Publicado: octubre 3, 2026, 3:24 am
Sobre la mesa hay unas llaves, un móvil y lo que parece un estuche de auriculares inalámbricos. Dentro, sin embargo, hay un estimulador de clítoris. El parecido resulta curioso, pero la pregunta que abre tiene más recorrido: ¿qué buscamos cuando elegimos un juguete sexual que no parece un juguete sexual?
La respuesta más inmediata sería discreción. Ahora bien, esa palabra admite motivos distintos. Puede tener que ver con el pudor, con la comodidad de llevarlo en el bolso o con preferir que una visita no identifique los objetos de nuestra vida íntima.
Snap, el nuevo dispositivo de Womanizer, sirve como ejemplo. Su formato compacto y su estuche de carga recuerdan a los de unos auriculares inalámbricos -aunque incorpora también un espejo-. Según Elisabeth Neumann, sexóloga y directora de investigación de usuario de la compañía, esa familiaridad fue una de las necesidades que guiaron su desarrollo: crear «un producto que encaje en la colección de accesorios cotidianos» que las clientas ya tienen y «que no llame la atención«.
A esa idea se sumaron otras dos peticiones, explica: que fuera pequeño, ligero y fácil de limpiar para viajar y que estuviera «siempre listo». El estuche, que lo carga mientras lo guarda, responde a esa búsqueda de comodidad.
La comparación con unos AirPods funciona porque reconocemos enseguida cómo se usa ese estuche y qué lugar puede ocupar en el bolso. También porque, a simple vista, permite mantener en privado su contenido. Y es en ese cruce entre familiaridad y discreción donde el lanzamiento tiene algo que contar más allá de sus prestaciones.
Más de una década buscando el placer
Womanizer lleva desde 2014 trabajando en esta categoría. Aquel año, Michael y Brigitte Lenke desarrollaron en Alemania su primer estimulador de clítoris con una tecnología de pulsaciones de aire, bautizada como Pleasure Air. Doce años después, la novedad de este modelo tiene mucho que ver con lo que ocurre antes y después de utilizarlo: dónde se guarda, cómo se carga y si resulta cómodo meterlo en una maleta.
Entre ambos momentos, la marca ha pasado de caminar sola a formar parte de una estructura empresarial de alcance internacional: se integra en Lovehoney Group, que nació en 2021 de la unión de Lovehoney y WOW Tech y reúne, entre otras, a Womanizer, We-Vibe y Arcwave, tres de las firmas de juguetes sexuales más reconocidas del mundo. La unión llegó después del auge de ventas que acompañó a los confinamientos de la pandemia en 2020. Pero tal vez lo más impactante no es el emporio que representa, sino que detrás de productos como el pequeño Snap hay una industria que investiga hábitos y desarrolla tecnología puntera en función de ellos.
Para saber qué mejorar, la empresa necesita que alguien le cuente lo que ocurre cuando utiliza sus productos: qué resulta cómodo, qué molesta o qué acaba haciendo que un juguete se quede en el cajón. De esa tarea se ocupa el equipo de Neumann, que recoge experiencias mediante entrevistas, grupos de discusión y encuestas. Una de sus herramientas es el MasturbaTEAM, una comunidad de miles de personas que prueban los dispositivos y comparten sus impresiones. Uno de los objetivos es que «crezca la aceptación general y los juguetes sexuales se conviertan simplemente en los objetos cotidianos normalizados que deberían ser«.
Sin embargo, al preguntar a Neumann por lo que las usuarias cuentan sobre dejar sus juguetes a la vista, aparece un matiz que complica el relato de la normalización. Según observa en su trabajo con ellas, la comodidad cambia si viven solas, comparten casa o esperan visitas. Algunas prefieren guardarlos para evitar mostrárselos a familiares o amistades, una decisión que relaciona, entre otros motivos, con el «respeto a los límites de esa otra persona».
La apuesta por una ‘discreción visible’
Guardar un juguete admite distintas explicaciones. Puede haber vergüenza, pero también una preferencia por la privacidad o pocas ganas de responder preguntas. Womanizer llama ‘discreción visible’ a su propuesta para moverse en ese terreno: un diseño que permite tener el dispositivo a mano sin que se reconozca inmediatamente su función.
La diseñadora Ti Chang, cofundadora de Crave, lleva años explorando la relación entre apariencia y aceptación desde otro objeto familiar: la joyería. En 2014 lanzó Vesper, un vibrador que se puede llevar como un collar. En lugar de guardarse en el bolso, forma parte de lo que una persona elige ponerse. En una entrevista con el Royal College of Art, Chang explicaba que algunas usuarias le habían contado que el collar les ayudaba a iniciar conversaciones sobre placer con sus amistades y parejas. Para la diseñadora, la estética y los materiales podían despertar curiosidad y facilitar un acercamiento a objetos que antes resultaban incómodos.
Neumann apunta a un efecto parecido cuando habla de formas ‘monas’ o familiares: según su investigación general, pueden animar a las personas a enseñar su juguete y hablar de él con menos miedo «a sentirse juzgadas».
Esa posibilidad tiene interés en una sociedad en la que las experiencias con el autoplacer siguen siendo distintas entre el sexo femenino y el masculino. La Encuesta Nacional de Salud Sexual de 2025, realizada con 9.009 entrevistas a personas de 16 años o más, recoge que el 73,9 % de las mujeres declara haberse masturbado en solitario alguna vez, frente al 93,8 % de los hombres. La pregunta incluye hacerlo con o sin juguetes.
Neumann sostiene que las formas discretas eliminan «la necesidad de esconder el juguete o preocuparse por ello» y permiten a la usuaria «soltar cualquier emoción asociada a la exposición o la visibilidad«. La marca espera que esa familiaridad ayude a normalizarlos. No obstante, la idea encierra una tensión: el juguete gana espacio en la vida cotidiana precisamente porque puede pasar inadvertido y puede ser cómodo para quien lo utiliza, pero no hace que el tabú desaparezca.
