Publicado: julio 12, 2026, 7:01 am
Algunas historias no llegan cuando se estrenan, cuando alguien te las recomienda o cuando el algoritmo decide colocarlas delante de ti. Llegan cuando estás preparado para entenderlas. Me ha ocurrido con libros, con canciones y con películas que parecían haber estado esperando pacientemente a que mi vida alcanzara el punto exacto desde el que podían hablarme. Supongo que por eso volvemos a ellas años después y descubrimos escenas que juraríamos que no estaban allí, frases que ahora significan otra cosa y personajes que, sin haber cambiado una sola línea de su guion, de repente se parecen demasiado a nosotros. Son historias que te encuentran.
Vivimos rodeados de una tecnología que ha conseguido acercarnos casi todo. Una voz al otro extremo del mundo, una fotografía enterrada entre miles de recuerdos, una canción que escuchábamos hace veinte años, la dirección de un sitio en el que nunca hemos estado. Todo parece quedar al alcance de un gesto, salvo quizá aquello que más necesitamos en ciertos momentos: sentir que alguien nos ve de verdad, encontrar una intimidad que no se mida en notificaciones o reconocer al otro detrás de todas las capas que hemos colocado entre nosotros. La conexión está garantizada, la cercanía auténtica sigue siendo un pequeño milagro.
En 2013 apareció una película de Spike Jonze llamada Her y me encontró precisamente entonces. Recuerdo salir de la película con la incómoda sensación de haber visto algo que todavía no existía y que, al mismo tiempo, ya estaba ocurriendo dentro de nosotros. Escribí entonces en Xataka sobre cómo la inteligencia artificial podría acercarse algún día a lo que planteaba, quizá incluso ir más lejos, pero lo que se quedó conmigo no fue la predicción tecnológica. Fue la soledad de Theodore caminando entre la gente, acompañado por una voz que parecía conocerlo mejor que muchas de las personas que podía tocar. Fue la ternura extraña de enamorarse de algo sin cuerpo, como cuando te enamoras de alguien inalcanzable. Y fue, sobre todo, la intuición de que el futuro llegaría disfrazado de cosas pequeñas y familiares.
El futuro llegó con dos auriculares blancos

Tres años después, en 2016, estaba sentado en el Bill Graham Civic Auditorium de San Francisco cuando Apple presentó los AirPods originales. Aquel era el último gran evento antes de que la compañía trasladara sus presentaciones al Apple Park, y recuerdo mirar esos dos auriculares blancos y sentir que ya los había visto. No en el metro de Barcelona, ni en Madrid, ni en uno de aquellos aeropuertos donde con el tiempo acabarían convirtiéndose en parte del paisaje. Los había visto en el metro de Her, en los oídos de Theodore, mientras caminaba aislado del ruido y acompañado por su propio mundo interior.
La película había mostrado algo muy parecido años antes de que los auriculares completamente inalámbricos fueran un objeto cotidiano. En su momento me parecieron esa ciencia ficción cercana que no necesita grandes naves ni ciudades imposibles. Bastaba con retirar un cable. Bastaba con que una voz pudiera acompañarte mientras caminas. Bastaba con transformar algo tan técnico como la comunicación inalámbrica en un gesto natural: abrir una caja pequeña, colocarte dos piezas en los oídos y dejar que la música, una llamada o un pensamiento ocuparan el espacio entre el mundo y tú.
Otras compañías habían probado caminos parecidos, pero los AirPods terminaron fijando la forma en que entenderíamos aquella categoría. Lo hicieron eliminando toda la fricción, que siempre ha sido una de las grandes obsesiones de Apple. Conectarlos era fácil, guardarlos resultaba casi instintivo y usarlos hacía que la tecnología desapareciera durante un rato. En eso se parecían profundamente a lo que había anticipado Her: dirigían la atención hacia la experiencia y dejaban la máquina en un segundo plano. Fueron uno de esos recuerdos del futuro que primero vemos en una película y después reconocemos, años más tarde, sobre una mesa como si siempre hubieran estado ahí.
El diario que cabe en el bolsillo

