Publicado: marzo 18, 2026, 5:07 am

La figura del Rey , como clave de bóveda de nuestra arquitectura constitucional, lleva demasiado tiempo en el disparadero de la coalición gubernamental y de Vox, las dos fuerzas de ruptura del sistema democrático que emana del pacto del 1978. Una campaña rojiparda de erosión y derrumbe de la institución monárquica, en la que influye también la animadversión que siente Pedro Sánchez por el Rey -ya que en su narcisismo sin fondo se considera más un presidente de la República y jefe de Estado, que no «un simple» primer ministro-, ante la que don Felipe se halla solo y desamparado. Incluso, a veces, bajo el fuego amigo de la Casa Real, quizá por incompetencia de sus responsables, por desconocimiento o sumisión a La Moncloa, o tal vez por una mezcla de los tres factores, al alinear a menudo al Rey con el discurso partidista del Gobierno. Y permitiendo así que el sanchismo manipule e instrumentalice burdamente sus gestos y palabras para dar carnaza a Vox, inflamar las redes sociales, y que presenten a don Felipe como un Rey felón.
El objetivo común de la extrema izquierda y de la derecha republicana (por nostalgia falangista) es que el ruido y la controversia acompañen de manera constante al Jefe del Estado deje de ser visto por los españoles como una institución de consenso y encuentro. Precisamente, la última polémica sobre las palabras pronunciadas por el Rey en la visita a la exposición ‘La mitad del mundo. La mujer en el México indígena’, en el Museo Arqueológico de Madrid, acompañado por el embajador azteca, cumple ese guion para la discordia: el Gobierno y sus medios afines -con la torpe colaboración del responsable de las redes sociales de la Casa Real- sacan de contexto una reflexión muy matizada de don Felipe -aunque forzada para salvar la cumbre Iberoamericana y echar una mano a Sánchez- sobre la importancia de la Conquista de América, con sus evidentes claroscuros morales, para presentarla como una suerte de petición pública de perdón. Nada menos que la asunción velada de esa Leyenda Negra que agita el movimiento bolivariano para separar a Hispanoamérica de España, como si fueran dos realidades culturales y sentimentales ajenas, y que retrata la hispanización como un genocidio vergonzante.
Una tesis, emparentada con los postcolonial studies que han contaminado a la izquierda woke occidental, que cuestiona la base moral de la España moderna y que no puede estar más alejada de la literalidad del discurso del Rey. Ciertamente, Don Felipe reconoció algo tan obvio como es la existencia de abusos y salvajadas en el proceso de Conquista -pensar en los españoles (también en los indígenas) como unos seres prístinos es ridículo-, pero lejos de renegar de ella, pidió situarla en su debido contexto histórico, recordó las leyes de protección a los indígenas que promulgó la Corona española, y negó la existencia de ese supuesto genocidio al celebrar que es «la cultura mestiza» -si hay mestizaje no hay genocidio- lo que define y une en el siglo XXI a los pueblos de España y América.
A partir de esta declaración mesurada y atinada, pero malintepretada arteramente, el único reproche que se le puede hacer al Rey es que siga sin ver o asumir los peligrosos enemigos que tiene a su izquierda y derecha: aquellos que ven en el final de la monarquía la oportunidad para la España postconstitucional por la que conspiran.
