Publicado: junio 8, 2026, 4:23 am
Vivimos en la era de la información, donde redes sociales y medios de comunicación difunden contenido de nutrición y salud de forma masiva. Tenemos más acceso que nunca a estudios científicos y consejos útiles, pero también estamos expuestos a afirmaciones falsas y sin fundamento. Muchos mitos que carecen de evidencia científica, a fuerza de compartirse y repetirse, acaban convirtiéndose en verdades absolutas.
De hecho, incluso estudios científicos reales —pero que necesitan mayor profundidad o no están bien diseñados— pueden transformarse en consejos de salud que inundan nuestras redes sociales y acaban consolidándose como creencias populares.
Interpretar correctamente la información es clave
Al interpretar estudios científicos es frecuente confundir correlación con causalidad. Por ejemplo, en un estudio observacional se podría encontrar que un mayor consumo de helado se asocia con una mayor incidencia de quemaduras solares en la población. A primera vista, esta relación podría interpretarse de forma errónea como un efecto causal, sugiriendo que el consumo de helado incrementa el riesgo de daño cutáneo.
Sin embargo, este hallazgo debe analizarse con cautela. El aumento en la ingesta de helado coincide habitualmente con los meses de verano, periodo en el que también se incrementa la exposición a la radiación solar. Durante esta época, las personas tienden a pasar más tiempo al aire libre, lo que eleva el riesgo de quemaduras solares independientemente de su dieta. Por tanto, la relación observada corresponde a una asociación y no a una causalidad. El consumo de helado actúa, en este contexto, como un indicador indirecto de una mayor exposición al sol, siendo esta la verdadera responsable del aumento en las quemaduras cutáneas. Este ejemplo ilustra la importancia de considerar variables de confusión y factores estacionales al interpretar resultados en estudios clínicos.
Los mitos sobreviven mejor que la evidencia
En consulta, es frecuente encontrar numerosos mitos y creencias, muchos de los cuales abordo en mi libro El poder de comer bien. En estas últimas semanas me he encontrado con ideas que se repiten: que el huevo es perjudicial, que la fruta es un problema, que el vino protege el corazón o, incluso, pacientes que preguntan si beber agua de mar diluida puede mejorar la salud. Desde luego, no es una solución.
Hay algo que no cambia: los mitos sobreviven mejor que la evidencia. Pacientes informados y preocupados por su salud repiten ideas que han escuchado muchas veces. Algunas suenan razonables; otras, directamente peligrosas. Casi todas comparten un rasgo: simplifican en exceso.
El mito del huevo
Durante años, el huevo fue señalado como responsable del colesterol alto. Hoy esa idea está, en gran parte, superada. Sabemos que el colesterol de la dieta tiene un impacto mucho menor del que se pensaba en la mayoría de las personas. El riesgo cardiovascular depende más del conjunto: exceso de grasas saturadas, consumo de ultraprocesados, sedentarismo o tabaquismo.
El huevo, por el contrario, es un alimento nutricionalmente interesante: aporta proteína de alta calidad, vitaminas y minerales. En personas sanas puede consumirse a diario dentro de una dieta equilibrada. El problema rara vez es el huevo; suele ser el contexto en el que se consume.
Ojo con el ‘agua de mar’
En los últimos años, beber agua de mar -diluida o en productos comercializados como «plasma marino» -ha ganado presencia en redes sociales y en ciertos discursos sobre salud. La narrativa es conocida: natural, rica en minerales, casi esencial. Incluso se recomienda mezclar aproximadamente un 30% de agua de mar con un 70% de agua dulce, pero esa proporción no responde a ningún criterio médico ni es segura.
El agua de mar puede contener microorganismos, metales pesados o microplásticos y, aunque se diluya, su principal componente sigue siendo el sodio, en concentraciones muy superiores a las que el organismo necesita. No hidrata mejor; puede, de hecho, favorecer la deshidratación y elevar la presión arterial. En personas con hipertensión, enfermedad renal o insuficiencia cardíaca, el riesgo es evidente. Y en población general, simplemente no aporta ningún beneficio demostrado.
