Publicado: mayo 22, 2026, 6:23 am
Lo que pretendía ser una guerra relámpago ha superado en el tiempo a la campaña soviética contra la Alemania nazi. Pasan ya más de cuatro años de aquel 24 de febrero en que las fuerzas rusas cruzaron la frontera de Ucrania desde la vecina Bielorrusia con destino a Kiev.
De haber alcanzado la capital aquella enorme columna blindada con aires de victoria el conflicto habría durado unos días y así lo creían en el Kremlin, tanto que en los vehículos destruidos se hallaron uniformes de gala lo que sugería que los invasores esperaban la toma rápida de la ciudad.
Nada de eso ocurrió, las fuerzas ucranianas lejos de intimidarse se centraron en aniquilar a los blindados del principio y el final del convoy emboscando a los centrales hasta obligarles a girar 90 grados y adentrarse desordenados en zonas residenciales donde resultaban muy vulnerables.
El ejercito ucraniano convirtió en chatarra buena parte de la fuerza invasora lo que para Vladimir Putin constituyó una gran humillación obligándole a cambiar de estrategia y pasar del intento de hacerse con toda Ucrania a centrarse en la conquista de los territorios del este, la cuenca del río Donets, la región con mayor proporción de población prorrusa.
Cuatro años y tres meses después de la invasión, Rusia controla entre el 18 y el 20 por ciento del territorio ucraniano incluyendo Crimea que anexionó en 2014. En este tiempo el esfuerzo bélico se ha enfocado en las regiones orientales y meridionales, sobre todo el Dombás donde los rusos controlan mas del 80% de la zona.
Este invierno ha sido especialmente duro para Ucrania a causa de los destrozos en sus infraestructuras energéticas, pero la primavera esta siendo más favorable para las tropas de Kiev que han recuperado algo de terreno cuando en Moscú contaban con que la ofensiva invernal apuntillaría al enemigo.
El desgaste en ambos bandos es brutal pero mientras Ucrania lucha por su propia existencia Rusia tiene ya poco más que ganar en esta guerra que ha debilitado su economía y su prestigio ante el resto del mundo, además de cobrarse la vida de 250.000 rusos, que probablemente sea lo que menos importe a su presidente.
La semana pasada Rusia lanzó 1.500 drones y 40 misiles en menos de 48 horas, una acción que revela el ansia por terminar cuanto antes con esta guerra en la que, a pesar del terreno ocupado, sus logros distan mucho de las expectativas iniciales.
Celebrar el desfile de la victoria en la Plaza Roja sin poder mostrar como otros años sus misiles intercontinentales y vehículos pesados, que era la gran exhibición anual de fortaleza ante los suyos, por temor a un sabotaje, revela hasta que punto el Kremlin no está en su mejor momento. Los enjambres de drones ucranianos se adentran cada vez mas en territorio ruso. Putin habla ahora de una guerra «que está llegando a su fin» y, aunque mantiene en máximos sus condiciones de paz, se presenta más abierto al diálogo. Eso, al menos, cabe deducir de sus últimos comentarios entre los que destaca la disposición a reunirse cara a cara con Zelensky, al que ya no llama neonazi, en un tercer país, e incluso pone sobre el tapete el nombre de un posible interlocutor de la UE, el del ex canciller alemán Gerhard Schroeder, un político ya descartado por la Comisión Europea al haber ocupado altos cargos en empresas estatales rusas.
Son movimientos que sugieren un interés por negociar antes de que su amigo Trump, que presiona a Ucrania para que ceda todo el Dombás, pierda fuerza en las elecciones de Noviembre y haya que meter en la ecuación a la hostil Europa ya sin el apoyo de Orban. Ahora el tiempo corre también en contra de Putin.
