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Cuando la realidad supera la comunicación

Publicado: enero 26, 2026, 11:07 pm

«Ha reconocido errores». Este fue, durante algún tiempo, uno de los argumentos que empleó el PP para defender -tibiamente, todo sea dicho- a Mazón. Quienes sostenían aquello no parecían comprender que, en vez de exonerar al ex presidente valenciano, estaban terminando de hundirlo. Porque, en una catástrofe en la que hay muertos, un responsable político solo puede permanecer en su cargo si está claro que no cometió un solo error. E incluso entonces se plantea un debate sobre si se les debe igualmente a las víctimas alguna asunción de responsabilidades, lo que por fuerza pasaría por ceses o renuncias.

La norma parece fácil de entender: cuando hay muertos, las reglas cambian. A mayor gravedad, mayor exigencia de responsabilidades. Pero esto que resulta tan sencillo de explicar se estrella con uno de los principales rasgos de la política actual: tratar toda adversidad como un problema de comunicación. Esto es, actuar como si las consecuencias políticas de cualquier crisis se pudieran capear siempre que se identifique la estrategia comunicativa adecuada, siempre que se transmitan los «mensajes» correctos. El verdadero problema del «ha reconocido errores» no era que fuese un mensaje equivocado, sino que justamente sonaba a mensaje en un contexto que exigía algo radicalmente distinto.

Ahora, esta misma conclusión se puede aplicar a la reacción gubernamental al accidente de Adamuz. Puente ha desarrollado desde el inicio una notable hiperactividad mediática; Sánchez ya lo ha alabado por estar «dando la cara». En paralelo, muchos mensajes en redes sociales -sinceros y espontáneos, qué duda cabe- han celebrado la capacidad de comunicación del ministro y su disposición a responder preguntas de periodistas. Jugaban a su favor los precedentes de opacidad gubernamental: Moncloa parece un niño que lleva tanto tiempo sacando ceros en los exámenes que todo el mundo corre a felicitarle cuando saca un cuatro.

Sin embargo, la insistencia en la estrategia comunicativa de Puente nos desliza de nuevo hacia la idea de que ese es el único ámbito en el que se debe juzgar a un político. Y aquí es donde el Gobierno no parece comprender el estado de ánimo del país. Ya no es solo que Puente haya incurrido en desmentidos e imprecisiones -¿inocentes?- que luego ha debido corregir. Tampoco es solo que cueste olvidar el perfil agresivo y polarizador que el ministro viene cultivando desde hace dos años, y que casa tan mal con la imagen de gestor fiable que se desea proyectar ahora. Es que hay que habitar una burbuja muy notable para creer que los ciudadanos valoran más la comunicación durante una tragedia que la gestión anterior a dicha tragedia; sobre todo cuando es esa gestión -y no solo la de Puente, sino la del ministerio de Transportes en general durante la etapa sanchista- la que está siendo cuestionada. El presidente alardeó en su mitin del domingo de que su Gobierno ha reaccionado al accidente «poniendo a las víctimas en el centro de sus prioridades». No parece entender lo que esto realmente implica.

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