Publicado: julio 22, 2026, 11:41 pm
La lucha contra el dopaje no descansa. Ni por la noche. En el corazón de los Alpes, donde el Tour de Francia se decide entre puertos legendarios y pulmones que arden, el ciclismo volvió a mirarse al espejo. Y lo que vio no fue sólo sudor y esfuerzo titánico, sino una estampa cinematográfica, de película de espías: médicos del control antidopaje llamando a las puertas de las habitaciones de Tadej Pogačar y Jonas Vingegaard en plena madrugada. Despertaron al danés a las 2:00 y posteriormente al esloveno a las 5:00. Sueño interrumpido, recuperación truncada, y una pregunta que flota en el aire: ¿hasta dónde debe llegar la vigilancia para garantizar un deporte limpio? El doctor David Capapé, asesor de deportistas de élite, confiesa a ABC que estas prácticas no le convencen: «Me parece mal que no se respete el descanso de un ciclista, por decir algo. Yo creo que entre las 22 horas y las ocho de la mañana no se les debería molestar. Me parece algo de sentido común, respetar un poco la privacidad de las personas, el descanso». Tampoco ve bien estos controles nocturnos el doctor López Calbet, catedrático de Fisiología. «En el Tour, con esfuerzos tan grandes, el tiempo para el descanso es muy limitado e interrumpirlo para hacer una extracción de sangre genera un estrés que puede afectar a la calidad del sueño. Si se hace a todos, sería justo. Pero si se les hace sólo a los primeros, no. La calidad del sueño está muy relacionada con el rendimiento. Y aunque pudieran doparse con microdosis por la noche, esto me parece demasiado invasivo. Desde el punto de vista ético no me parece justificado, se hace más mal que lo que se quiere evitar. Es exagerado». ¿Por qué se llevan a cabo estos controles nocturnos? Irónicamente el origen parece estar en las denuncias de Víctor Conte, un gran tramposo del dopaje, organizador del ‘caso BALCO’, quien denunció en un vídeo que la pausa nocturna (de 23:00 a 6:00) de los controles es realmente una oportunidad para doparse. «A las 23.01 puedes inyectarte EPO, testosterona, hormona del crecimiento… en microdosis y no te cazan», declaraba Conte, fallecido el pasado mes de noviembre. En el mundo del dopaje se acostumbra a llamar vampiros a los médicos que efectúan los controles de dopaje. En este caso la actuación nocturna sí ha dado sentido por primera vez al calificativo. La normativa de la UCI y la ITA permiten estos controles nocturnos ante «sospechas graves y específicas», con autorización judicial, precisamente para combatir el ‘microdosing’ y las maniobras que se diluyen con el paso de las horas. En Francia, la ley dicta que sólo un juez puede romper el descanso de los atletas por la noche. Y esta vez, un juez de París dio el visto bueno para visitar a los dos dominadores del Tour justo antes de una etapa de montaña decisiva. Pogačar, con su sonrisa casi perenne, lo contó con deportividad pero sin ocultar el fastidio: cuatro horas de sueño, cafés a deshora y una noche convertida en vigilia. Vingegaard, que luego abandonaría por una caída, habló de que le costó volver a conciliar el sueño. En el pelotón nadie discute la necesidad de controles, pero cuando la lucha contra el dopaje afecta directamente al rendimiento en la jornada más dura, surge la paradoja de si se protege al deportista. Aquí es donde las palabras de Conte, reconvertido en voz incómoda del antidopaje, resuenan con fuerza perturbadora. Quien durante años diseñó protocolos para evadir controles, ha repetido hasta la saciedad que el verdadero problema está en las ventanas de microdosificación de testosterona, en las infusiones nocturnas que se limpian antes del alba. «Durante el Tour, estos tipos saben cuándo van a ser controlados. Si no les pillan a cierta hora, también pueden reinfundir glóbulos rojos por la noche o usar geles de testosterona», declaró en videoentrevistas disponibles en internet. Conte no fue precisamente un predicador de la pureza. Fue un gran tramposo, pero sus advertencias han sido proféticas en más de una ocasión. Insistía en que los controles fuera de competición y en momentos inesperados son la única forma real de disuadir. La ITA, con sus 600 muestras previstas en esta edición del Tour, con 350 tomadas antes de la carrera y el refuerzo de inteligencia y pasaporte biológico, parece haber escuchado ese mensaje. Los controles nocturnos no son un capricho burocrático: son la respuesta a la hipótesis de que los tramposos no esperan al control post-etapa; actúan cuando las luces se apagan. El ciclismo ha avanzado en la lucha contra la plaga del dopaje. Tras los fantasmas de Festina, Armstrong y Operación Puerto, se han multiplicado recursos, presupuestos y colaboración con autoridades. Los datos de potencia, los perfiles endocrinos y el almacenamiento de muestras a largo plazo complican enormemente la trampa. Pero la sombra persiste. Cada vez que un líder es despertado en la noche, el aficionado se pregunta si es «sospecha grave», es solo prevención o el indicio de que algo huele mal en el paraíso amarillo. Pogačar y Vingegaard, como casi todos los favoritos en la historia reciente, acumulan cientos de controles. El esloveno supera la veintena en algunas ediciones. Nadie ha dado positivo. Eso habla de rigor, pero también alimenta el cinismo de quienes saben que la química siempre va un paso por delante hasta que la detección la alcanza. El último positivo detectado en el Tour fue el del colombiano Nairo Quintana, por tramadol, en la edición de 2022. El Tour no es sólo pedales y sufrimiento. Es un teatro donde se escenifica la eterna lucha entre el hombre y sus límites, y a veces entre el hombre y sus atajos. Los controles nocturnos, autorizados por juez y justificados por la inteligencia antidopaje, parecen necesarios. Pero queda la duda de si el dopaje realmente murió con las confesiones de antaño o se ha hecho más sofisticado y nocturno. Mientras el pelotón duerme (o intenta dormir), la vigilancia vela. Porque en el ciclismo, como en la vida, la línea entre el héroe y la sospecha a veces se diluye con la primera luz del alba.
