas (5) juegan en silencio. Ambos nacieron con dificultades cognitivas y de movilidad. Ambos necesitan cuidados especiales. «Abbas estaba mejorando mucho con la fisioterapia y la logopedia», dice su tía, Zainab. Pero la guerra se lo quitó todo. Tanto ella como su hermano perdieron sus trabajos y sus ingresos. La terapia se interrumpió.

Luego llegó el desplazamiento forzoso. ¿Cómo seguir con los cuidados y la recuperación cuando la vida cotidiana gira en torno a conseguir lo básico: comida, agua limpia y calor? Zainab solía trabajar como limpiadora en un restaurante, por lo que entiende de primera mano lo que significan estas condiciones. «Solo quiero que tengan un futuro», dice.

Mantenerse sano, una lucha diaria

La falta de agua, saneamiento e higiene no es solo una cuestión de dignidad, sino también un grave riesgo para la salud pública. Aumenta la probabilidad de padecer afecciones cutáneas y enfermedades transmisibles evitables, especialmente entre los niños y las personas que ya de por sí son vulnerables desde el punto de vista médico.

También transforman la vida cotidiana de formas más silenciosas e insidiosas. Nuestros equipos médicos incluso han visto a personas desarrollar infecciones del tracto urinario porque reducen su ingesta de agua para evitar tener que buscar un baño.

«Las personas que se han visto desplazadas a estos lugares suelen llegar sin nada, pero lo que empeora la situación es no contar con las condiciones mínimas para vivir con seguridad», explica Elena Fernández, coordinadora adjunta de logística de MSF. «Sin agua ni saneamiento, incluso mantenerse sano se convierte en una lucha diaria».

En todo el Líbano, los equipos de MSF trabajan en 252 refugios como este para proteger la salud de las personas y satisfacer la necesidad básica de agua potable y saneamiento, rehabilitando sistemas de agua y respondiendo a las necesidades urgentes en materia de agua, saneamiento e higiene (WASH). Hasta ahora, han instalado 490 aseos y 160 duchas, y han montado alrededor de 250 lavabos y 50 depósitos de agua, lo que ayuda a las familias a acceder a agua potable y a reducir el riesgo de enfermedades. Para satisfacer las necesidades diarias, los equipos han distribuido 1.197 kits de limpieza y 15.715 kits de higiene, así como artículos de socorro como mantas y colchones, al tiempo que han suministrado 419.127 litros de agua potable y transportado más de 19,5 millones de litros a los refugios, apoyando a miles de personas que intentan sobrellevar la vida en el desplazamiento.

Además, las clínicas móviles llegan a quienes, de otro modo, se verían privados de atención, mientras que los equipos médicos tratan enfermedades crónicas, prestan apoyo en materia de salud mental y responden a las emergencias provocadas por la violencia en curso. Nuestro trabajo se lleva a cabo en coordinación con las autoridades libanesas, apoyando y complementando los esfuerzos locales de respuesta para ampliar el acceso a los servicios esenciales para las comunidades desplazadas. Pero las necesidades siguen siendo inmensas.

Un piso más arriba, conozco a Hassana. La primera vez que la veo, lleva una mascarilla y tiene los ojos hinchados. Me confunde con un miembro del equipo de logística y me lleva aparte. «Gracias por trabajar en los baños», me dice. «Tengo una petición especial». Cuando llega Mohammad, se aferra a él. Las lágrimas que había estado conteniendo brotan.

A Hassana le diagnosticaron cáncer apenas una semana antes de que fuera desplazada. Le recetaron radioterapia inmediata. Después de cada sesión, su médico le indicó que se aislara, tanto por su propia seguridad como para proteger a los demás. Pero, ¿cómo puedes aislarte en un refugio compartido? ¿Cómo proteges a los demás cuando compartes un baño comunitario con otras 40 personas? «Estoy preparada para morir», me dice en voz baja. «Pero no quiero hacer daño a nadie más mientras lo hago».

La segunda vez que la veo, está diferente. Más tranquila. Más alegre. Los equipos de MSF han instalado una letrina dentro de su habitación, lo que le permite continuar su tratamiento de forma segura, con privacidad y dignidad. Me lleva a conocer a sus dos polluelos, Kiko y Koukou. Sonríe al describir su reacción cuando volvió para rescatarlos. «Son almas, como mis hijos. ¿Cómo iba a dejarlos atrás?».

Hay algo difícil de describir en la forma en que la gente mira a mi colega Mohammad y a otras personas que llevan aquí el chaleco de MSF. Se acercan al equipo para pedir lo básico: atención médica, artículos de higiene, pañales. Lo hacen sin vacilar, con sonrisas y confianza. Y me doy cuenta de que esta confianza se basa en nuestra presencia, en la constancia, en estar ahí y responder, una y otra vez.

Mientras anoto sus peticiones, me aferro a esa misma convicción: que seguiremos acudiendo en su ayuda. «Esto pasará», me dice Hassana. «Mi enfermedad pasará. Esta guerra pasará. Todo pasará, siempre y cuando regresemos a casa, sanos y victoriosos». Sus palabras resuenan mientras nos movemos por el edificio, pasando junto a cientos de vidas suspendidas en la incertidumbre.

Este refugio no es una excepción. Por todo el Líbano, en escuelas, tiendas de campaña y edificios sin terminar, miles de personas desplazadas viven en condiciones similares, sin acceso seguro al agua, al saneamiento ni a los servicios básicos. Los equipos de MSF están respondiendo en lugares como este por todo el país, trabajando para restaurar lo que se ha perdido: no solo la infraestructura, sino las condiciones mínimas para la salud, la dignidad y la posibilidad de recuperación.

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