Publicado: julio 10, 2026, 12:24 am
Carlos Rodríguez-Galindo (Reus, 1962) siguió la tradición familiar. Su padre, sus tíos, sus abuelos…, todos eran médicos. Su destino estaba marcado y él no se resistió. «Era difícil hacerlo cuando veías a tanta gente a tu alrededor ayudando a los demás», recuerda en Madrid, invitado por la Fundación Aladina. No solo estudió Medicina. Decidió especializarse en Pediatría y en una rotación en el servicio de Oncología entendió cuál era su verdadera vocación: tratar la enfermedad que más sufrimiento causaba. Y quiso ser como otros oncólogos infantiles que, cuando terminaban su turno, se quedaban en el hospital vigilando a sus niños, inquietos por que la fiebre les subía o el tratamiento empezara a funcionar. «Les admiraba, pero en España no había posibilidad de formarse bien. O eras pediatra y aprendías sobre la marcha en oncología o te especializabas como oncólogo y tratabas de adaptarte a los pacientes infantiles». Así que Rodríguez-Galindo puso rumbo a Estados Unidos. Se fue por un año y ya lleva más de tres décadas al otro lado del Atlántico. En el hospital St. Jude (Memphis, Tennessee), la meca de la oncología infantil, emprendió una carrera imparable que le llevó a otros centros de prestigio: la Universidad de Harvard, el Instituto oncológico Dana-Farber, el Hospital Infantil de Boston y de vuelta al St. Jude, donde su agenda pasó a ser global. Allí todos los niños con cáncer del mundo se convirtieron en sus potenciales pacientes. Porque este médico de Reus lidera un proyecto internacional que procura avances para todos los niños con enfermedad oncológica. La Alianza Global del St. Jude que dirige trabaja en cien países con medio millar de instituciones donde tratan cada año a miles de niños. Su modelo consiste en procurar el mejor tratamiento, adaptado a los recursos de cada país y, cuando no es posible, facilitar su evacuación. Así ha salvado los últimos años a niños enfermos de Gaza y Ucrania, «con operaciones casi secretas» y la ayuda de gobiernos como el español. —El objetivo del St. Jude es que ningún niño con cáncer muera sin tratamiento. ¿Cómo se aborda esto desde un solo hospital? Parece una labor ingente. —El 86 % de los niños con cáncer se curan cuando hay un equipo médico, un diagnóstico y tratamientos de calidad. El problema es que más del 80% de los niños que desarrollarán un cáncer no viven en zonas con estos recursos. Cada año se detectan 400.000 casos en el mundo, 200.000 de estos niños fallecen casi tras el diagnóstico y de los otros 200.000 quizá solo la mitad de ellos sobreviven. Por eso es tan importante nuestra labor. En nuestro departamento de medicina pediátrica global intentamos a través de distintos métodos de investigación desarrollar soluciones, implementarlas y escalarlas. No estamos solos. Trabajamos con instituciones en cien países, además de agencias como la Organización Mundial de la Salud y Unicef. Hemos creado una comunidad, un ecosistema para generar evidencia científica, manejar guías de tratamiento, crear registros y dibujar bien el problema de cada zona. —Pero a un niño con cáncer en mitad de una guerra no le sirve mucho ese apoyo académico. —Tiene razón, pero entonces organizamos la evacuación. Hasta ahora más de 1.400 niños de Ucrania con cáncer se han trasladado a diferentes países de Europa, incluida España. Fue posible porque facilitamos la logística. No actuamos como Médicos Sin Fronteras, no ponemos ambulancias ni tenemos equipos sobre el terreno. Involucramos a oncólogos pediatras y a sus países. Ahora mismo estamos trabajando con pacientes de Gaza, acogidos por España e Italia. —A veces son operaciones casi secretas. —Sí, lo son, pero simplemente porque nadie quiere llamar la atención. En la región de Gaza todo es políticamente muy complicado. Pero hemos encontrado muy buena colaboración de todas las administraciones, tanto