Publicado: agosto 29, 2025, 4:07 am

Los Reyes culminan hoy en el norte de Extremadura las visitas a las zonas más afectadas por los graves incendios tras acudir esta semana a Castilla y León (Sanabria, en Zamora, y Las Médulas, en León) y, ayer, a la provincia de Ourense, en Galicia. Rebollar (mancomunidad del Valle del Jerte) será la primera parada de Felipe VI y Doña Letizia, que luego continuarán conociendo las zonas más afectadas en Cabezabellosa y Hervás, ambas localidades del Valle del Ambroz, que sufrieron el incendio de Jarilla (Cáceres) que destruyó durante 11 días un total de 17.355 hectáreas.
En Gargantilla (364 habitantes) las llamas llegaron el 16 de agosto y durante 36 horas los vecinos se vieron obligados a abandonar sus casas ante la amenaza de unas llamas, desbocadas, que se acercaban a la localidad ladera abajo por el franco norte, cruzando el puerto de Honduras. Incontrolable. Fueron los peores momentos del mayor fuego en la historia de Extremadura. Como ha ocurrido en otros municipios, algunos vecinos se resistieron a marcharse y se ocultaron dentro de las viviendas para no ser desalojados por la Guardia Civil. Es el caso de Juan Mari García (54 años). «Tenía que intentar salvar mis cerezos y sabía que o lo hacía yo, o no lo hacía nadie». No pudo conseguirlo. La mayor parte de sus árboles quedaron calcinados. También los de su hermana, Angelines. Las dos fincas -heredadas de su padre Faustino, ganadero-, de una hectárea aproximada cada una, están situadas en lo más alto de la colina -una de solana y otra de umbría-, a unos mil metros de altura. Fueron las primeras zonas a las que les sorprendieron las llamas. Ambas quedaron calcinadas.
Gargantilla es una población montañosa cuyos agricultores se han especializado en los cultivos de cerezo y ciruelo cultivados en alturas a través de terrazas. Sus famosas y atractivas gargantas se funden junto a un bosque de castaños y árboles singulares, en los que resaltan viejos acebos. La Garganta de Honduras atraviesa el pueblo y se convierte en el motor de la agricultura y algo menos ya de ganadería. Es precisamente en las montañas donde se han construido bancales, destinados al cultivo del cerezo mientras que las tierras más bajas, las que se salvaron, se utilizan para cultivar ciruelos olivos y pastos.
Desde hace tiempo, Gargantilla lucha por el reconocimiento exterior de sus cerezos, aunque el brillo turístico, con la estampa típica del manto blanco, se lo lleve el Valle del Jerte. Sin embargo, en el Valle del Ambroz se organizó en mayo la fiesta de la cereza, con el objetivo de buscar mayor difusión. Ni podían imaginar entonces lo que se les vendría encima en verano con el incendio de Jarilla.
Juan Mari fue el peor parado de todos los agricultores. Las llamas devoraron una plantación que tenía de cerca de 400 árboles. El 95% de los propietarios salvaron de milagro sus cultivos al tener sus fincas ubicadas en la medida montaña. La temporada había sido productiva debido a las abundantes lluvias de primavera y su producción había subido en su finca a unos 20.000 kg de cerezas, 5.000 más de la media de los últimos años. Sólo pudo salvar una pequeña parte de su producción.
«El sábado por la noche ya nos dijeron que nos iban a evacuar y nos pasamos toda la madrugada despiertos inspeccionando el campo porque sabíamos que el fuego venía en dirección a los árboles», recuerda. Y se quedó. «Estaba en la finca con mi primo por si podíamos hacer algo, pero tuvimos que salir corriendo. Aquello se convirtió en un infierno, ardían muchos zarzales alrededor, fue terrible, ni en el peor de los sueños, y no pudimos hacer nada para evitarlo. El 90% de los árboles se quemó».
Ahora, deberá realizar una profunda renovación con nuevas plantaciones e intentar a su vez salvar con curas algunos árboles dañados, aunque los frutos no los podrá ver hasta que pase «bastante tiempo». Con resignación, añade: «Es volver a empezarlo todo, un trabajo de 20 años».
Aunque entiende la situación general que estaba pasando toda la zona norte de Extremadura por los incendios, Juan Mari relata: «No tuvimos ninguna ayuda, sobre todo en las primeras horas, que era cuándo había que estar, pero no vimos a ningún bombero forestal, a nadie de la UME tampoco, así que otros vecinos y yo decimos quedarnos para salvar lo que pudiésemos. Sé que es difícil de entender, pero es que me estaba jugando mi sustento». En este sentido, es categórico: «Lo volvería a hacer, hice bien quedarme».
Tiempo después, él mismo y otros vecinos, ya cuando llegó el auxilio, ayudaron a apagar el fuego porque los que venían «no conocían el terreno». Al final -añade- se hicieron con el fuego y la brigada de bomberos que se presentó, procedente de Valencia, se lo «agradeció».
Aunque ya ha pasado lo peor, los habitantes de Gargantilla no bajan la guardia por si se producen reactivaciones. Ha nacido una iniciativa vecinal bautizada como Los Irreductibles para, de forma voluntaria, vigilar y revisar el entorno, por lo que se han organizado en patrullas nocturnas, con dos turnos de vigilancia.
Sobre las causas de la virulencia del fuego, el agricultor denuncia que «desde hace 60 años en la sierra no se hace nada, está abandonada a su suerte» y recuerda con nostalgia cuando las cabras de su padre y otros animales dejaban el campo «perfecto». «Ahora no dejan hacer nada, tenemos que ir a escondidas a cortar ramas o podar árboles para que no nos sancionen, y encima ya no existe apenas ganado en el pueblo, sólo unas pocas vacas y sobra mucha vegetación y pastos por todos lados». «Lo peor es que no vamos a aprender».