Publicado: enero 7, 2026, 4:23 pm
Podríamos comparar la historia de nuestros orígenes a un viejo libro al que le faltan páginas enteras, de modo que nos cuesta trabajo entender por completo el sentido de la narración. Del mismo modo, el estudio de antiguos fósiles y de restos de ADN nos ha proporcionado hasta ahora una imagen valiosa, sin duda, pero fragmentaria, de los pasos evolutivos que llevaron hasta Homo sapiens. A veces, por fortuna, un hallazgo único nos devuelve un fragmento crucial, una página suelta que, de repente, da sentido a un capítulo entero. Y eso es justo lo que acaba de ocurrir en una cantera de Casablanca, en Marruecos, donde un equipo internacional de científicos ha sacado a la luz unos restos fósiles que no solo son excepcionales por su antigüedad (unos 773.000 años) sino porque nos colocan, con una precisión asombrosa, ante el umbral mismo del origen de nuestra propia especie. El hallazgo, recién publicado en ‘ Nature ‘, consiste en mandíbulas, dientes y vértebras desenterrados en la cueva ‘Grotte à Hominidés’, en el sitio arqueológico de Thomas Quarry I. Los huesos pertenecen a una población que vivió justo en el momento en que los linajes humanos de Europa y África empezaban a separarse para seguir caminos evolutivos separados. Hasta ahora, había una enorme laguna en el registro fósil africano entre el final del Pleistoceno inferior y el principio del Medio. Sabíamos que algo importante había ocurrido hace entre 800.000 y 700.000 años, pero no teníamos a los protagonistas. En Europa, sin embargo, gracias al yacimiento de Atapuerca, en Burgos, sí que contábamos con un representante de ese periodo, Homo antecessor, de unos 850.000 años de antigüedad. Pero en África, la cuna de la humanidad , el registro de esa misma época ha sido, hasta ahora, casi inexistente y extremadamente difuso. Los nuevos fósiles de Casablanca rompen ese silencio y nos ofrecen, por fin, una ‘contraparte’ africana. Durante décadas, la narrativa sobre el origen de Homo sapiens ha ido cambiando constantemente. Hace años, se pensaba en una evolución lineal y sencilla. Luego, la genética nos dijo que el último ancestro común que compartimos con los neandertales y los denisovanos vivió hace entre 765.000 y 550.000 años. Pero, ¿dónde estaba ese ancestro? ¿En Europa? ¿En África? Los hallazgos de 2017 en Jebel Irhoud , también en Marruecos, ya sacudieron los cimientos de la paleoantropología al retrasar el origen de nuestra especie hasta los 300.000 años. Pero seguía faltando el eslabón anterior, la población base de la que ese sapiens, y todos nosotros, surgimos. Y aquí es donde entra en juego la nueva investigación, liderada por Jean-Jacques Hublin, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig, Alemania. Los fósiles de Thomas Quarry I son mucho más antiguos que los de Jebel Irhoud, y su morfología, además resulta especialmente reveladora. De hecho, los huesos muestran lo que los expertos llaman una ‘evolución en mosaico’, es decir, una mezcla de rasgos primitivos, propios de homínidos más arcaicos como Homo erectus, combinados con características dentales más modernas y que ya apuntan hacia Homo sapiens. Según Hublin y su equipo, esta ‘mezcla’ sugiere que, hace alrededor de 770.000 años, la ‘fábrica’ evolutiva en el norte de África ya estaba ‘trabajando’ en el prototipo del hombre moderno, mientras que, al otro lado del Mediterráneo, en Atapuerca, se cocinaba una historia diferente, la de los neandertales. «En sus formas y rasgos -explica Shara Bailey, coautora del estudio- los dientes de Grotte à Hominidés conservan muchas características primitivas y carecen de los rasgos característicos de los neandertales. Los análisis morfológicos dentales indican que las diferencias regionales en las poblaciones humanas podrían haber estado ya presentes a finales del Pleistoceno Temprano». Uno de los aspectos más delicados a la hora de estudiar fósiles muy antiguos es determinar con precisión su antigüedad. Y en este caso, para averiguar la edad de los huesos de Casablanca los investigadores se basaron en el reloj magnético de la Tierra. Nuestro planeta funciona como un imán gigante, y cada cierto tiempo sus polos magnéticos (a no confundir con los polos geográficos) se invierten, de forma que