del Gobierno de Estados Unidos, como el israelí, Egipto o Jordania. —Y en países donde no hay guerras, ¿cómo ayudan? —Adaptamos las terapias a los recursos de la zona. Las guías que facilitamos están ajustadas a cualquier eventualidad. No importa que el médico esté en Bombay o en Tanzania, pueden adaptar el tratamiento a los recursos que tengan en el hospital. Quizá no sea lo mejor que podría recibir ese niño, pero sí será una terapia basada en la evidencia y en el consenso médico. —Usted se fue de España por no poder formarse en oncología infantil y esa especialidad aún no existe. ¿Por qué es tan importante? —La formación en oncología infantil no se puede dejar al azar, a la voluntad del pediatra que quiere formarse en cáncer infantil. Aunque tengas médicos con mucha vocación y pasión, debes proporcionarles una estructura educacional. Deben aprender a ser buenos médicos, buenos psicólogos, buenos paliativistas, genetistas… Es un proceso formativo muy importante y la comunidad de oncología pediátrica aquí en España está muy interesada en que esto ocurra. —¿Tan diferente es el cáncer en los niños respecto al de los adultos? —Biológicamente son muy diferentes. Una especialización en oncología médica no te prepara para los tumores infantiles. Además el paciente y su contexto es muy distinto. Pueden ser niños de meses, de uno, dos o tres años… Debes afrontar una terapia para una enfermedad mortal en un cuerpo en desarrollo. Solemos decir que cuando un niño desarrolla cáncer, toda la familia enferma, por el impacto que genera. Son muy vulnerables, dependientes y esto golpea a la familia. —Una vez un colega suyo, experto en radioterapia, me decía que anímicamente un profesional soporta mejor ver estas enfermedades complejas en niños pequeños, más que en una madre joven. ¿Tiene usted esa misma experiencia? —Es curioso, pero muchas veces el servicio más alegre de un hospital es la unidad de oncología infantil. No quiero decir que las familias afectadas sean las más alegres, pero generalmente el ambiente que se crea alrededor de estos niños es único, el amor que les acompaña, los profesionales que los rodean, la manera que ellos también tienen de afrontar la adversidad. A quienes trabajamos en cáncer infantil esto nos hace más fuertes, no más vulnerables. —Si tuviera que elegir, preferiría a un oncólogo de adultos reciclado para tratar niños o a un pediatra que se especializa en oncología infantil? —Siempre a un pediatra que se recicla como oncólogo. —¿Por su mayor sensibilidad? —Sí. Lo importante es saber cómo manejar al paciente y a la familia, saber comunicar…, y eso que creo que los pediatras lo adquieren durante su formación. —¿Cómo ve el futuro del cáncer infantil? ¿Con esperanza? —El futuro es muy prometedor. Hemos avanzado tanto que ya estamos curando aproximadamente al 85 por ciento de los niños que enferman. —Ese porcentaje de curación es mayor que en adultos. —Es cierto, está por encima del 65% de los adultos, incluso con las terapias inmunológicas y terapias diana que han impactado sobre todo en la cronificación de tumores de adultos. La oncología infantil ha aprendido a manejar los tumores de los niños. Los que tratamos a los niños con cáncer hemos sido muy estrictos en aplicar la investigación a todas nuestras decisiones. Además, como el número de pacientes es más pequeño, trabajamos bien en grupos cooperativos para avanzar. Soy optimista y creo que las nuevas terapias van a seguir ayudando a mejorar nuestros resultados. Pero uno de los retos más importantes que tenemos es manejar bien a los supervivientes. Hay muchos problemas médicos, psicosociales, asociados a pacientes jóvenes y adultos que tuvieron un cáncer en su infancia. Se está creando una nueva enfermedad entre los supervivientes y éstos deberían tener un tratamiento preferencial en los sistemas sanitarios y en los seguros médicos.
