Publicado: abril 4, 2026, 9:12 pm
Primero de una serie de tres partidos, éste era el menos trascendente, sobre todo habiendo comprobado unas horas antes que el Madrid no tiene inconveniente en que su eterno rival gane la Liga y sin esforzarse demasiado. El Barcelona salió ordenado, aplicado, como un niño que se sabe la lección cuando el maestro le llama a la pizarra. Muy intensos Fermín y Lamine, creando peligro de la nada. Pero con un toque mágico, túnel incluido a Cubarsí, Griezmann desnudó la fragilidad de la zaga azulgrana. Araujo pareció un turista en la jugada. Cuando el Atlético superaba la presión, el sistema Flik temblaba. Ninguna sorpresa al fin y al cabo: mucha vocación visitante, aunque sin marcar las diferencias; peligro local durmiente. El Barça jugaba a su mejor nivel y el Atlético no acababa de comparecer, como si administrara sus recursos pensando en la serie completa. Simeone sabía que tendría su momento cuando los chicos de Flick se cansaran y su línea de presión se reblandeciera, y es lo que empezó a pasar a partir del minuto 20. Griezmann falló lo que un jugador de su nivel no puede desaprovechar, pero el drama para el Barça, que perdió el control del partido, el ritmo y el balón, ya se había desencadenado. El Atlético palma lo importante contra el Madrid, pero dejando a un lado esta parte de su destino trágico, es un equipo compensado, que sabe sufrir para paliar sus defectos, y que conoce sus virtudes y sabe beneficiarse de ellas, siempre que Griezmann se acuerda de comportarse como un profesional y no como un influencer. Al Barça, en cambio, sólo le interesan sus virtudes y, salvo Joan García, no tiene ninguna estrategia clara y creíble para disimular sus defectos y carencias. Hay algo de atractivo en el desprecio con que Flick se relaciona con sus abismos, pero lo que conceptualmente puede resultar divertido, suele crear agujeros en la cuenta de resultados. El Atlético no tiene el talento ni la alegría del Barça, pero tiene una maquinaria mucho más constante y engrasada. Los dos goles (y el palo de Lamine) tuvieron que ver con las luces y las sombras de estas características. Con la expulsión de Nico, justa, y la no expulsión de Gerard Martín, injusta, el VAR desequilibró la noche y el Barça volvió a tener unos minutos de juego eléctrico, paciente y brillante. Pero se le resistía el gol, y el Atlético, fiel al carácter de entrenador, sufría en silencio sin desentenderse del partido, a la espera de un resquicio para ganar a su manera. La sensación de superioridad del Barça era tan innegable como que no acababa de poder doblegar a un rival con diez y que tampoco jugaba a su máximo nivel. Lo que falló Ferran en el 70 fue casi tan grave como lo que falló Griezmann en la primera parte. Era imposible no recordar los partidos de Pep y Messi contra este mismo equipo o contra el Chelsea: tanto talento estrellado contra un muro ciego. ¿Era heroicidad la resistencia del Atlético? Sin duda lo era, pero también mucho trabajo, mucha idea, una disciplina admirable de todo el grupo como un solo hombre y con un solo destino. El Barça insistía, se impacientaba, volvía a insistir, se impacientaba. No estaba lejos de la victoria, pero se le notaba temeroso del peso de no lograrla. Al final, de rebote afortunado, Lewandowski liberó las angustias momentáneas pero sin crear un claro precedente. La eliminatoria de Champions estará entre los destellos de luz de los jóvenes, con todos sus defectos; y la telaraña más consciente y trabajada, pero menos talentosa, de Simeone.