En general, el agua de mar no aporta ningún beneficio demostrado
A pesar de ello, se comercializa como un producto casi terapéutico, apelando a su origen o a una supuesta pureza «natural». Pero natural no equivale a útil ni a necesario. Las promesas asociadas -mejor digestión, más energía, efectos sobre el envejecimiento o incluso sobre enfermedades graves- no cuentan con respaldo sólido.
Desde el punto de vista nutricional, si el objetivo es aportar minerales, alimentos como legumbres, frutos secos, verduras o lácteos tienen un impacto mucho mayor y mejor documentado. El organismo, además, regula estos minerales de forma precisa a través del riñón y la alimentación, no del tipo de agua que se consume.
Cuando se presenta como alternativa o apoyo frente a enfermedades como el cáncer, se entra en un terreno especialmente problemático. Conceptos como «alcalinizar el cuerpo» u «oxigenar la sangre» no se sostienen desde la fisiología. El pH sanguíneo está estrictamente regulado y no se modifica con este tipo de prácticas. En este punto, el problema ya no es solo la falta de evidencia, sino el riesgo de generar falsas expectativas o interferir con tratamientos eficaces.
Conviene hacer una distinción: en contextos muy concretos, como el ejercicio intenso y prolongado, sí tiene sentido reponer electrolitos, pero con soluciones formuladas de manera precisa, no con agua de mar.
La fruta, siempre en la polémica
Probablemente, el mito más frecuente en consulta es otro: «Estoy dejando la fruta porque engorda» No es así. La fruta contiene azúcares, sí, pero también fibra, agua y una matriz que modula su absorción. No se comporta como un producto azucarado. Eliminarla suele ser un error, sobre todo cuando no mejora el resto de la dieta.
Otra duda habitual es si «la fruta sube la glucosa». Es cierto que la eleva, como cualquier alimento con hidratos de carbono, pero eso no la convierte en perjudicial. La clave está en el contexto: cantidad, tipo de fruta, combinación con otros alimentos o momento del día. No es lo mismo un zumo que una pieza entera, ni tomarla sola que acompañada. Más que eliminarla, conviene aprender a integrarla.
Esa copita de vino
El vino es, probablemente, uno de los mitos más arraigados. Durante años se ha defendido que una copa al día podía ser beneficiosa para el corazón. Hoy esa idea ha quedado atrás. La evidencia científica actual es clara: no existe un nivel seguro de consumo de alcohol para la salud. El riesgo empieza desde la primera copa.
Los supuestos beneficios que se atribuían al vino se explican mejor por el patrón de vida de quienes lo consumían —como una dieta más saludable o mayor nivel socioeconómico— que por el alcohol en sí. Además, los compuestos potencialmente beneficiosos presentes en el vino pueden obtenerse fácilmente a través de alimentos sin necesidad de ingerir alcohol. El mensaje, por tanto, es directo: el consumo recomendado es cero. Si una persona no bebe, no hay ningún motivo para empezar. Y si bebe, reducir al máximo es la opción más saludable.
La clave está en el orden
Mientras se debate sobre el huevo, la fruta o el vino, a menudo se pierde de vista lo importante: la calidad global de la dieta, el exceso de ultraprocesados, el sedentarismo, el descanso insuficiente o el consumo habitual de alcohol. La nutrición no se decide por un alimento aislado, sino por los patrones que se mantienen en el tiempo.
En consulta, la prioridad no es prohibir alimentos, sino ordenar prioridades. Porque el riesgo no está en una manzana, ni en un huevo, ni en una comida concreta, sino en los hábitos que se repiten cada día. Comer mejor no suele requerir decisiones complejas, sino consistentes: más alimentos frescos, menos productos ultraprocesados, más movimiento, mejor descanso. Y, sobre todo, menos ruido. Porque cuando todo parece importante, es fácil perder de vista lo esencial. Y en nutrición, lo esencial rara vez es lo que más se discute.
