Publicado: junio 12, 2026, 1:07 am

Nadie puede definirse cristiano si desatiende el dolor de quienes sufren atravesando el mar. El discurso del Papa desde el muelle de Arguineguín, en Gran Canaria, es ya uno de los más importantes hasta ahora de su Pontificado. Y, sin duda, el más contundente en lo que se refiere al fenómeno migratorio. Del mismo modo que, hace unos meses, en plena deriva belicista de Donald Trump aclaró que hacer la guerra es ir en contra de Dios; León XIV, en el primer viaje de la historia en el que un obispo de Roma alcanza Canarias, dejó de manifiesto que ser creyente implica, inevitablemente, cuidar del «hermano que llega» porque -en la idea del imago Dei-, «cada persona resplandece la imagen y semejanza» de Dios. Vale también para el resto de la humanidad.
El Pontífice, en el muelle canario de Arguineguín, pronunció unas palabras concisas, inequívocas; dentro de un discurso estructurado que vincula el concepto de «dignidad humana» al ser «creyente» y, por tanto, subrayando la importancia de la «misericordia» -por si hubiera alguien que, siendo cristiano, todavía dudara de si ello no fuera la quintaesencia de los discípulos de Cristo- concreta, «que puede salvar y cambiar vidas». La misericordia, a nivel individual o internacional, como algo concreto: «Comienza con gestos pequeños, a veces con unas cuantas galletas y un poco de leche». Difícil no reflexionar con dos productos tan concretos.
Un mensaje articulado para creyentes, pero que Robert Prevost, como líder geopolítico, extiende a «autoridades», «parlamentos», «gobiernos», «comunidades cristianas», a las demás «religiones» y a «todos los hombres y mujeres de buena voluntad». De forma que la historia no tenga que «acusarnos» de haber convertido «el dolor de los que sufren» en el «paisaje de nuestras costas». Y hace un llamamiento al resto del continente: «Europa no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas».
El hermano que llega. Es la idea sobre la que gira la catequesis migratoria de León XIV, quien en su historia personal mezcla, como ningún pontífice antes en la historia, la unión vivencial entre teología y misión. Robert Prevost tiene claro que no apartará la mirada de estas aguas porque el sucesor de Pedro «no puede desentenderse de estos muelles». El Papa, además, sabe que los desplazamientos históricos y antropológicos de nuestro tiempo tienen lugar a través de la acción de las «mafias», «monstruos» que «trafican con la desesperación» de «migrantes», «mujeres» y «niños»; permitiendo que «los pobres sean tragados por la explotación o el olvido». Frente al migrante, al hermano que llega, el Papa pronunció ayer una frase de máxima humildad, religiosa y humana: «Queridos migrantes, quiero inclinarme ante su dignidad». Un Papa. Que se inclina. Frente a los últimos.
El Papa recurrió a su propia simbología como líder religioso para justificar la atención que, no sólo todos los seres humanos sino en especial los cristianos, deben mantener hacia de aquellos que, en el mar, «arriesgan la muerte» para «buscar la vida». En cuanto sucesor del vicario de Cristo, León XIV recordó que en su mano lleva «el anillo del pescador», apelando a cuando Jesús llamó a Pedro y le dijo en el lago de Galilea que, a partir de ese momento, sería «pescador de hombres». Dos milenios después su Iglesia, frente a las costas de Canarias, sigue definiéndose a sí misma frente al agua. Donde creer en el Padre implica, lleguen de donde lleguen, proteger a los hermanos.
