Publicado: septiembre 17, 2026, 8:11 am

Poco o casi nada se parece el mundo de hoy día al que llevó un 30 de octubre de 2016 a la Unión Europea y Canadá a firmar su acuerdo de libre comercio, CETA, por sus siglas en inglés. Aquel era un mundo que había logrado dejar atrás la crisis financiera -la ‘Gran Crisis’, se decía entonces- y Bruselas entendía el pacto como una oportunidad de acceso a los recursos naturales de su socio y de dar un nuevo impulso al crecimiento de la región que había estado sumida en varios años de recesión y estancamiento. Para los canadienses la firma ofrecía el acceso a un mercado de 500 millones de consumidores y, en consecuencia, permitía reducir su dependencia económica de Estados Unidos.
Hoy día, después de dos guerras comerciales (con sus aranceles respectivos), una pandemia, varias crisis de inflación y energéticas y un mundo donde el multilateralismo y las reglas del comercio global han saltado por los aires, la pugna entre EEUU y China amenaza con llevarse por delante a cualquier economía que se ponga en su camino. Este contexto es el que ha llevado a la Comisión Europea a dar un paso al frente para proponer al Gobierno de Mark Carney una alianza más profunda que convierta a Ottawa en socia preferente.
La presidenta de la Comisión Europea ofreció el miércoles al país norteamericano convertirse en un «miembro asociado» de la Unión Europea, en el marco de su discurso sobre el Estado de la Unión ante el Parlamento de Estrasburgo y con el primer ministro Carney presente en el hemiciclo. Es un estatus que no existe hoy día ni está contemplado en el marco actual, pero que en su futuro diseño podría tomar como modelo algunos de los elementos del Espacio Económico Europeo que los Veintisiete integran con Islandia, Liechtenstein y Noruega, según las fuentes consultadas. Estos tres países forman a la vez parte de la Asociación Europea de Libre Comercio.
El esquema a aplicar con Canadá no tendría, sin embargo, el mismo alcance que el Espacio Económico Europeo, explican. Este garantiza la libre circulación de mercancías, servicios, personas y capitales entre esos tres estados y los socios del bloque, y cuenta con algunas políticas unificadas en ámbitos como la competencia, el transporte, la energía, la cooperación económica y la monetaria. Del acuerdo quedan excluidas, sin embargo, las políticas agrícolas y pesqueras comunes, la unión aduanera, la política comercial común, así como la Unión Económica y Monetaria. Sí se contempla un alto grado de liberalización del comercio en la mayoría de los sectores, si bien a nivel político, Noruega, Islandia y Liechtenstein tampoco acceden formalmente al proceso de toma de decisiones de la UE.
Intercambios de bienes y servicios por 130.000 millones
Durante su discurso, Von der Leyen recordó que, pese a no llevar en vigor ni tan siquiera una década, el acuerdo de libre comercio vigente (CETA) ha elevado un 75% los intercambios con Canadá. Sólo el año pasado el comercio de bienes y servicios entre la UE y el país norteamericano ascendió a más de 130.000 millones de euros, según cifras de la Comisión Europea. Así, la UE fue el segundo socio comercial de Canadá por detrás de EEUU y representó el 8,7% de su comercio. Para el ‘club’ comunitario, Canadá fue el duodécimo.
Los socios europeos exportaron 48.900 millones al país, con los equipos de transporte como grandes protagonistas, mientras que de suelo canadiense importaron sobre todo productos minerales y materias primas críticas, como el níquel y el cobalto -esenciales en la fabricación de baterías para los coches eléctricos-, el litio, el uranio empleado como combustible nuclear o la potasa con la que se fabrican los fertilizantes agrícolas, entre otros.
La dependencia que la región tiene actualmente de las tierras raras y otros materiales estratégicos chinos -que llega a alcanzar hasta el 90% en algunos casos, según advirtió en su discurso la propia Von der Leyen- da idea de la relevancia de estrechar todavía más los lazos comerciales con Canadá. En el caso de Ottawa los beneficios son evidentes en plena escalada de la guerra comercial con Washington.
«El principal riesgo para Canadá es la incertidumbre, más que el impacto directo de los aranceles», sostienen desde Pimco, la mayor gestora de renta fija del mundo, después de que Donald Trump impusiese tasas del 50% a 20.000 millones de dólares en productos canadienses.
Una década de beneficios del CETA
De momento, el acuerdo vigente, que se aplica provisionalmente desde septiembre de 2017, ha permitido suprimir el 98% de los aranceles entre la UE y Canadá y ha engordado el PIB europeo en 3.200 millones de euros anuales, de acuerdo con los cálculos que maneja Bruselas. Entre los principales beneficios del CETA están la eliminación de la mayoría de los derechos de aduana, una menor burocracia, que facilita a los europeos trabajar en Canadá y que garantiza a sus empresas el acceso al mercado canadiense de servicios, al tiempo que crea condiciones previsibles para los inversores de uno y otro lado.
En 2024, último ejercicio para el que hay disponibles cifras, el volumen de inversión extranjera directa de la UE en Canadá alcanzó los 244.700millones de euros, mientras que la de los canadienses en suelo comunitario fue de 230.000 millones.
