Publicado: mayo 21, 2026, 2:36 pm
Ser una de las sedes del Mundial de Fútbol es, en su mayoría, un buen prestigio, en especial respecto a la inversión y proyección internacional. Sin embargo, a medida que se acerca la cita de 2030, que organizarán conjuntamente España, Portugal y Marruecos, algunas ciudades españolas han empezado a hacerse una pregunta incómoda: ¿merece realmente la pena asumir las exigencias de la FIFA?
Lo cierto es que esta misma pregunta ha pasado por la mente de los vascos. Las instituciones del País Vasco han expresado dudas sobre la conveniencia de que San Mamés y la Reale Arena formen parte del torneo, especialmente por las condiciones organizativas y económicas que exige la FIFA. Pero antes de que Bilbao o San Sebastián pusieran sobre la mesa estas reflexiones, otras tres ciudades ya habían tomado una decisión más drástica: abandonar el proyecto.
A Coruña: una inversión difícil de justificar
El estadio de Riazor figuraba entre las sedes seleccionadas inicialmente, pero el proyecto acabó chocando con una realidad económica difícil de asumir. El estadio coruñés, con una capacidad cercana a los 32.000 espectadores, debía ampliar su aforo hasta superar el mínimo exigido por la FIFA para albergar partidos mundialistas (40.000). Las estimaciones situaban la inversión necesaria en torno a los 100 millones de euros.
A ello se sumaban otras exigencias relacionadas con infraestructuras, movilidad, aparcamientos y capacidad hotelera. Con el paso de los meses, las administraciones concluyeron que el esfuerzo económico era demasiado elevado para los beneficios esperados. La ciudad gallega optó por retirarse antes de comprometer recursos públicos de gran magnitud.
Gijón y el coste de reformar El Molinón
El caso de Gijón fue uno de los primeros en evidenciar las dificultades que entrañaba el proyecto mundialista. El principal escollo era la remodelación de El Molinón-Enrique Castro «Quini», que requería una importante ampliación para adaptarse a los estándares internacionales. Para ello sería necesaria una inversión de hasta 150 millones de euros y una ampliación del aforo hasta las 45.000 localidades.
La alcaldesa, Carmen Moriyón, defendió la decisión alegando que el Consistorio no podía comprometer fondos públicos sin disponer de un plan financiero cerrado. Además del elevado coste de la reforma, el Ayuntamiento manifestó sus dudas sobre un proceso que consideraba poco transparente. Moriyón aseguró posteriormente que la ciudad optó por no embarcarse en una operación que podía «hipotecar» a Gijón durante años si el proyecto no salía adelante en los términos previstos.
Málaga: inconvenientes para el club
La renuncia de Málaga fue probablemente la más mediática. La ciudad andaluza figuraba entre las sedes elegidas por la Real Federación Española de Fútbol, pero las dificultades para remodelar La Rosaleda acabaron inclinando la balanza hacia el no.
Las obras previstas superaban los 250 millones de euros y obligaban al Málaga CF a disputar sus partidos durante varias temporadas en un estadio alternativo con una capacidad muy inferior a la de sus abonados habituales. El alcalde, Francisco de la Torre, justificó la decisión asegurando que continuar con el proyecto suponía más inconvenientes que ventajas para la ciudad y para el club.
