Publicado: agosto 22, 2026, 2:09 am
Ossama Zitouni tuvo, por asà decirlo, mala suerte. Él cruzó a nado la frontera de El Tarajal, entre Castillejos y Ceuta, el 29 de julio pasado. Durante esos dÃas, muchos otros como él lo hicieron. Los policÃas españoles veÃan desde su comisarÃa, en un risco de Ceuta, cómo cada dÃa algún centenar de nadadores cruzaba la frontera jugándosela.
Pero justo unas horas después de que Ossama, que tiene 26 años y es un tÃo inteligente, nadara esos cuatro kilómetros con apenas un poco de ropa, un móvil y una tarjeta de crédito, el goteo se convirtió en torrente, y luego en otro mar sobre el mar. Y cruzaron de golpe entre 70.000 y 80.000 personas de Marruecos a España, casi las mismas que viven en una Ceuta que empezó a romperse por las costuras.
El shock fue tan grande, incluso para los que habÃan saltado de un paÃs a otro, que una gran mayorÃa optó por deshacer el camino y volver a Marruecos, retornar a la misma pobreza de la que intentaban huir. ParecÃa claro que España no iba a acoger semejante aluvión: Ceuta, lógicamente aterrada, les bajó la persiana en la cara.
Unos 10.000, no obstante, se decidieron a jugar la partida larga, y se quedaron. De ellos, según cifras de la PolicÃa, permanecen ahora en la ciudad unos 8.000, 1.500 de los cuales están ya en los dos dispositivos levantados por el Gobierno, con una lentitud que causa pasmo en gran parte del aparato del Estado.
AsÃ, en las calles de Ceuta, en absoluto descontrol por parte de las autoridades, con las mujeres y niñas ceutÃes encerradas en sus casas desde hace ya 23 dÃas, hay hoy 6.500 magrebÃes sin comida, sin higiene y probablemente sin futuro.
Y, de esos 6.500, la PolicÃa cuantifica en 2.500 los emboscados, los escondidos, los que quieren jugar la partida más larga, en los bosques, en recovecos, donde sea. Y ser los últimos de los últimos, y llevarse el premio.
En eso está Ossama, que curraba como chef «en el restaurante de Casablanca Casa José», y de cuyos ingresos, de apenas 350 euros al mes, vivÃa toda su familia: «Mi madre, mi padre, y mis dos hermanas, una de 12 años y otra de 20».
Pero hablábamos de la mala suerte. «Justo después de que yo salté», explica en un muy buen inglés que dice que aprendió «viendo la tele», «saltó todo el mundo. Y claro, ahora, con todo este lÃo, no va a haber manera de conseguir pasar a España». Ya está en España, le decimos, aunque a tenor de los hechos no esté muy claro a qué paÃs pertenece Ceuta. «Bueno, a la PenÃnsula», responde y, como durante toda la conversación, sonrÃe.
Asà que el plan está claro, y es el de cientos o quizás algún millar de magrebÃes repartidos por la orografÃa de Ceuta. «Lo que quiero hacer es aguantar todo lo que pueda hasta que pase todo esto, quizá conseguir algún trabajo aquà en Ceuta», y después «pedir el asilo e intentarlo».
Ossama y Doha, emboscados esperando a que todo pase para quedarse en Ceuta.
Tanto él como Doha, una chica de Casablanca de 26 años en la misma situación, creen que casi todos los magrebÃes que entren ahora en los centros del Gobierno «van a ser devueltos a Marruecos». La idea es aguantar hasta que pase la tormenta. Para Ossama, que la realidad vuelva al 29 de julio pasado, cuando Ceuta no se habÃa convertido aún en lo que es hoy: una ciudad al borde de la crisis humanitaria y de salud pública, donde el Estado está en franco retroceso.
EL MUNDO localiza a Ossama y Doha por los montes alrededor del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes, el Ceti que no quieren pisar ni en pintura, porque consideran que serÃa el primer paso de vuelta a Marruecos. Ossama, Doha y todos los demás son una especie de maquis de este drama humanitario, como los combatientes de la Guerra Civil que seguÃan el conflicto desde los bosques durante el Franquismo, pero en clave migratoria.
Su vida aquÃ, lógicamente, es aún más difÃcil que la de los migrantes de la playa de TrampolÃn, 500 de los cuales fueron desalojados por la PolicÃa ayer por la mañana y rápidamente, en cuanto los agentes se fueron, volvieron a ocupar la playa.
Según fuentes policiales consultadas por EL MUNDO, son unos 2.000 migrantes los que siguen en la zona, ante el absoluto descontrol por parte de las autoridades.
A los del TrampolÃn les lleva la comida Cruz Roja. Los maquis tienen que bajar del monte a buscarse la vida, pero Ossama lo tenÃa todo pensado: «Tengo dinero en mi cuenta, estaba esperando la oportunidad», dice. «Estuve guardando bastante durante un tiempo, y puedo aguantar meses».
Ossama y Doha son vÃctimas, explican, de la crisis económica y la falta de democracia de la autocracia marroquÃ: «Es una locura», dice él, «el dinero allà es como echar agua sobre arena, los precios han subido una barbaridad en los últimos años, y los salarios nada. Una botella de agua es más barata en España que en Marruecos. Yo trabajaba en el restaurante y también llevaba envÃos en mi motocicleta, pero no tenÃa dinero para nada».
Matiza: «En Marruecos puedes sólo comer, pero no pienses en hacer algo más. Yo sueño con abrir un restaurante». Doha, sentada junto a una de las chozas de cañas y paja que habitan en medio de ninguna parte -como de TintÃn en el Congo-, cuenta que ella estudiaba Comercio, que su madre murió y con su padre la vida era «difÃcil». Habla francés, un poco de inglés, y se ha empeñado en aprender «un poco de español, porque me gusta mucho», dice.
En medio de la conversación aparece otro chico que sólo habla árabe. Nos traducen su historia: «No tiene papeles ni siquiera en Marruecos. Su padre tenÃa problemas con el alcohol, con su madre… No tiene ni identificación marroquÃ. ¿Qué puede hacer?», preguntan, con un punto inocente.
Ambos se ponen a explicar la ausencia de democracia en Marruecos, pero no son capaces de ponerle palabras claras: «Aquà gritamos ‘asilo’ y la PolicÃa española te ayuda, no te pega. Allà te pegan a la primera. Los profesores se manifestaron y les pegaron».
¿Conocen qué necesitarÃan para que la ley española les diera asilo? Ni idea. Les explicamos que tendrÃan que justificar algún tipo de persecución. Ossama narra que tuvo un conflicto con un policÃa en Casablanca, y tuvo que sobornarle, dice, «con 1.000 euros, que para nosotros es mucho, mucho, mucho dinero».
«¿Saben en España que estamos aquÃ?», preguntan. Claro, y tanto que se sabe. Doha se decidió a saltar el 31 de julio, un dÃa después de que empezara el gran éxodo migratorio. Ossama llevaba tiempo madurándolo: «Cuando leà en redes que decÃan que España iba a sacar del agua a todo el que se tirara allà me decidû.
Hace cuatro dÃas el Ejército peinó estos montes. «Vinieron y nos tiraron todo, a mà me insultaron en plan racista, pero aquà seguimos», dice él. Comprando en una tienda, vieron un altercado y un ceutà que enseñaba una pistola que llevaba en el pantalón, cuenta, muy impresionada, ella.
A su alrededor, el bosque, pequeños montones de basura, y al fondo el Estrecho, desde el que ayer se veÃan perfectamente Gibraltar y la PenÃnsula.

