Publicado: mayo 26, 2026, 3:15 am
En una colonia de la Ciudad de México, en sus mejores tiempos joya del patrimonio histórico, ahora amenazada por la creciente gentrificación, había una banqueta. Una banqueta cualquiera en ese barrio de calles empedradas y viejas casonas entreveradas con construcciones modernas, modestas tienditas, restaurantes y alguna fonda. Como muchas otras, la banqueta se veía desgastada por el tiempo y el abandono: sus lajas lisas bailaban al paso de los caminantes, algunas trastocadas por raíces de frondosos árboles, otras rotas o ausentes. Hasta que un día, el vecindario se fijó en el trecho que unía la iglesia con el parque, bordeando la entrada de la escuela pública, y decidió destinar el presupuesto participativo a esa banqueta en particular. Cuando vieron acumularse sacos de arena y cemento frente a su escuela, los niños casi hacen fiesta: podrían al fin salir corriendo o brincar sin tropezarse, sus mamás ya no arriesgarían sus tacones y tobillos, su banqueta se vería tan pareja y bonita como la de la plaza. Los trabajos avanzaron a buen ritmo… hasta la mitad de aquel trecho.
Un martes, la cuadrilla que se afanaba frente a la escuela se mudó dos calles abajo y empezó a reparar otra banqueta. Justo ahí vivía un personaje que creía derivar de su apellido, sus antepasados, cargos o fortuna un valor particular. En todo caso, Alguien” había decidido que emparejar esa banqueta era más urgente que terminar bien la que ahora quedaba a medias. Los trabajos prioritarios con presupuesto vecinal se detuvieron largos días, pese a quejas y exigencias ante las autoridades municipales.
La mala racha de la calle había empezado antes. Meses atrás, la tiendita de la esquina cerró después de treinta años porque el dueño del local subió tanto la renta que el negocio familiar se volvió insostenible. Doña Gloria, la marchanta de canastas que se instalaba frente a la iglesia los domingos se quedó sin lugar donde dejar su mercancía y cargaba con ella cada semana. Para colmo, su prima Eduviges, artesana indígena que desde el 2015 vendía jarrones y macetas cerca del parque, sufría el acoso de nuevos “inspectores” que subían la “cuota” a capricho y, ante sus lamentos, le exigían un permiso que, a saber por qué, las autoridades le negaban, mientras que otras vendedoras se instalaban donde quiera y en calles aledañas prosperaban puestos conectados al alumbrado público, que sí estorbaban el paso. A Eduviges no le quedó más que pasear calle arriba, calle abajo, su menguada mercancía.
El tiempo no sana todo pero pasa. Terminado el arreglo de la banqueta privilegiada, se reiniciaron los trabajos donde empezaron. Más lentos porque a ratos surgen nuevas “urgencias” que nadie explica ni entiende. Ilusos o persistentes, escolares y vecinos todavía guardan la esperanza de ver su banqueta emparejada antes de que las lluvias arrecien y se lleven la arena, como el año pasado arruinaron el paso peatonal dejado a medias.
Viejos vecinos de la zona se preguntan si algún día cambiarán las cosas. En esa y otras calles y alcadías, partidos van, promesas vienen, al ritmo de las elecciones o de “eventos” como el Mundial. La vida cotidiana del vecindario y su población móvil, que da energía y ambiente al barrio, mejora a trechos, gracias a la voluntad vecinal o al súbito interés de alguna “autoridad”… Aun así, ¿qué puede hacerse cuando los actos administrativos contrastan con el discurso oficial; cuando “Alguien”cambia las prioridades según influencias o conveniencias, cuando los propios vecinos ignoran el bien común?
Una posible moraleja de esta historia es que algunas autoridades y personas todavía creen que , como en la Granja de Orwell, “Todos los animales fueron creados iguales pero algunos son más iguales que otros”. Otra, que, aun así, el futuro no está escrito y podemos cambiarlo.
Y era sólo una banqueta…