Ahora la película vuelve a mi cabeza cuando pienso en ese posible iPhone Ultra plegable, porque su diseño recuerda de una forma casi inquietante al teléfono que Spike Jonze imaginó en Her. Aquel dispositivo tampoco tenía la apariencia fría y vertical de la tecnología convencional. Parecía un pequeño cuaderno, una pieza personal que Theodore podía abrir, sostener y guardar cerca del cuerpo. La elección tenía sentido dentro de la película: Samantha era una inteligencia sin rostro ni cuerpo, y necesitaba habitar un objeto cálido, familiar, alejado de la estética de una máquina. Algo parecido a una Moleskine, a esos cuadernos que han acompañado a viajeros, poetas y filósofos mientras intentaban atrapar una idea antes de que desapareciera. Entre sus páginas quedaron versos, mapas, dudas y pensamientos que quizá nunca leyó nadie. Que el teléfono más avanzado de Apple pudiera adoptar ahora esa misma forma tendría un valor enorme. La tecnología del futuro llegaría envuelta en uno de los objetos más antiguos e íntimos que conocemos: un diario.

Su forma también tendría poco que ver con el rectángulo vertical al que llevamos casi dos décadas acostumbrados. Un teléfono convencional está siempre expuesto, siempre disponible, esperando que volvamos a mirarlo. El formato de diario introduce un gesto deliberado antes de entrar en él. Hay que abrirlo. Y quizá abrirlo cambia la relación con el dispositivo, porque abrir una libreta implica detenerse, buscar una página y conceder atención a lo que estamos a punto de hacer. El iPhone Ultra podría recuperar parte de ese ritual. La bisagra dejaría de ser únicamente una proeza de ingeniería y se convertiría en una frontera física entre el mundo y la pantalla. Abrir para buscar, crear o conversar. Cerrar para terminar y volver a lo que tenemos delante. Como Theodore en Her, llevaríamos con nosotros una inteligencia inmensa, aunque su forma seguiría recordándonos que es un objeto personal y cercano, algo que podemos guardar cuando ya ha cumplido su cometido.
Ahí podría encontrarse el verdadero sentido de un iPhone Ultra acompañado por una Siri más inteligente y consciente del contexto. Cuanto mejor comprenda lo que necesitamos, menos tiempo tendremos que pasar recorriendo aplicaciones, buscando menús o repitiendo instrucciones. Podríamos pedirle que ordene una idea, encuentre un recuerdo, prepare una tarea o resuma aquello que merece nuestra atención mientras seguimos caminando, cocinando o conversando con alguien. Como Theodore hacía con Samantha. La inteligencia artificial alcanzaría su mayor valor cuando consiguiera devolvernos tiempo y presencia, reduciendo la de la propia tecnología en nuestra vida. Ese pequeño diario digital podría guardar una parte enorme de quienes somos y, al mismo tiempo, ayudarnos a estar más presentes. Quizá por eso el diseño anticipado por Spike Jonze resulta ahora tan poderoso. El futuro del iPhone podría parecerse menos a una máquina y más a una Moleskine cerrada sobre la mesa: disponible cuando la necesitamos, discreta cuando la vida continúa a su alrededor.
Que es donde, realmente, pasa lo importante.
En Applesfera | Conectando los puntos
(function() {
window._JS_MODULES = window._JS_MODULES || {};
var headElement = document.getElementsByTagName(‘head’)[0];
if (_JS_MODULES.instagram) {
var instagramScript = document.createElement(‘script’);
instagramScript.src = ‘https://platform.instagram.com/en_US/embeds.js’;
instagramScript.async = true;
instagramScript.defer = true;
headElement.appendChild(instagramScript);
}
})();
–
La noticia
El nuevo iPhone Ultra y aquellos objetos del deseo
fue publicada originalmente en
Applesfera
por
Pedro Aznar
.
