Publicado: febrero 4, 2026, 3:10 am
Los españoles tenemos, desde siempre, una acusada tendencia a la veneración de héroes individuales, sobre todo en lo que se refiere a gestas deportivas. Cuando yo era niño, faltaba poco para sacar en andas, como a las vírgenes y los santos, a Federico Martín Bahamontes, grandísimo ciclista que abrió la senda para que luego existiesen Perico Delgado y Miguel Induráin.
Incluso cuando los genios del deporte no actuaban solos, sino que pertenecían a un equipo, la gente tendía a venerarlos a ellos más que al grupo. Desde Gento o Kubala hasta Cristiano Ronaldo o Messi, o los hermanos Gassol, o Aitana Bonmatí. Los ejemplos sobran.
La aparición de Rafa Nadal fue algo así como la estrella de Belén. ¿De dónde había salido? No lo sabíamos bien, pero aquel muchacho logró que millones de personas que nunca en su vida se habían interesado por el tenis (mi madre, por ejemplo) se volviesen a mirarle, fascinadas. Y eso durante largos años. Nadal se convirtió en el deportista más amado de nuestro país y en uno de los más admirados del mundo. Aunque todos temíamos que, después de él, regresasen la oscuridad, la grisalla y la medianía.
No ha sido así. De pronto, sin que estuviese claro cómo ni por qué, apareció un crío genial que empezó a comerse el mundo a bocados. Un chavalín que no era nadie, que no había sido diseñado en un laboratorio de alto rendimiento, que venía de un pueblo de Murcia del que nunca habíamos oído hablar y que, antes de que nos diésemos cuenta, empezó a derribar gigantes, a asaltar récords, a lograr proezas inauditas.
Carlos Alcaraz es el Mozart del tenis, por la belleza de su juego y por su precocidad. A una edad insultantemente corta, ha alcanzado cotas que otros grandes del deporte tardaron muchos más años en conquistar. Nadie había conseguido, a los 22 años, ganar siete Grand Slam. Nadie. Ni tampoco triunfar al menos una vez en los cuatro grandes torneos anuales. Eso son cotas cuya nieve nunca había sido pisada.
Solo tiene un problema este chico: la época en la que ha nacido. Como todos los críos, Carlos está enganchado a las redes sociales. Y eso es un nido de serpientes donde abunda la gente que disfruta haciendo daño a otros, quizá por pura maldad, o quizá porque su vida es tan vacía que no encuentran más emoción que la mediocre crueldad, que está al alcance de cualquier estúpido.
Y también porque saben que al chico eso le afecta mucho. Es un sentimental que juega porque le gusta el tenis, y desde luego también por el dinero, la fama, los viajes… pero sobre todo juega para que le quieran. No puede vivir sin eso. Es su punto débil. No será fácil convencerle de que lo que debería hacer es meter el móvil en un vaso de agua. O mejor de ácido clorhídrico. Usar la misma disciplina que demuestra en los entrenamientos para librarse de los tentáculos del puñetero Twitter, o como rayos llamen ahora a ese estercolero.
Y necesita comprender una cosa evidente: el amor de la gente a la que hace feliz es infinitamente mayor y más poderoso (somos millones) que el veneno que excretan ocho o diez amargados a los que seguramente sus padres despreciaban. El día en que se meta eso en la cabeza, Carlos será feliz. Es lo único que le falta.