el norte pasa a ser el sur y viceversa. Y resulta que la última gran inversión, conocida como la transición Matuyama-Brunhes, ocurrió precisamente hace 773.000 años, y que ese evento quedó ‘grabado’ en los sedimentos de la cueva marroquí. La transición Matuyama–Brunhes, constituye uno de los marcadores más precisos tanto para geólogos como para arqueólogos. «Ver la transición Matuyama–Brunhes registrada con tal resolución en los depósitos de Thomas Quarry I -asegura Serena Perini, coautora del estudio- nos permite anclar la presencia de estos homínidos dentro de un marco cronológico excepcionalmente preciso». De lo que no cabe duda es de que el hallazgo pone de manifiesto el papel fundamental desempeñado por el noroeste de África en la historia evolutiva temprana del género Homo, en una época en la que las oscilaciones climáticas abrían periódicamente corredores transitables a lo largo de lo que hoy es el Sahara. En palabras de Denis Geraads, coautor del estudio: «La idea de que el Sahara era una barrera biogeográfica permanente no se sostiene para este periodo. La evidencia paleontológica muestra conexiones repetidas entre el noroeste de África y las sabanas del Este y el Sur». Especial relevancia tiene el hecho de que los restos de Homo antecessor de la sierra burgalesa sean contemporáneos de los nuevos fósiles marroquíes. ¿Pero eran parientes? ¿Formaban parte de la misma especie? José María Bermúdez de Castro, codirector de Atapuerca y coordinador del Programa de Paleobiología del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana, se muestra, a la vez, cauto y optimista. Para él, estamos ante un trabajo «excelente» y admite sin problema que «los fósiles de ThI-GH podrían estar cerca del último ancestro común de los neandertales y los humanos modernos (LCA), como es el caso de los fósiles de Homo antecessor». A pesar de lo cual, Bermúdez de Castro plantea una hipótesis alternativa. Tanto España como Marruecos, dice, son, geográficamente, «callejones sin salida», ambos situados en los extremos de los continentes. «Sigo pensando -asegura- que el Cercano Oriente, nexo entre África y Europa, es una región ideal para encontrar el LCA». Es decir, que es posible que el verdadero ‘padre’ de todos nosotros viviera en esa encrucijada entre continentes, y que lo que vemos tanto en Casablanca como en Atapuerca sean sus descendientes directos que emigraron al oeste«. Mucho más optimista se muestra Juan Ignacio Morales, investigador del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social. «Los homíninos de Casablanca -explica- pueden leerse como un ‘equivalente africano’ del Homo antecessor de Atapuerca: dos ventanas casi paralelas a ambos lados del Mediterráneo, con evolución en mosaico, pero con TD6 (Gran Dolina) apuntando más hacia la trayectoria neandertal y Casablanca hacia la africana». Todo lo anterior significa que hace casi 800.000 años, aunque podía haber contactos esporádicos, las poblaciones de Europa y África ya habían empezado a divergir. El Estrecho de Gibraltar no era solo una barrera geográfica, sino el límite entre dos futuros distintos: el de los neandertales al norte y el ‘nuestro’ al sur. A pesar de la indudable importancia del hallazgo, no hay que olvidar que los restos encontrados (mandíbulas, dientes, vértebras…) son fragmentarios y que aún falta lo más importante: el cráneo y la cara. Por eso, Carles Lalueza Fox, director del Museo de Ciencias Naturales de Barcelona y una autoridad mundial en paleogenética, recuerda un viejo dicho entre los ‘cazadores’ de fósiles: «mientras que el cráneo es la creación de Dios, la mandíbula es obra del diablo. Así que seguramente tendremos que esperar a descubrir cómo era el cráneo de estos individuos para clarificar las posibles relaciones con Homo antecessor». Aún así, Lalueza-Fox reconoce que el hallazgo «certifica diferencias entre los fósiles del norte de África y de Europa hace unos 800.000 años». Sea como fuere, y estemos o no en presencia del ancestro común entre los neandertales y los humanos modernos, los fósiles de Casablanca están extraordinariamente cerca del punto de separación entre los linajes africanos y euroasiáticos. Lo que convierte a Marruecos en la cuna más antigua conocida hasta ahora de nuestra especie.
