Publicado: mayo 26, 2026, 11:47 pm
Cuando Íñigo Pérez (Pamplona, 38 años) recibió la llamada del Rayo para convertirse en el nuevo entrenador, en febrero de 2024, el equipo atravesaba una situación límite. Solo había ganado uno de sus últimos 14 partidos y el descenso acechaba. Hoy, algo más de dos años después, los jugadores de entonces, que en su mayoría son también los de ahora, señalan la llegada del técnico navarro como una de las grandes claves para entender por qué el club está peleando por el primer título de su historia. Lo de Íñigo, en realidad, fue un regreso. Ya había formado parte del cuerpo técnico rayista en la temporada 2022-2023, como segundo de Andoni Iraola. Cuando el guipuzcoano se marchó al Bournemouth, Martín Presa quiso que asumiera el cargo ese mismo verano. Pero el exfutbolista de Athletic, Numancia y Osasuna prefirió irse a Inglaterra junto al técnico que le abrió la puerta de un cuerpo técnico de élite apenas unos meses después de retirarse. El problema apareció con el departamento de visados e inmigración británico, que consideró que Íñigo no reunía experiencia suficiente en los banquillos y le denegó el permiso de trabajo. Se quedó en Pamplona, colaborando con Iraola a distancia y viajando de forma puntual a Bournemouth. Así llegó aquel febrero en el que el Rayo dio por agotada la etapa de Francisco. Esta vez, libre de compromisos, Íñigo aceptó el reto de dirigir por primera vez a un equipo como entrenador principal. Poco a poco, su manera de ver y entender el fútbol fue calando en el vestuario. Y también su forma de transmitirlo. Si hay algo en lo que coinciden los jugadores es en la cercanía con la que se dirige al grupo. Habla de frente y en el mismo idioma que los futbolistas. «Nos aporta mucha calma», señala Unai López. «Es una persona a la que le crees cuando habla. Es un tipo honesto», añade el Pacha Espino. «Eso hace que luego quieras darlo todo por él». Íñigo Pérez debutó en el banquillo rayista con un empate ante el Real Madrid en Vallecas. Aquella temporada, tras 14 partidos con el navarro al mando, el equipo logró la permanencia a falta de dos jornadas. Lo que vino después cambió otra vez la dimensión del club. Un año más tarde llevó al Rayo hasta la octava plaza, igualando la mejor clasificación liguera de su historia, y lo metió por primera vez en competición europea por la vía deportiva. El precedente de la Copa de la UEFA 2000-2001 llegó a través de una invitación por ‘fair play’. El Rayo no solo empezó a sumar resultados. También encontró una manera reconocible de jugar. «Deportivamente es un lujo tenerlo porque sabe muchísimo», explica Espino, que atribuye al técnico buena parte del salto competitivo necesario para pelear en Europa. «Es el capitán de este barco y, si hemos llegado hasta aquí, gran parte del mérito es suyo», apunta Iván Balliu, que destaca otra de las obsesiones del entrenador: el análisis constante. «Tiene ese punto de locura de analizar, de vivirlo, de darle mil vueltas a todo». «Él es el que se ve todos los partidos, él y su staff», resume Óscar Trejo , que afrontará un encuentro cargado de simbolismo: el último con la camiseta del Rayo, con la posibilidad de levantar la Copa de manos de Óscar Valentín. «Me voy al lado de una persona excepcional en lo humano y en lo profesional. Ojalá le podamos dar lo que se merece. Dedica muchas horas para darnos toda la información y simplificar nuestro trabajo. Nosotros solo tenemos que llevar al campo lo que nos explica. Tácticamente es muy pesado, pero el primero que se exige es él». En esa misma línea insiste Sergio Camello: «Los resultados hablan de cómo trabaja el míster. Nos da todo triturado. Nos vuelve locos con vídeos que muchas veces no apetece ver, pero luego sales al campo y es como si hubieses jugado ese partido mil veces. Vive el fútbol al máximo. Y su cuerpo técnico también. Llegan aquí a las siete u ocho de la mañana y se marchan de noche». Otro punto a favor es su capacidad para mantener enchufada a toda la plantilla. La sensación dentro del vestuario es que nadie se descuelga, tampoco los que juegan menos. «Con él somos todos uno», explica el Pacha. «No hay ninguno más arriba que otro. No hay egos. Eso es lo fundamental: cuando nos va mal, todo el equipo trata de apoyarnos, y cuando va bien, todo el mundo se alegra. Y eso es difícil de conseguir». De cara a esta final, Íñigo Pérez ha intentado rebajar el ruido alrededor del equipo. Ha repetido a sus jugadores que estarán sobre el césped del Leipzig Stadium porque se lo han ganado y les ha pedido que disfruten del momento. También puede ser su último partido en el Rayo, una posibilidad que el vestuario contempla con naturalidad. «Está demostrando que va a llegar muy lejos y tocar la élite absoluta. Ojalá pueda quedarse muchos años más aquí, pero está claro que se lo van a rifar», admite Balliu. «Íñigo y Trejo son dos pilares fundamentales para esta institución. Si el año que viene no están, habrá mucho trabajo por delante», concluye Augusto Batalla.
