Publicado: abril 2, 2026, 3:05 pm
No son un tamal popular en todo México ni uno que aparezca con facilidad en las vitrinas. Los tamales de Judas pertenecen más bien a esa cocina de circulación limitada que sigue viva en ciertas comunidades del centro del país, sobre todo en el Estado de México, donde se preparan de manera estacional durante Semana Santa.
Su rareza no está en lo extravagante, sino en lo contrario: en haber permanecido ligados a un territorio, a una fecha precisa y a una lógica doméstica que no necesitó masificarse para conservar sentido.
La mayoría de los mexicanos reconoce de inmediato un tamal verde, de mole o de dulce. Los de Judas juegan en otra liga: la de las recetas que se sostienen más por costumbre local que por difusión nacional.
Larousse Cocina los ubica como una preparación típica del Estado de México, mientras que México Desconocido los vincula de manera más específica con la zona de Teotihuacán, en especial con San Martín de las Pirámides. Esa localización importa porque ayuda a entender por qué siguen siendo poco conocidos fuera de su región de origen.
Te puede interesar
Más que un antojo extendido, son una especialidad de calendario. Aparecen cuando la cocina de Semana Santa reorganiza ingredientes, tiempos y formas de comer. Por eso su presencia resulta más fuerte en la memoria comunitaria que en el mercado masivo.
El nombre remite a Judas Iscariote y a las representaciones populares de la Semana Santa. Se preparan únicamente en esta temporada y se solían colgarse después de cocinarse, lo que terminó asociándolos con la imagen del ahorcamiento de Judas. También se documenta que suelen comerse fríos, una característica poco común frente a la costumbre de servir el tamal apenas sale de la vaporera.
Ese vínculo con Judas no significa que la receta haya nacido del ritual católico. El tamal, como preparación, tiene un origen prehispánico: Larousse Cocina señala que proviene del náhuatl tamalli y que forma parte de una tradición mesoamericana mucho más antigua. Lo que ocurrió después fue una superposición cultural: una base indígena de maíz envuelto encontró un nuevo significado dentro del calendario religioso novohispano y popular.
Los tamales de Judas no responden a una sola receta fija. Larousse Cocina describe una versión hecha con masa de maíz, cerdo molido mezclado con manteca, agua de cáscaras de tomate, tequesquite y miel de piloncillo; el relleno puede llevar pasta de alverjón, haba o frijol mezclados con azúcar.
Hay algo particularmente valioso en estos tamales: siguen contando una historia del centro de México desde sus ingredientes. El alverjón remite a una cocina campesina y de leguminosas; el tequesquite conserva una técnica de sazón anterior a los impulsores industriales modernos; el maíz azul, rojo o negro mantiene visible la diversidad del grano en una época que suele reducir la masa a versiones homogéneas.



